CAMBIAR EL CHIP: UNA FORMA DISTINTA DE HACER POLÍTICA

El primer paso para transformar la realidad es decidir hacer un cambio de mentalidad. Y eso lo aprendí por experiencia propia, forjando mi camino desde un hogar en La Guajira hasta los grandes debates en el Congreso, conquistando, paso a paso, espacios que nunca ocupábamos los hijos de las regiones y donde hoy nuestra voz se hace sentir.

En esta campaña tomé una decisión clara: cambiar el chip. Cambiar la forma de hacer política, de comunicar y de relacionarnos con la gente. No como consigna vacía, sino como convicción sobre lo que Colombia necesita hoy: cercanía, escucha real, coherencia y decisiones fundamentadas.

Recorrer varias ciudades del país me ha permitido confirmar que los ciudadanos están cansados de las promesas vacías, pero siguen dispuestos a creer cuando sienten que se les habla con honestidad. Las preocupaciones se repiten en cada ciudad: empleo, educación, seguridad, oportunidades, tecnología y futuro. Son debates concretos que exigen respuestas serias y soluciones reales.

Cambiar el chip también ha significado encontrarnos de formas distintas. Así nacieron las rodadas “De Ruta con Deluque”, espacios de conversación sin formalidades, donde la bicicleta se convierte en una excusa poderosa para encontrarse con la gente y recorrer el territorio. Apostarle a rodar por las principales ciudades del país es apostarle a cambiar la manera de conectar con los ciudadanos: menos tarima, más calle; menos discurso, más conversación; menos promesas, más escucha real y vivir la realidad del país de una forma más cercana.

De esa pasión personal surge un sueño que quiero cumplir y en el que estoy trabajando: el Giro de Deluque, una competencia ciclística en La Guajira, para mostrar al país la belleza de nuestros paisajes y proyectar nuestro territorio desde el deporte, el turismo y la integración regional.

Cambiar de mentalidad no es prometer ilusiones ni usar la retórica para embelesar; es abrir nuevos horizontes, donde las competencias digitales y tecnológicas sean nuestra mayor fortaleza. Una apuesta por promover la tecnología al servicio de la humanidad, de la comunidad, de la salud, de la transparencia y del bienestar.

La charla Ted “Superpoderes del siglo XXI: Habilidades y competencias digitales” que vengo impartiendo incluso antes de campaña, parten de ese mismo convencimiento. Estamos viviendo una transformación profunda en el mundo laboral, la educación y la economía. La tecnología no es el futuro: es el presente. Y Colombia no puede quedarse rezagada.

Necesitamos que los colombianos se apropien de las herramientas tecnológicas y se formen en habilidades digitales para ser competitivos en esta cuarta revolución industrial que impone numerosos retos a la sociedad moderna y que perfecciona el ejercicio profesional de cada colombiano.

Desde el Congreso he trabajado para que estas ideas se traduzcan en hechos, fui autor de la ley de trabajo remoto, la ley de redes TIC para llevar internet a todos los rincones del país, lideré la ley que castiga la suplantación de identidad con IA y he defendido las iniciativas contra violencia digital y el derecho a la libre movilidad a partir de la regulación de apps de transporte entre otras. Estoy convencido de que la tecnología solo tiene sentido si sirve para cerrar brechas sociales y mejorar la calidad de vida, no para profundizar desigualdades.

La apropiación de las TIC como parte de mi formación profesional, ha sido una de mis banderas, como lo es la lucha contra el hambre y la desnutrición, porque tengo claro que no hay desarrollo posible cuando el hambre sigue impactando la vida de millones de colombianos. Por eso impulsé la reforma constitucional por una Colombia sin hambre, una de las conquistas más importantes de mi trayectoria en el Congreso.

Una reforma constitucional que aboga por las regiones históricamente golpeadas por la desnutrición, priorizando a la niñez, a las comunidades indígenas y a los territorios más vulnerables. No puede haber futuro ni justicia social en un país donde aún hay niños que se acuestan sin comer.

Todo este camino tiene una raíz clara y permanente: Mi Guajira. Un territorio único, con condiciones geográficas y culturales particulares, que no pueden analizarse con la misma lógica del resto del país. La dispersión poblacional, el suelo desértico y la amplia presencia indígena exigen políticas públicas diferenciales y soluciones estructurales, no respuestas temporales ni promesas repetidas.

Desde el Congreso he sido una voz constante para que nuestro departamento sea visible, sea objeto de discusión y sea priorizado en los debates de asignación del Presupuesto General de la Nación. He librado muchas batallas por mi departamento, pero hay una lucha que es especialmente importante por lo que representa, y es la construcción de la vía que conecte a la Alta Guajira con Colombia.

Porque sin vías no hay Estado, no hay mercado y no hay oportunidades. En esta tarea logramos hace unos años la aprobación del proyecto y su ejecución en una cuarta parte. Sin embargo, tenemos que decirlo, su avance se ha visto seriamente afectado en los últimos cuatro años por la falta de voluntad del actual Gobierno nacional.

Frente a este panorama y a los ya muy conocidos escándalos del gobierno Petro en La Guajira, he ejercido una oposición racional, seria y argumentada. He denunciado la corrupción cuando ha sido necesario, como ocurrió con el billonario desfalco de los carrotanques de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres, incluso cuando hacerlo implicó riesgos personales. Lo hice porque defender a La Guajira y a Colombia no admite silencios cómplices. Mi oposición no ha sido para obstaculizar, sino para señalar, corregir y proponer.

Por eso insisto en una forma distinta de hacer política: una oposición técnica y responsable. No se trata de oponerse por oponerse ni de caer en la estridencia que tanto daño le ha hecho al debate público. Se trata de poner límites cuando es necesario, advertir errores a tiempo, defender la institucionalidad y exigir que las decisiones se tomen con sustento, no con impulsos.

Hoy sigo creyendo en una política cercana, responsable y valiente. En una política que entienda que servir es un privilegio y una obligación ética, y que asuma el debate con argumentos.

Esta campaña no se trata solo de una aspiración electoral. Se trata de una forma de hacer política: una que privilegia el método sobre la improvisación, la coherencia sobre la promesa fácil y la construcción colectiva sobre la división.

Creo en una Colombia que avance hacia la cuarta revolución industrial con sentido humano, donde la tecnología sirva para cerrar brechas, mejorar la gestión pública y generar oportunidades reales. Pero también creo en una Colombia que no les dé la espalda a sus regiones ni normalice el hambre como parte del paisaje social.

Cambiar el chip es reconocer que el futuro no puede seguir pensándose desde el centro, ni construyéndose sin escuchar a los territorios. Es asumir que una Colombia moderna, conectada y justa no solo es posible, sino alcanzable si nos atrevemos a hacer las cosas de manera distinta.

Ese es el cambio que propongo. Un cambio de mentalidad, de actitud y de responsabilidad. Un verdadero cambio de chip que haga de la política un acto de servicio con convicciones claras y permitiendo que a través del diálogo nos fortalezcamos como una fuerza que se resiste a continuar con el mismo esquema y que ha despertado ante tantas herramientas para mejorar nuestras condiciones sociales.

Dicho esto, quiero decirles que yo no olvido de dónde vengo y quiero que me acompañen a donde voy. Por eso este 8 de marzo los invito a seguir apoyando este proyecto por La Guajira, por el Caribe y por Colombia votando U3 en el tarjetón del senado.

¡Llego la hora de cambiar el chip!

 Alfredo Deluque Zuleta

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