Uno de los problemas menos discutidos ligados a Iván Cepeda no tiene que ver solamente con economía, seguridad o polarización. Tiene que ver con algo más profundo: visión estratégica.
Mientras el mundo atraviesa una nueva era de competencia geopolítica, Colombia corre el riesgo de elegir una mirada excesivamente local, ideológica y aislada sobre su papel internacional.
Hoy los países ya no compiten únicamente con discursos internos. Compiten por influencia regional, inversión extranjera, tecnología, cadenas de suministro, inteligencia artificial, energía, minerales estratégicos y capacidad de negociación global. La conversación mundial cambió. La pregunta es si parte de la dirigencia colombiana se dio cuenta.
Estados Unidos y China redefinen el comercio global. México capitaliza el nearshoring. Brasil piensa como potencia regional. Emiratos Árabes Unidos, un país pequeño en población, entendió hace años que su tamaño geográfico no limitaba su ambición estratégica. Incluso economías medianas están rediseñando su inserción internacional alrededor de innovación, logística, seguridad económica y alianzas de largo plazo.
¿Y Colombia?
Demasiadas veces seguimos atrapados en una conversación doméstica, casi municipal, sobre nuestras propias disputas internas.
Ese enfoque resulta especialmente preocupante en figuras como Iván Cepeda, cuya trayectoria política ha estado profundamente anclada en luchas ideológicas nacionales, activismo interno y debates históricos domésticos. Todo eso puede tener relevancia política. Pero gobernar un país en 2026 exige algo distinto: pensar a Colombia como actor regional competitivo en un entorno global mucho más agresivo.
Colombia no debería aspirar a una diplomacia construida desde afinidades ideológicas selectivas. Debería aspirar a convertirse en un nodo hemisférico de inversión, inteligencia artificial, talento humano con esa visión innovadora que tanto nos caracteriza, turismo, comercio, seguridad energética y liderazgo regional.
Tenemos ubicación estratégica, acceso a dos océanos, vínculos naturales con Estados Unidos, América Latina y mercados globales. Tenemos condiciones para pensar en grande. Pero pensar en grande exige abandonar la mentalidad de país periférico resignado a mirar el mundo desde la barrera.
Porque existe un riesgo real en cierta visión política contemporánea: confundir política internacional con identidad ideológica.
Los inversionistas no evalúan afinidades discursivas; evalúan estabilidad, predictibilidad, apertura y capacidad estratégica. Los aliados internacionales no construyen relaciones sobre consignas; las construyen sobre intereses nacionales claros.
Colombia necesita una conversación más ambiciosa sobre su lugar en el mundo. Menos visión de barrio. Más visión de potencia regional.
Santiago Torrijos Pulido

