LAS NOTICIAS NO SOLO POLARIZAN SINO NOS ENVENENAN

“Todo tiempo pasado fue mejor” es una verdad en cuanto a los efectos de la modernización en lo que respeta a la forma en que dependemos de la información que recibimos.

Un gran artículo en El Tiempo del viernes 30 por Martha Ortiz (Guía ‘Dummies’ para reconocer y no temer al buen periodismo) hace un listado de lo que llama condiciones mínimas para hacer periodismo. Al leerlas lo primero que uno piensa es si en verdad alguno de los que ejercen esa profesión las cumplen. Entre los que se destacan y son conocidos públicamente es claro que no: por el contrario, lo que se evidencia es lo indiferentes que son a la mayoría de esos requisitos. Y por supuesto en lo que se podrían llamar los ‘anónimos’ -en la medida que no son figuras públicas- es natural y obvio que lo que se requiere para su propia promoción tiene prelación sobre los requerimientos que, al ver el ejemplo de los ‘exitosos’, sienten que no tienen tanta importancia.

La ‘noticia’ siempre tiene que ser orientada a que el público la consuma. Relatar simplemente un hecho cuando éste no tiene capacidad de influir en las personas no tendría sentido. Se trata de producir algún efecto en quienes la reciben y para esto lo fácil es apelar a las emociones, ya sea por el contenido o por la forma en que se presenta. Esto puede ser de manera sutil o impactante, pero todo periodismo tiene un toque de prensa roja o amarilla, de presentar hechos que generan rechazo o empatía con los actores.

En tiempos pasados ​​los medios de comunicación tenían acceso a muy poca población. La masificación de estos permitió ampliar la audiencia y comenzar a interactuar con toda la gente, desarrollando un poder de manipulación que ha venido creciendo paso a paso. Entre nosotros la puerta de entrada fue ‘Julito’ cuando inició la idea de ‘abrir los micrófonos’ para que la gente desahogara sus deseos de ser escuchados. Fue algo parecido a lo que apareció en el Japón con el negocio de ofrecer a una clientela la posibilidad de con un bate destrozar televisores, radios y aparatos eléctricos viejos para aliviar sus tensiones.

Se fue desde entonces aumentando la influencia de los medios y al mismo tiempo reorientando hacia una especie de instrumento para protestar contra lo que incomoda a cada cual. Los programas televisivos enfatizaban “ ¿Qué tal esto?”   o “no se queda callado: ¡denuncie!”.

Con la aparición de las redes sociales los periodistas perdieron el monopolio del poder ‘informativo’ y tanto la información como la desinformación se volvió una actividad universal abierta a cualquiera. Pero siempre con las características de girar alrededor de la emotividad y de apelar más a lo instintivo y primario que a lo racional y reflexivo; siempre en base a que ‘noticia’ es lo que conmueve o motiva, ya sea por la forma en que se escoge o por cómo se despliega.

Ahora lo que circula en ese universo virtual depende de unos algoritmos destinados a incidir en el comportamiento y en parte en la formación de las personas. Al igual que se usa la data para saber los gustos de los individuos y poder ofrecerles lo que se sabe puede venderles, para constituir grupos con determinada orientación -en política particularmente- se les presenta la información que coincide con sus posiciones ya tomadas.

Como en forma acertada lo planteó José García en El Tiempo (La dictadura del algoritmo), esto lleva a una polarización qué pasa fácilmente al fanatismo y al odio hacia quien no coincide con uno.

Pero además el odio es un veneno que lo afecta más a uno que al motivo de él. Así el estar siguiendo las noticias es un alimento que envenena a quien está pendiente de ellas y/o de los ‘ influencers’ que saben aprovecharlas dándoles vuelo. Hoy somos un país envenenado.

Juan Manuel López Caballero

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