VIVIR EN ARMONÍA, ES UNA ELECCIÓN DIARIA

Que Dios, quien da esa paciencia y ese ánimo, los ayude a vivir en plena armonía unos con otros, como corresponde a los seguidores de Cristo Jesús. Entonces todos ustedes podrán unirse en una sola voz para dar alabanza y gloria a Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo. Por lo tanto, acéptense unos a otros, tal como Cristo los aceptó a ustedes, para que Dios reciba la gloria. Romanos 15:5-7

La armonía que la Biblia describe no está supeditada a la ausencia de conflictos, más bien está relacionada con unidad de propósito y comunión en el Espíritu. Es un llamado a compartir un mismo sentir, no porque debamos pensar todos igual, sino porque somos guiados y moldeados por el Espíritu de Dios.

Para lograr vivir en armonía necesariamente, necesitamos ser revestidos de amor como dice en Colosenses 3:14-15 “Y, sobre todo, vístanse de amor, que es lo que permite vivir en perfecta armonía. Que la paz de Dios reine en sus corazones, porque ese es su deber como miembros del cuerpo de Cristo. Y sean agradecidos.”

Es claro que, la armonía no se origina del esfuerzo humano, sino del amor de Dios derramado en nuestro corazón. Es el resultado de un corazón gobernado por la paz que solo Dios puede dar.

Entonces, si decimos ser seguidores de Cristo, la armonía deja de ser una sugerencia para convertirse en un estilo de vida. Es una elección voluntaria, que implica:

  • Renunciar al ego para abrazar el carácter de Cristo.
  • Vivir en paz con uno mismo para poder vivir en paz con los demás.
  • Permitirse ser transformado por el amor del Padre, hasta que este amor se desborde hacia nuestros semejantes.

Cuando el amor de Dios permea nuestro ser, produce comprensión, paciencia y mansedumbre. Esto nos capacita no solo para tolerar a los demás, sino para amarlos e influenciarlos con el ejemplo. Dios nos llama a ser instrumentos vivos que muestren que su paz y se convierte en algo tan palpable que, como Jesús, podemos “dormir en la tempestad”. Es decir, mantener la calma incluso cuando lo que nos rodea parece confuso y caótico.

La armonía no se puede simular. Es el resultado de buscar a Dios cada día, de dejar que Él limpie nuestro corazón de actitudes que nos alejan su presencia, como: la dureza, el orgullo, la susceptibilidad, la envidia, la amargura o la impaciencia. Es permitir que su Espíritu Santo convierta nuestros pensamientos, emociones y acciones en un reflejo de su naturaleza.

Por otra parte, lo contrario a la armonía es la discordia, que no está relacionada con estar en desacuerdo; sino de un espíritu contrario a Dios. En este sentido, es preciso que recordemos que: el que divide es Satanás. Donde hay discordia, chisme, crítica destructiva, peleas, mentiras o celos, el Espíritu de Dios no gobierna.

La discordia surge de semillas pequeñas pero peligrosas: Envidia, Orgullo, Inseguridad, Amargura, Deseo de control.

El propósito de este espíritu siempre es el mismo: romper relaciones, destruir la unidad y apagar la obra de Dios en medio de su pueblo. Proverbios 17:14 nos advierte:
“El que comienza la discordia es como quien suelta las aguas…”

Una pequeña fisura puede generar una inundación que arrasa con familias, amistades, relaciones, ministerios e incluso iglesias enteras.

Quien siembra discordia frecuentemente tendrá una vida encaminada hacia la destrucción, la desolación y el fracaso, porque actúa en contra de la naturaleza misma de Dios, que es la unidad, el amor y la paz.

Nuestra responsabilidad y obligación como hijos de Dios es ser pacificadores como lo dice en Mateo 5:9 “Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios”. Y esto no se trata solo de evitar el conflicto, sino de producir un ambiente donde reine la paz de Cristo. Implica: Perdonar, aunque no lo merezcan. Bendecir, aunque no te bendigan. Callar cuando hablar destruiría. No devolver mal por mal ni insulto por insulto. Buscar la reconciliación aun cuando cueste. Mantener un espíritu humilde y enseñable.

Para finalizar, vivir en armonía no debe ser un acto ocasional, sino la evidencia continua de la obra de Dios en nuestra vida. considerando esto, debemos detenernos y analizar qué tipo de ambiente estamos generando a nuestro alrededor. Porque si nuestras palabras, actitudes o decisiones están provocando discordia en nuestro hogar, en el trabajo o en nuestras relaciones, entonces debemos preguntarnos con honestidad: ¿dónde está la obra transformadora del Espíritu Santo en nosotros?

Por qué claramente, la presencia del Espíritu Santo produce paz, unidad y amor. Si estos frutos no se están manifestando en nosotros, no es para condenarnos, sino para que nos rindamos hoy a Dios y le permitamos moldear nuestro carácter. Solo así la armonía dejará de ser un deseo para convertirse en una realidad palpable que glorifique a Cristo en todo lo que hacemos.

Entender que, cuando elegimos perdonar, bendecir, callar el chisme, rechazar la crítica destructiva, promover la reconciliación y cultivar un espíritu humilde, nos alineamos con la naturaleza de Cristo. Y entonces sucede lo milagroso: nuestra vida se convierte en un testimonio vivo del Dios de paz.

Vicky Pinedo 

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