EL MIEDO QUE YA NO FUNCIONA

“Sería un desastre para Colombia”.

Así definió Francisco Santos una eventual presidencia de Iván Cepeda en su última columna de opinión en la revista Semana.

La palabra no es inocente. En política, el miedo siempre ha sido un instrumento de poder.

Durante décadas funcionó.

Se sembraba la idea de que cualquier proyecto distinto al establecimiento conduciría al caos, al castrochavismo, al abismo económico o al colapso institucional.

El país debía elegir entre lo conocido – aunque injusto – o el salto al vacío.

Pero ese libreto empezó a romperse.

Colombia lleva casi cuatro años bajo un gobierno que la oposición anunció como el fin de la democracia.

Y, sin embargo, la democracia no solo no se derrumbó: siguió funcionando.

No hubo cierre del Congreso.

No hubo persecución judicial a opositores.

No hubo censura a la prensa.

No hubo ruptura del orden constitucional.

Y, sobre todo, no ocurrió algo que en la historia reciente sí había ocurrido:

no hubo falsos positivos.

Ese dato, por sí solo, dice mucho.

Porque durante años el país vivió el horror de ejecuciones extrajudiciales presentadas como resultados militares.

Hoy, en cambio, la política de seguridad no produce cadáveres de civiles convertidos en trofeos.

Tampoco se han conocido escándalos de interceptaciones ilegales a magistrados de altas cortes, periodistas o dirigentes opositores desde el poder presidencial.

Un contraste evidente con épocas en las que el Estado terminó espiando a quienes debían vigilarlo.

Ese es el contexto real desde el cual debe leerse la afirmación de Santos.

Cuando se dice que la llegada de Cepeda sería un “desastre”, la pregunta inevitable es:

¿desastre para quién?

Para sectores que históricamente controlaron el poder político, económico y narrativo del país, sí puede serlo.

Para quienes entendieron el Estado como un espacio propio, también.

Para quienes nunca imaginaron perder la hegemonía, sin duda.

Pero confundir la pérdida de privilegios con la ruina nacional es una vieja operación retórica.

Iván Cepeda no es un aventurero autoritario.

Su trayectoria pública está ligada a la defensa de derechos humanos, al debate parlamentario y a la confrontación política dentro de las reglas democráticas.

Se podrá discrepar de sus ideas – eso es normal en democracia -, pero presentarlo como una amenaza sistémica pertenece más al campo del miedo que al de los hechos.

El país ya vivió la experiencia que se anunciaba como apocalíptica: un gobierno de izquierda elegido en las urnas.

Y lo que ocurrió no fue el colapso, sino la continuidad institucional.

Por eso el discurso del desastre empieza a perder eficacia.

Porque la ciudadanía ya tiene evidencia empírica.

Sabe que el Estado no se cayó.

Que la economía no desapareció.

Que la oposición siguió hablando.

Que la prensa siguió publicando.

Que las elecciones siguieron existiendo.

El miedo funciona mientras no se prueba.

Cuando se prueba y no ocurre, deja de ser creíble.

Decir hoy que una eventual presidencia de Cepeda sería un desastre para Colombia se parece más a la nostalgia de un poder que se desvanece que a un diagnóstico sobre el país.

Tal vez lo que realmente se percibe como desastre no es el futuro de la nación, sino el fin de una época en la que unos pocos decidían casi todo.

Durante años el país fue gobernado por el miedo al cambio.

Pero cuando una sociedad descubre que el cambio no la destruye, algo se rompe para siempre: la capacidad de asustarla.

José Jorge Molina Morales

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