LAS BATALLAS DE FLORES

Cuando el general Heriberto Vengoechea tuvo la feliz ocurrencia de hacer una Batalla de Flores, como símbolo del retorno de la alegría a Barranquilla luego de la guerra de los mil días, no se imaginó que el desfile perduraría, y que se convirtiera en el evento de mayor jerarquía dentro de todas las festividades de un país que busca seguir siendo alegre, que quiere, muy en el fondo, reemplazar los fusiles por flores, aun cuando hoy hayan sido el mayor rechazo a una jugada diplomática de nuestro mentiroso embajador ante D.C. Eso de querer llenar las oficinas de los congresistas de USA con flores colombianas solo tiene cabida en la Batalla de Flores, no en Capitol Hill.

El día que el país tome con tanta seriedad sus problemas como se asume en Curramba la monumental fiesta saldremos al otro lado, ese lado de la reconciliación, de la senda de progreso con justicia social y desarrollo territorial balanceado que ansiamos.

Y veo pasar a pie, en carrozas, en carrotanques, en ambulancias, en carros de bomberos, bailando, danzando, caminando, gritando, pero siempre alegres, miles de caribes, cachacos, gringos, alemanes, holandeses, italianos, hasta chinos y australianos, en un amasijo ordenado, que eleva el desorden descomunal de cinco días de pachanga, música, ron -término caribe genérico para todo lo que contiene alcohol- y fandango, cumbia, merengue, bullerengue, gaita, bombardino, pero sobre todo, mucha tambora y percusión, que resuena en los oídos por al menos un año, hasta el siguiente carnaval.

Y veo pasar la irreverencia, vestida de colores. Y, como un recuento de hechos, veo pasar las cajas de dinero del cartel de Cali, algunas pintadas de forma variada que hacen juego con el colorido del desfile y veo las caras de asombro de los chirriados chinos, no los de China, cuando no encontraban explicación a la compra de la presidencia en 94, y veo la boca abierta de la degradación vuelta festejo, y salen de esas cajas dólares y marimondas, sombreros vueltiaos y pesos por millones, conciencias vueltiás, como los sombreros, amalgamadas con risas y desparpajo.

Y veo venir atrás, pero no muy lejos, la carcajada del gringo, poniendo a Samper a bailar al son que le tocaron. Y veo llegar en coche a Pastrana, agarrado de la escoba, limpiando el patio de este platanal, y sale al baile la plata gringa para darle palo a la narcoguerrilla, y sale Tirofijo, muerto de verdad y muerto de la risa, luego de haber dejado la silla vacía que hoy se pelea la gente para seguir viendo el desfile. Y llega un señor de sombrero Panamá, con 3 huevitos en las 3 manos, diciendo “hijitos, sigan por ahí que llegaremos lejos”, y venían atrás guerrillos atracadores, poniendo la mano para que les den “paz”, poniendo el Tornillo para quitarle la paz a niños y niñas campesinos abusados, pero a esos no los dejaron salir en la Batalla, porque los mandaron para el Congreso. Y vi a unos colados, con máscaras y antifaces para que no los reconocieran, derrochando lo hurtado en este y en pasados gobiernos, en esta Colombia que, iracunda, quiso creer que la verdad salía de la boca de Petro, sin siquiera recabar la acumulación de desfases durante su pasada gestión al frente del distrito de Bogotá. “Sigan creyendo”, dice un cartel de un cumbiambero, con pañuelo rabo e´ gallo al cuello y la foto de Petro. Y salen al ruedo los carrotanques, y riegan agua que no moja, y sigue la feria de los contratistas, que bailan por billones, y desbordan los decibeles de Cuco Valoy, con la pregunta de lo que tiene el carnaval de Curramba, que tanto enloquece a la hija, como enloquece a la mama, y vienen a ritmo de garabato, la muerte y la vida, el campesino y el esqueleto, el combate entre la alegría y la tristeza, entre las penas y las risas. Y se acude a sobornar la rabia con un trago de aguardiente. Y se sube el volumen del picó para que hasta el llanto de los más entristecidos solo oiga durante cinco días el bullicio del mundo carnavalero.

Y la fiesta sigue, porque de eso se trata, de ridiculizar las amarguras, de aliviar las cargas y de darle un merecido descanso a tanto problema, que luego del entierro de Joselito Carnaval el martes próximo, estarán igual de complejos, de pronto peor, pero nunca más aliviados.

Solo con seriedad se puede uno divertir. Hay que darle su momento a la tertulia, a la conversación, al baile, al agite, al abrazo, al ron. Si no te gusta, no vengas. Pero luego no te quejes de tu suerte, pues la buena suerte la tienen quienes festejan estos días en la Arenosa.

Y desde la península, cabe destacar la raíz de las festividades carnavaleras colombianas en la ciudad de Riohacha. Fueron los primeros festejos de esta naturaleza que se hicieron en nuestro Caribe, importados de Europa y con una tradición especial: Los embarradores, un grupo de parranderos que se untan la ropa de barro, de la Laguna Salada que está a las afueras de la ciudad, para “abrazar” con broma y sonrisas a cuanto amanecido encuentran tropezando por las calles tratando de llegar a su casa, si la encuentran.

 

Nelson Rodolfo Amaya

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