El próximo martes 3 de febrero se llevará a cabo la anunciada reunión entre el presidente Petro y Donald Trump en la Casa Blanca. Un encuentro entre dos mandatarios impredecibles y de orillas ideológicas opuestas que genera más preguntas que certezas. Esta columna ofrece algunas claves para entender su trasfondo y posibles efectos.
La reunión nace tras una serie de tensiones diplomáticas mal manejadas por el gobierno colombiano. En septiembre de 2025, en Nueva York, Petro instó a miembros de las fuerzas armadas estadounidenses a desobedecer a Trump en el marco de la guerra en Medio Oriente. La reacción fue inmediata: retiro de visas, descertificación antidrogas y deterioro acelerado de la cooperación bilateral.
En octubre de ese mismo año, tras un intercambio de insultos entre los dos mandatarios, el Tesoro estadounidense incluyó a Petro y a miembros de su entorno en la lista OFAC, personalizando las sanciones y afectando la reputación internacional del país. La consecuencia no fue solo el aumento de la estigmatización de Colombia por el asunto de las drogas sino también el gasto de $10.000 millones de pesos que los colombianos salimos a deber por los gastos de defensa jurídica del presidente.
Todo esto, en el contexto de la campaña de bombardeos de Estados Unidos a presuntas “narcolanchas” en el Caribe y Pacífico, que Petro ha calificado de “ejecuciones extrajudiciales”. Las tensiones se escalaron definitivamente tras la intervención estadounidense el pasado 3 de enero en Venezuela, que resultó en la extracción y captura del dictador Nicolás Maduro. Tras el éxito de la operación, un envalentonado Trump amenazó con llevar a cabo un ataque similar en territorio colombiano ante una actitud desafiante de Petro.
De manera simultánea a los hechos, líderes regionales de corrientes ideológicas similares a la de Petro como la presidenta mexicana Claudia Sheinbaum o el chileno Gabriel Boric, tomaron la inteligente decisión de manejar sus diferencias con Trump por la vía diplomática ante lo impredecible y voluble del presidente norteamericano. En lugar de tomar nota y conducir al país por la misma senda y ante una aparentemente inexistente consejería diplomática, el presidente Petro mantuvo una actitud abiertamente desafiante, y con ello, con cada una de sus rabietas con Trump, exponía al país a crisis diplomáticas, de seguridad y de comercio.
Con ese telón de fondo, se dio la famosa llamada del 7 de enero, sobre la cual Petro ha afirmado que se habló principalmente del narcotráfico y la situación en Venezuela, además de acordarse la reunión que se dará el próximo martes.
¿Cómo abordarla?
El contexto internacional importa. En la reunión del Foro Económico Mundial que se llevó a cabo en Davos, Trump volvió a emplear un lenguaje propio de un mundo regido por la ley del más fuerte, que vaticina el retorno del antiguo orden mundial donde los poderosos hacen lo que quieren y los débiles sufren las consecuencias de su condición.
En este contexto, Colombia debe preguntarse, con todos nuestros problemas y limitaciones, qué papel jugar y cómo preservar nuestros intereses.
El notable discurso que Mark Carney, primer ministro de Canadá (también amenazado constantemente por Trump), dio ante el mismo escenario, nos puede servir de ilustración y guía:
“Nuestra postura (refiriéndose a la canadiense en el actual contexto geopolítico) se basa en lo que el presidente finlandés (Alexander Stubb) ha llamado realismo basado en valores. (…) nuestro objetivo es ser íntegros y pragmáticos: íntegros en nuestro compromiso con los valores fundamentales (soberanía, la integridad territorial y el respeto por los derechos humanos), y pragmáticos al reconocer que el progreso suele ser gradual, que los intereses divergen y que no todos los socios compartirán todos nuestros valores. Afrontamos activamente el mundo tal como es, no nos quedamos esperando el mundo que deseamos”.
Esta idea es útil para Colombia y la manera en la que conducimos nuestras relaciones internacionales, en especial con Estados Unidos y la reunión que se avecina. Según información confirmada por la Cancillería, esta versará sobre dos temas esencialmente: Las drogas y Venezuela.
Respecto del primero, a pesar de las largas y cortas que se le han dado al tema, lo cierto es que las cifras en cultivos de hoja de coca reflejan el drama que vive nuestro país con la situación del narcotráfico: Según el dato más reciente atribuido a UNODC, en 2024 Colombia habría alcanzado 261.000 hectáreas de cultivo de la mata (máximo histórico); que seguramente a la fecha rondará en las 300.000 hectáreas, representando cerca del 70% del total mundial de cultivos de coca (El País).
A lo anterior debe sumarse la pasividad que ha tenido el gobierno con su fracasada política de paz total para con las supuestas guerrillas que operan en el país, que no son más que narcotraficantes armados. Esta política ha redundado en el crecimiento sostenido de los cultivos de coca, que es la razón por la que Petro “presume” de ser el presidente con “mayores incautaciones en la historia”. Este conjunto de circunstancias refleja una realidad irrefutable: Colombia es el epicentro del negocio de las drogas.
Aunque nada de esto nos parezca nuevo, debemos entender que estamos ante un episodio más de la narcotización de la política exterior entre Colombia y Estados Unidos, un proceso que se arrastra desde los años 70s y que ha reducido demasiadas veces la agenda bilateral a este asunto y la reunión del próximo 3 de febrero no parece ser la excepción.
Cualquier analista serio debe reconocer que más de 50 años después, la guerra contras la drogas no ha tenido ningún resultado y es, francamente, imposible de ganar. Su continuidad, no depende solo de la erradicación en Nariño, el Catatumbo o el Cauca; también depende —y quizá, sobre todo— de la capacidad de Estados Unidos de hacerse cargo de controlar su consumo. El tema es ciertamente muy complejo, pero lo cierto es que el fin de la interminable guerra contra las drogas dependerá, como lo han sugerido estudiosos de nuestra historia patria, de que las modas narcóticas demanden nuevas sustancias en cuya producción Colombia no tenga una ventaja comparativa (como parece ya estar ocurriendo con sustancias como el fentanilo).
A pesar de esta realidad, muy bien conocida por Petro, y que ha sido la constante de la visión colombiana respecto del asunto de las drogas (solo cambia el grado de énfasis de un gobierno a otro), lo cierto es que el mensaje parece no haber calado en Washington y con Donald Trump parece improbable que eso vaya a cambiar.
Es por esto por lo que Colombia, de cara a la reunión del 3 febrero, tiene que adoptar la postura de realismo basado en valores de la que habló Carney: Mostrar nuestro continuo compromiso en la lucha antidrogas, pero sin renunciar a los principios que la deben guiar. Esto claramente dependerá de que nuestro gobierno realmente muestre un compromiso en esta lucha, que, hasta la fecha, brilla por su ausencia.
El segundo frente es Venezuela. Petro ha condenado la intervención estadounidense y ha hablado de violación de soberanía. Es francamente imposible sostener que lo ocurrido en Caracas el 3 de enero no representa una flagrante violación al derecho internacional. Sin embargo, fijar una posición clara al respecto no significa caer en el reflejo de defender lo indefendible. El régimen chavista ha bloqueado la alternancia política, restringido libertades y violado sistemáticamente los derechos humanos: esa realidad no desaparece por el actuar ilegal de Donald Trump.
El reto político —y moral— de Colombia es sostener una línea coherente: rechazar la injerencia y, al mismo tiempo, exigir democratización y garantías en Venezuela por vías multilaterales, con enfoque de derechos y sin blanqueamiento del autoritarismo. A pesar de las preocupantes simpatías que Petro ha mostrado con el régimen chavista (que, entre otras cosas, no representan a nadie), Colombia debe ganar credibilidad estratégica defendiendo ambas posturas. No se trata de “quedar bien con todos”, sino de actuar con principios consistentes.
En un país donde la política exterior suele ser extensión del estado de ánimo presidencial, eso ya sería revolucionario. Por eso, el cierre inevitable de esta historia es también la tarea pendiente: las relaciones internacionales de Colombia no pueden depender del político de turno. Ni del impulso de Trump ni del temperamento de Petro. Necesitan una política de Estado capaz de sobrevivir elecciones, crisis y provocaciones. La reunión del 3 de febrero puede ser un paso clave en ese sentido.
Diego Alejandro Berbessi Fernández

