ELECTORES Y LECTORES 2026

Hoy tenemos en Colombia más de cuarenta y un millones de ciudadanos pendientes de las elecciones del 31 de mayo. Todos ellos con capacidad de participar en la contienda, bajo su propia forma de ver la política.

Los optimistas, convencidos que su candidato posee unas virtudes políticas tales que cuesta trabajo que haya algunos que no las vean para que le den su voto.

Los triunfalistas, que bajo ninguna circunstancia consideran que haya otro que vaya a ser elegido distinto de su preferido. Los demás están de relleno en el tarjetón.

Los conformistas, quienes se dieron cuenta de que la gran masa de electores no optó por el candidato de sus preferencias, pero hacen lo importante, dejar constancia histórica en las urnas de que alguien tenía en su cabeza el país que necesitamos todos.

Los pesimistas, que piensan que no tienen más remedio que conformarse con cualquier cosa que pase, pues el país no va a cambiar con ninguno de los nombres en competencia.

Los agresivos, consideran que cualquier acto del contrario debe ser tachado aun cuando sea un rezo por la paz de Colombia.

Los indiferentes, muy atentos a cualquier otra actividad por desarrollarse ese domingo, distinta de ir a los puestos de votación.

Pero hay un enorme número de personas que aún no definen por quien votar. De todas las vertientes políticas e ideológicas, en todas las regiones del país, en ciudades y en poblaciones intermedias y rurales.  Los indecisos. Y sí que vale la pena detenerse en este importante grupo.

Encontré que el análisis de microdatos electorales de La Silla Vacía,  realizado a 3 semanas de las elecciones, arrojó que los votantes indecisos representan el 28% del electorado en primera vuelta. Este cálculo agrupó a quienes respondieron «no sabe», «ninguno» o manifestaron su intención de votar en blanco.

A partir de una base de datos unificada con más de 44.000 respuestas obtenidas de firmas como CNC, GAD3, Invamer y AtlasIntel, el portal identificó los siguientes patrones demográficos exactos sobre este segmento, que vale la pena mirarlos, amigos lectores:

 

Composición por edad.

  • 18 a 34 años: Representan el 42% de todos los indecisos.
  • 35 a 54 años: Representan el 41% del segmento.
  • 55 años o más: Corresponden únicamente al 17% restante.

Composición por género.

  • Mujeres: Son la clara mayoría con el 65% del total de indecisos.
  • Hombres: Equivales solo al 35% de este grupo.

Ubicación geográfica.

  • Al desagregar de qué regiones proviene ese 28% global de indecisos, el peso se concentra fuertemente en el interior del país:
  • Región Central: Alrededor del 25% al 28% de la bolsa total de indecisos habita en esta zona (que excluye administrativamente a la capital).
  • Bogotá: Aporta de manera individual cerca del 18% al 20% de la masa total de personas sin definir su voto.
  • Región Caribe y Región Pacífica: Registran dinámicas de voto más fidelizadas de forma temprana, por lo que su aporte al volumen total de indecisos es significativamente menor comparado con el centro del territorio nacional.

 

Dentro de este importante grupo de ciudadanos, que son alrededor de 6 millones según las predicciones de votación, está la elección del domingo 31. No porque ellos sean mayoría, sino por ser el centavo -algo más que el centavo- para el peso, el complemento necesario que requiere cada candidato opcionado de alzarse con el triunfo.

Mi entorno caribe, a pesar de mostrarse más decidido que otras regiones según este análisis, vive también ese momento de reflexión sobre las indefiniciones.

Pero, ¿Quiénes son los indecisos? ¿Qué los llevaría a ir por una u otra propuesta?

No es el perfil del aspirante. Lo han tenido enfrente desde antes de que se presentara al debate. No son las ideas sobre el estado que queremos. Las explican, unos más otros menos. Tampoco son las ideologías, pues eso ya los tuviera parqueados en una u otra acera electoral. Parece ser que los guía una vocación de masas, un deseo de aportar a una decisión conjunta con mucha gente con la que de pronto no tienen afinidad, ni empatía. Es un espíritu de cuerpo social, algo así como la espera por la llegada de una iluminación que les indique a todos a cuál manada pertenecer.

En días pasados destacaba cómo la decisión de voto normalmente era tomada ad urna portas, es decir, en otras épocas en las que votar por conservador o liberal no cambiaba mucho la orientación del estado, se parecían ambos partidos hasta en el modo de caminar. Hoy en día, la cosa es distinta. Y uno esperaría que más allá del cálculo de ver a cuál barco me subo dependiendo de la cantidad de gente que sube a él, podría llevar a que la nave colombiana se hundiera.

 Encuentro amigos que ayer decidieron. Converso con otros que siguen esperando. Hablo con algunos que no saben lo que esperan. Me acuerdo del Espíritu Santo, que revolotea sobre la conciencia de los católicos para ser su guía en el mundo. Desafortunadamente, el mundo democrático no parece ser de sus preferencias. Sospecho que algunos, para no generar polémica, evitan comentar si su decisión es contraria a la del contertulio, cuando éste la hace evidente.

He dialogado con personas que piensan que lo que hay que hacer es atajar a Cepeda/Petro y la continuidad de su nefasto régimen a toda costa. Por ello esperarán hasta último momento para ver si llega un mensaje celestial que dilucide de una vez por todas la inclinación de la balanza del lado opuesto. 

Lo que no deja de sorprenderme es que colombianos de alto calibre intelectual se encuentren aún en esa disyuntiva. Los kilates morales, la jerarquía y la formación debieran servir de guía ciudadana más que de pasmosa actitud de rebaño electoral, que no democrático.

Insisto en que el palo colombiano no está para cucharas. El temor a equivocarse se ha vuelto la actitud de los indecisos. Pasarán los días y no podrán orientarse por las encuestas, que entran en veda; tampoco por las manifestaciones, que tampoco se podrán hacer. Tendrán que decidir ellos, solitos, frente a la lectura de los hechos políticos de la semana, lo que no pudieron hacer semanas atrás. Ni modo.

Surge en estos momentos, en los que la ausencia de debates facilita el ocultamiento de las debilidades estructurales de los candidatos e impide una mayor información del votante, una línea delicada que terminará por impulsar al triunfo o condenar a la derrota a quienes descuellan, Paloma, Abelardo y Cepeda. Es la madurez de los últimos días. Quien por desespero acuda a afirmaciones o actos que generen rechazos, volteará la torta y le dará a la gente los argumentos que hasta ahora no han encontrado para decidirse. Recuerdo la semana anterior a la elección entre Álvaro Gómez Hurtado y Virgilio Barco, cuando se radicalizó la propaganda alvarista en contra de su contendor, silente y avejentado. Eso terminó de hundir su aspiración, el país se solidarizó con el candidato liberal y Gómez vio, como tantas otras veces, ahogada su aspiración a gobernarnos.

Ruego que su voto no sea de rebaño sino de reflexión. Por lo mejor para Colombia.

 

Nelson Rodolfo Amaya

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