Hay algo que comienza a sentirse en Colombia y que va más allá de las primeras decisiones del nuevo Gobierno. Es una sensación difícil de medir con cifras, pero fácil de percibir en los departamentos, en los municipios, entre quienes tienen responsabilidades políticas y administrativas y en una comunidad que parece haberse vuelto a poner en movimiento. Y quizás allí está uno de los primeros efectos de la llegada del Tigre. No se trata solamente de las decisiones que ha tomado en estos primeros días, sino de la motivación que produce su manera de trabajar, su carácter, su determinación y, sobre todo, su coherencia entre lo que dice y lo que hace. Porque el liderazgo verdadero no consiste únicamente en ordenar; consiste en inspirar. Cuando quien está al frente trabaja con intensidad, exige resultados, mantiene una línea de conducta y demuestra que está dispuesto a hacer lo que les pide a los demás, termina generando una reacción en cadena. Y eso es precisamente lo que muchos parecen estar percibiendo.
Gobernadores que comienzan a moverse, alcaldes que sienten que deben acelerar su gestión, dirigentes que entienden que ya no basta con esperar y comunidades que empiezan a mirar nuevamente hacia el futuro con una expectativa diferente. Pero hay otro elemento que también merece destacarse: el equipo escogido para acompañar al Presidente parece estar transmitiendo esa misma energía. En sus primeras apariciones públicas se percibe un grupo de funcionarios que proyecta entusiasmo, disposición y voluntad de trabajo, algo que resulta importante cuando se inicia una nueva etapa de gobierno. A ello se suma la presencia de Analu, nuestra primera dama, cuya actitud cercana, positiva y espontánea también parece contribuir a ese ambiente diferente que comienza a percibirse alrededor de la nueva administración. No se trata simplemente de una cuestión de imagen; en política, la actitud de quienes rodean al gobernante también comunica y puede convertirse en un factor de confianza para la ciudadanía.
No necesariamente porque todos los problemas hayan desaparecido —sería absurdo afirmarlo después de apenas unos días—, sino porque el ambiente parece haber comenzado a cambiar. Y ese es, quizás, el verdadero “efecto felino del Tigre”: el Tigre no solamente llega al poder, el Tigre provoca movimiento. Y cuando el liderazgo se acompaña de un equipo que comparte esa actitud, el efecto puede multiplicarse. Un presidente puede tener poder institucional, pero un líder tiene algo mucho más poderoso: capacidad de influencia. Cuando esa influencia se combina con carácter, disciplina, firmeza y coherencia, puede producir algo que ningún decreto puede imponer: motivación. Y la motivación, cuando se extiende por un país, puede convertirse en una fuerza política y social extraordinaria.
Colombia necesita precisamente eso: funcionarios que entiendan que administrar un municipio no puede ser simplemente ocupar un cargo; gobernadores que comprendan que las regiones no pueden seguir esperando permanentemente que Bogotá resuelva sus problemas; dirigentes que vuelvan a entender la política como servicio, y ciudadanos que recuperen la confianza en que trabajar, participar y exigir resultados todavía vale la pena. Por eso sería equivocado reducir lo que estamos observando a un simple entusiasmo de los primeros días. Hay algo más profundo: existe una motivación que nace de observar a quienes dirigen y de percibir coherencia entre su discurso y sus actuaciones. Cuando el líder trabaja, los demás sienten que deben trabajar; cuando el líder exige, los demás sienten que deben responder; cuando el líder mantiene su palabra, los demás entienden que la coherencia tiene valor en política, y cuando el equipo que lo acompaña transmite la misma disposición, se genera la sensación de que existe una dirección compartida.
Ese puede ser uno de los grandes desafíos de los próximos cuatro años: que la energía del Tigre no se quede en la Presidencia, sino que llegue a los departamentos, a los municipios y a las comunidades, y que se convierta en gestión, en obras, en seguridad, en empleo, en oportunidades y, sobre todo, en resultados. Porque, al final, un país no cambia únicamente porque cambia su presidente; un país cambia cuando el nuevo liderazgo consigue que millones de personas cambien también su actitud. Por eso, más que hablar hoy de resultados definitivos, prefiero hablar de una señal, de un ambiente que comienza a recorrer Colombia y que parece decirles a quienes tienen responsabilidades públicas que llegó la hora de moverse, de trabajar y de responder. Y quizás eso sea lo más interesante de este comienzo: el Tigre no solamente está gobernando, está motivando; su equipo parece acompañar ese impulso y la primera dama aporta también una presencia que transmite cercanía y optimismo.
Cuando quienes están al frente de un país proyectan energía, unidad, coherencia y disposición para trabajar, esa actitud puede terminar contagiando a toda una sociedad. El reto será demostrar que esa buena vibra inicial puede transformarse en resultados concretos y sostenibles.
El contraste con el gobierno anterior también resulta inevitable. Durante los últimos cuatro años, Colombia estuvo marcada por una profunda polarización, una comunicación política confrontacional y una permanente sensación de incertidumbre frente al rumbo del país, alimentada por cuestionamientos relacionados con el autoritarismo, la corrupción y la falta de autoridad. Hoy, aunque los problemas siguen siendo enormes y sería prematuro afirmar que ya existe una transformación estructural, comienza a percibirse un ambiente diferente: menos centrado en la confrontación y más orientado hacia la acción, el trabajo y la búsqueda de resultados.
La diferencia, por ahora, no está solamente en las políticas adoptadas, sino en la actitud con la que se ejerce el poder y en la manera como esa actitud parece transmitirse a quienes acompañan al nuevo Gobierno. Es justamente allí donde comienza a sentirse el llamado “efecto felino del Tigre”: una forma distinta de asumir el liderazgo que parece estar despertando nuevamente en muchos sectores la voluntad de hacer, de participar y de creer que Colombia puede avanzar.
Ese es el verdadero efecto felino del Tigre: no solamente despertar la manada, sino conseguir que el país quiera levantarse, caminar y avanzar.
Salustio Solano Cerchiaro

