Son los hechos, las actitudes, las acciones, las que muestran el verdadero carácter de la gente, aquel que debe ser la esencia de la decisión más preciada de una democracia, la de elegir a quien nos gobierna y nos representa, y que acude a la columna fundamental de la vida social: la libertad. Para escoger, para transitar, para votar, en fin, solo vale la pena vivir en sociedad si cuenta uno con la garantía de optar por la vida que quiere, con las consecuencias que ello implica. Por ello, la manera de inclinarnos hacia uno u otro candidato presidencial debe tomarse desde la libertad de elegir con la suficiente información y con la enorme responsabilidad que también implica, puesto que libertad sin responsabilidad es solo libertinaje.
Son varios los aspectos por los cuales me animo a afirmar la categoría de admirable de la candidata Paloma Valencia.
Sea el primero, el haber hecho posible, con mucho de sentido político y bastante de estrategia, el que un grupo diverso de aspirantes pudiera converger en una sola candidatura capaz de enfrentar al régimen en el gobierno.
Proveniente del partido Centro Democrático, con una considerable fuerza popular capaz de haber marcado una buena parte del destino de nuestro país en lo que va corrido de este siglo, y organizado bajo el liderazgo de Álvaro Uribe Vélez, arrancó su jornada apenas a principios de este año. Dolidos por un crimen de estado, el asesinato de Miguel Uribe Turbay, el país reaccionó con agrado, pero sin mucho entusiasmo, al advenimiento de la fresca figura de Paloma. Contaba con la base necesaria para darle un alcance mayor a su tarea aspiracional. Estaba consciente de que el respaldo del CD no iba a ser suficiente para alcanzar el triunfo. Era, por decirlo de otra manera, la cuota inicial para construir una propuesta presidencial opcionada. Por ello, abrió el compás y acudió a una convocatoria seria de un grupo de aspirantes con relativo conocimiento de la gente y modesto registro de favorabilidad popular que de todas maneras buscaban hacer equipo para enfrentar tanto al régimen de Petro como a una derecha radicalizada que se abría paso, encabezada por Abelardo De La Espriella. Los pronósticos se cumplieron. Ganó por mayoría indiscutible y contundente, y tuvo el tino de armar el tiquete con el segundo de los votados en la Gran Consulta, Juan Daniel Oviedo, para acompañarla en la vicepresidencia. Presumirse plenipotenciaria por haber ganado hubiera sido un acto de soberbia que no va con la personalidad sensata de Paloma.
Y aquí aparece el primer escollo, puesto que, como sabemos, cualquier decisión de semejante magnitud tiene tanto de largo como de ancho, y debe tomarse en consideración a que las ventajas sean mayores que las desventajas, que la suma de la potencialidad de respaldos alrededor del nombre sea mayor que la resta que produzca. Lo que se observa al verlos crecer de manera sostenida y competitiva es que fue un acierto. No se equivocó. Cierto que Oviedo no es una pera en dulce, pues tiene dos facetas muy marcadas: la del tecnócrata, docto en estadística, economía, que habla con suficiencia sobre diversos temas de gobierno, y la del dicharachero, algo folclórico y bastante alborotado con el micrófono, que abusa a veces del principio con base en el cual se lo incorporó en el tiquete, el de sumar en la diferencia y demostrarle al país que el gobierno es para todos y no para una camarilla que se enquista en el poder como vemos con tanto desatino en el Pacto Histórico. Espantó con ello a radicales homofóbicos, a cavernícolas del pensamiento que añoran los candidatos impuestos por los editoriales de los periódicos tradicionales, como sucedía hace varias décadas. Pero es más la gente que comparte la jovialidad y frescura de la fórmula Paloma-Oviedo que la que la rechaza.
Por otro lado, Paloma aporta un componente de conocimiento del estado bastante importante en su discurso y sus intervenciones. No deja resquicio ninguno por el que se pueda filtrar un tema sobre el que no tenga una idea clara por ejecutar en su potencial gobierno. Se ha preparado a conciencia por un periodo largo, con la mente puesta en Colombia y en espera de la oportunidad que se le abre hoy. Quienes la escuchan pueden confirmar tal talante.
Su crecimiento político ha sido admirable. Tal cual su campaña. La vemos disertar sobre lo crucial del país, la insanidad del régimen actual y el arreglo urgente del caos cuando arribe a la Casa de Nariño en agosto.
Madurez, conceptualización, claridad, visión.
Confirma esta condición de campaña admirable cuando debe enfrentar los ataques de ambos lados del espectro político: la extrema izquierda y la extrema derecha. Cepeda y Abelardo la hacen blanco de dardos, tan mentirosos como ausentes de toda forma democrática.
Cepeda, sinuoso, escondido detrás del dinero que el gobierno pone a disposición de su campaña, elude la confrontación de propuestas de gobierno en debates que ayudarían a que la gente tome una decisión mejor informada. Es lo que ha hecho toda la vida: vestirse de camuflado insurrecto cuando piensa que nadie lo ve, pero se le olvida que el sol deja traslucir la verdadera piel antidemocrática que lo caracteriza.
Abelardo, supuesto amigo, deja claro que con esos amigos para qué enemigos. De poco conocimiento en las tareas del estado, se muestra hoy asustado al observar la imparable acogida de Paloma, quien el hecho de haber salido a la palestra 6 meses después que él, es capaz de aglutinar mucha más gente, la gente que busca preparación sin estridencias, carácter sin gritería y sensatez ponderada, más que vocinglería confrontacional. Su campaña ha acudido en estos días a propaganda ofensiva contra todo aquel que, siendo parte de la vida nacional, no se decidió por apoyarlo y se fue con Paloma. ¡Madre mía! Si se comporta, así como candidato, qué podemos esperar como presidente. Critica la política tradicional cuando no está de su lado, y recibe por la puerta de la cocina a estructuras de partidos que se han envejecido con el poder en el bolsillo.
A estos ataques, Paloma responde con altura. No pierde la compostura. Deja claro que no tiene en su ser esa ausencia de fronteras éticas que se asoman en cada acto de Cepeda y Abelardo. Por eso la tildo de ADMIRABLE, ella y la campaña que hace para llegar a gobernarnos.
Nelson Rodolfo Amaya

