En la historia de la humanidad hemos forjado palabras para encapsular momentos, ideas y hasta desgracias. Nuestro lenguaje, moldeado por las circunstancias, refleja precisamente eso. De hecho, más del 70 % de lo que hoy hablamos en español proviene del latín, y una parte significativa de ese legado tiene raíces griegas, especialmente en los conceptos más complejos. Por eso resulta irónico que hoy tengamos a un presidente que ni siquiera domina el idioma que debería representar: Gustavo Petro, cuyo español suena más a estiércol verbal expulsado por sus cuerdas vocales que a la lengua que heredamos. No sabe hablar, no sabe leer y mucho menos escribir con propiedad, y aun así pretende darnos cátedra de historia y moral. Hasta pretende hacernos creer que cuando se pierde durante días en citas “reservadas” en Manta y otros lugares, en lo que van de sus tres años de desgobierno, es porque está escribiendo un libro… lo más seguro es que ya alguien por ahí lo está escribiendo y en pocos días lo saque a relucir como su excusa.
Pues bien, ha llegado el momento de acuñar y rearmar un término que capture el fanatismo ciego, la complacencia irracional y la entrega absurda de los seguidores de Gustavo Petro: “Idiotología”. A partir de ahora, tenemos un nuevo denominador para sumar en los debates, comentarios y columnas de opinión contra los desabridos argumentos del petrismo: uno más para esa doctrina irracional que los petristas profesan con una devoción superior a cualquier religión establecida. Porque lo que presenciamos no es una ideología; es, sin duda, pura idiotología.
En esa “idiotología”, lo primero que salta a la vista es la obsesión con Álvaro Uribe como refugio. A los petristas les resulta más cómodo vivir del odio a Uribe que exigirle resultados al presidente que eligieron. Según Invamer, el 63 % de los votantes de Petro consideran más importante “derrotar al uribismo” que evaluar su gestión. Su fanaticada es más antiuribista que petrista: mientras en los medios suena el apellido Uribe, les importa poco o nada el desastre que Petro ha hecho con el gobierno. Al contrario, lo celebran. Su gran sueño no es un mejor país ni una reforma que funcione; su sueño es ver a Uribe preso. Y si por lograrlo tuvieran que entregar su casa, un hermano o incluso un hijo, lo harían sin dudar.
La incoherencia abunda: después de “Uribe”, la palabra más repetida por el petrismo es “El Clan Gnecco”, y aun así hoy los vemos felices aplaudiendo que el gobierno Petro sea socio político de ese mismo clan a través de la gobernadora Elvia Milena Sanjuán Dávila. En la idiotología todo se vale: alianzas, contradicciones y tragarse cualquier sapo, siempre que sirva para derrotar a Uribe.
Pero la idiotología no se queda solo en el odio: también abraza y reafirma alianzas que rayan en lo absurdo. ¿En qué cabeza cabe que la solución para los problemas de La Guajira, el Cesar o Norte de Santander sea entregar soberanía a Nicolás Maduro? Solo en la cabeza idiotologizada de un petrismo que ve en una dictadura fracasada un modelo a seguir. Aquellos que antes negaban cualquier cercanía entre Petro, el chavismo y el castrismo, hoy justifican que el presidente esté construyendo un acuerdo “binacional” con Nicolás Maduro, por el cual han aumentado a 25.000.000 de dólares su recompensa coma a su ministro del Interior Diosdado Cabello y el de defensa Padrino López, jefes de “”Cartel del sol” que hoy son pedidos vivos o muertos, mejor dicho, pero Petro firma acuerdos de entendimientos como si regalar soberanía fuera un acto de buena vecindad. Si mañana Petro les pidiera a los idiotolizados entregarse juntos a los tres departamentos a cambio de mantener su proyecto político, lo harían sin pestañear.
Y mientras el país se hunde en incertidumbre, el gobierno prepara su nuevo golpe al bolsillo: una reforma tributaria que ya no busca 11,6 billones de pesos como la anterior, sino 26,3 billones. Petro la vende como un ajuste para que “los ricos paguen más”, pero todos sabemos que esos “ricos” no son más que una bisagra: trasladarán la carga a la clase media y a los pobres, como siempre. El mismo manual de siempre: discurso de justicia social para maquillar el saqueo, mientras las cifras del DANE muestran un crecimiento económico de apenas 0,6 % en el último trimestre y una inflación que aún golpea con fuerza (7,18 % en junio de 2025). Pero cuidado, no vaya a ser esto una cortina de humo para distraer a todo el país mientras el embustero sigue su plan maquiavélico.
Hoy no solo están sin argumentos, también están sin razón alguna. Pero como buenos zombies, a los idiotólogos del petrismo hay que recordarles que Álvaro Uribe logró reelegirse en 2006 con más del 80 % de aprobación. Juan Manuel Santos, en su primera elección, contó con el apoyo de Uribe; y en su reelección, ya desenmascarado y traicionero, se sostuvo con el respaldo de las guerrillas y la izquierda. Para ganar en 2014 tuvo que manipular la justicia y comprar medio país, incluido el Congreso. Petro lo sabe: por las vías legales jamás habría llegado a la presidencia. Por eso en 2022 hizo lo que hizo: alianzas con quienes juró odiar, integración de candidatos ligados a grupos armados, anticipación de campañas y récords en delitos electorales.
Aunque la verdad incomode a los idiotas útiles del petrismo, imaginemos por un segundo que Petro tuviera el 80% de favorabilidad que tuvo Álvaro Uribe Vélez o que su gobierno entregará los resultados positivos que Uribe sí entregó. La estampida de ovejas idiotologizadas que lo siguen sería imparable. Pero no: lo único que Petro entrega son excusas, alianzas con dictadores y el mismo país de siempre… cada vez más pobre, inseguro y dividido. Mientras tanto, los ideótologos seguirán con lo suyo: mirando a Uribe para no ver el fracaso del presidente que tanto defienden ¡ojalá se haga el examen de toxicología!
Aclaremos algo: en este caso, cuando hablamos de “logía” no nos referimos a un tratado de saberes como en biología o teología. Aquí “idiotología” no es un estudio profundo, sino el extremo opuesto: una práctica que sobrepasa todos los límites de la idiotez, convertida en doctrina y defendida con fanatismo irracional, un saber profundo que solo Gustavo Petro en su extremo conocimiento de incautar ha sabido escudriñar en sus fanáticos.
Luis Alejandro Tovar

