SI DIOS LO DIJO ¡EL LO HARÁ!

“Así como la lluvia y la nieve descienden del cielo, y no vuelven allá sin regar antes la tierra y hacerla fecundar y germinar para que dé semilla al que siembra y pan al que come, así es también la palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo deseo y cumplirá con mis propósitos.”

Isaías 55:10-11 NVI

En este pasaje, el profeta Isaías transmite un mensaje contundente y, al mismo tiempo, esperanzador de parte de Dios. Para hacerlo, utiliza un símil, entre la palabra de Dios y los fenómenos naturales de la lluvia y la nieve. Y creo que lo hace de esta manera para descriptivamente mostrarnos a través de fenómenos que podemos observar, comprender y comprobar, que, así como la lluvia y la nieve descienden del cielo y cumplen una función en la tierra, así mismo, la palabra que sale de la boca de Dios también cumple un propósito.

Pero detrás de este fenómeno natural hay todo un proceso que no alcanzamos a percibir del todo, podemos ver caer la lluvia o la nieve, ver como la tierra recupera su verdor y como las plantas comienzan a crecer, pero, no vemos cuando el agua se evapora, se condensa y forma las nubes. Tampoco vemos todos los efectos que este proceso provoca, la lluvia no solamente refresca la tierra; también alimenta ríos, lagos y arroyos, ayuda a llenar acuíferos subterráneos y, al entrar en contacto con el suelo, produce un aroma fresco y característico que se conoce como petricor, el cual se forma por sustancias y bacterias naturales del suelo que se liberan durante la lluvia. Luego, el agua vuelve a evaporarse con el calor del sol y el ciclo continúa.

Y precisamente esa es la imagen que Dios utiliza para ilustrarnos acerca del poder y efecto de su palabra. Ella sale de su boca y no es vacía, Dios no habla por hablar, ni por emoción, todo lo que El habla siempre tiene un designio. Y así como la lluvia, también produce un resultado en nuestra vida, riega, alimenta, renueva, transforma y produce fruto que se convierte en la semilla (fe) que otros necesitan para cuando experimenten el proceso de riego en sus vidas

Al respecto, la Biblia dice que su palabra permanece para siempre: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras jamás pasarán.” Mateo 24:35,  y esto es tan real, que podemos comprobar hasta el día de hoy como por su palabra el sol, la luna, las estrellas, el mar, la tierra y el universo permanecen en su lugar (Job 38:10-12, Proverbios 8:29-31).

Aun sabiendo todas estas cosas, a muchos nos ha pasado que, aunque leemos, estudiamos y recitamos la palabra de Dios, muchas veces nos cuesta entenderla, apropiarla y creerla… en realidad decimos que creemos, pero si analizamos cuidadosamente nuestra forma de hablar realmente ¿estamos decretando la palabra sobre nuestras circunstancias?

Gracias a Dios, su palabra no pierde su poder porque nosotros dudemos, ni deja de ser verdadera porque una circunstancia parezca contradecirla, ella sigue siendo viva, eficaz, poderosa y verdadera por sí misma. 

No obstante, al leer este pasaje bíblico comprendí que, así como la lluvia para producirse deben existir condiciones atmosféricas favorables (si lo analizamos no en todas partes llueve); también en nuestra vida necesitamos desarrollar condiciones propicias para que lo que Dios ha hablado a nuestra vida produzca el fruto que Él desea.

Debo reconocer que en estos días me descubrió el Espíritu Santo hablando necedad, hablando desde mis imposibilidades y no desde las posibilidades de Dios, sin darme cuenta, estaba hablando de manera pesimista frente a una situación, por un momento olvidé lo que está escrito y hablé desde la abundancia de mi corazón.

Comprendí que por esta razón fue que Dios le aconsejó a Josué “Nunca se apartará de tu boca este libro de la ley, sino que de día y de noche meditarás en él, para que guardes y hagas conforme a todo lo que en él está escrito; porque entonces harás prosperar tu camino, y todo te saldrá bien” Josué 1:8. La instrucción no era solamente leer la palabra, sino meditarla, grabarla en la mente y en el corazón, hablarla y vivirla y el resultado de ellos sería: “entonces harás prosperar tu camino, y todo te saldrá bien”

Entonces, si no todo nos está saliendo bien y si en nuestro camino solo encontramos ruina, tropiezos y perdidas, deberíamos volver a este consejo que recibió Josué, preguntarnos si realmente estamos meditando de día y de noche en la palabra que Dios ha hablado a nuestra vida, si hemos cuidado de obedecerla y más aún, analizar si realmente ella está permanentemente en nuestra boca.

Como mencioné anteriormente, para ver el cumplimiento de la palabra de Dios en nuestra vida, debemos generar ciertas condiciones y para ello es importante:

  • Oír la palabra de Dios, “Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios “Romanos 10:17. No es solo oír, sino escuchar, es prestar atención, es comprender lo escuchado.

 

  • Reflexionar acerca de lo que Dios dice, pasar tiempo con El y preguntarle al respecto de la aplicación de su palabra en nuestra vida, para ponerla en práctica. Josué recibió la instrucción de meditar en ella de día y de noche porque la palabra debía pasar de sus ojos a su corazón, de su corazón a su boca y de su boca a sus acciones.

 

  • Prestar atención a lo que hablamos, el enemigo no sabe lo que hay en nuestra mente hasta que abrimos la boca, y usa nuestros propios decretos para presentarlos delante de Dios y que las promesas no se cumplan. Recordemos que su naturaleza es ser acusador. Zacarias 3: Me mostró al sumo sacerdote Josué, el cual estaba delante del ángel de Jehová, y Satanás estaba a su mano derecha para acusarle.

 

También dice en Mateo 12:36-37 “Mas yo os digo que de toda palabra ociosa que hablen los hombres, darán cuenta de ella en el día del juicio. Porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado.” Jesús mismo establece allí un principio legal, las palabras ociosas son evidencia admisible en el tribunal divino.

 

“Te has enlazado con las palabras de tu boca, Y has quedado preso en los dichos de tus labios”. Proverbios 6:2.

 

  • Analizar nuestro interior, eso que guardamos en el corazón y que al final termina por definir nuestros pensamientos, actitudes, acciones y palabras. ¡Generación de víboras! ¿Cómo podrán ustedes, siendo malos, hablar cosas buenas? Porque de la abundancia del corazón habla la boca. (Mateo 12:34)

De esta manera generamos las condiciones favorables para que, como la lluvia, la palabra de Dios haga germinar la semilla de nuestra fe y dé fruto que alimente nuestra alma.

En conclusión, creer en lo que Dios ha dicho aun por encima de lo que podemos ver o experimentar, es una decisión de vida o muerte, no por nada el mismo Jesús venció al diablo en el desierto recordándole “No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mateo 4:4, RVR1960).

Cuando todo alrededor parece contradecir sus promesas, la fe nos permite permanecer firmes, porque nuestra confianza no depende de lo que vemos, sino de quién ha hablado. Nuestra verdadera fuente de vida está en lo que Dios dice, depender completamente de él y confiar en que, si Él lo dice, ¡Él lo hará! Números 23:19 Dios no es hombre, para que mienta, Ni hijo de hombre para que se arrepienta. Él dijo, ¿y no hará? Habló, ¿y no lo ejecutará?

 

Vicky Pinedo 

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