COLOMBIA CARIBE

Colombia es la suma de sus regiones. Hemos escuchado y repetido esta frase desde el principio de nuestra historia. Ahora, nos damos cuenta de que lo que de verdad significa es que sin tener en cuenta la cultura, la idiosincrasia y el mestizaje como la base de formación, desarrollo y progreso de nuestras regiones, no avanzaremos en consolidarnos como nación diversa.

Somos una andanada de pincelazos sobre un mapa que aglutina énfasis en la vida, acentos, vocaciones y otras disparidades, y aún nos cuesta encontrar la mejor forma de entender qué significan sus diferencias, cómo podemos aprovecharlas mejor y cómo hacemos para lograr que sus niveles de vida puedan crecer para que todos tengamos oportunidades de pasar al lado de la mesa donde se come, y sacar a los que siguen del lado de los que ayunan.

Me atrevo a decir que sin las regiones no somos nada, y sin que podamos construir país desde ellas, siempre seguiremos cojos, tuertos y sordos al verdadero foco del progreso y bienestar colectivo.

La montaña, las costas, las llanuras y las cuencas de grandes ríos generan una forma de ver la vida con tantas disimilitudes que no aguanta acumulaciones estadísticas. Todo arranca atado a la tierra donde se nace. La que genera las primeras oportunidades y el contacto con el mundo, que luego moldean la familia, la educación y el trabajo. Ni qué decir del tamaño del entorno, puesto que la dureza de las ciudades contrasta con la bondad de los pueblos, donde todos se conocen y de alguna manera se apoyan.

Provengo de una región llena de horizontes despejados que invitan a soñar para luego realizar, mi mundo Caribe, que es sinónimo de libertad. Es innegable el hecho de que el mar despeja las encrucijadas del espíritu y facilita el fortalecimiento de la cultura que se comparte incluso con una amplia gama de países. La etiqueta del pasaporte no impide hablar con los mismos dichos, bailar los mismos ritmos y adornar la vida con el arte, la literatura y la profundidad de las reflexiones que recoge en páginas cuanto vivimos, separados solo por unas orillas de este cálido paisaje.

Algunos han trivializado nuestra forma de vivir, alegre, como si para ser productivos hubiera que ser amargados, y sin tener en cuenta que lo que se construye desde la cultura tiene mucho más fundamento que lo que solo responde al frío capital rentista. Y es allí donde quiero afincar mi reflexión de hoy.

La verdadera construcción de Colombia debe responder a políticas públicas que tengan como pilar indispensable la cultura sobre la que se forjan. Es un llamado a los pensadores del programa de gobierno de los aspirantes a presidirnos. En nosotros, la cultura es sinónimo de progreso.

¿Quiénes somos frente al mundo? Unos creadores de pensamiento, con páginas descomunales, unos cultivadores de música, con artistas incomparables, unos retratistas de lo irreal, con trazos magistrales, unos visionarios de las empresas, con magnates aquilatados, unos políticos sagaces, con Rafael Núñez, el mejor de toda nuestra historia republicana, en fin, de palpables realizaciones y de gigantescos retos. Desiguales, apartados por varias décadas de la consideración presupuestal de los gobiernos, aún se construyen en nuestra costa obras que nadie pidió, por la maña sempiterna de pensar que son los ajenos los que saben mejor que nosotros lo que requerimos.

Necesitamos ciudades y poblaciones que no solo sean visitables sino también habitables. Necesitamos seguir recibiendo las oleadas de turismo nacional e internacional con la calidez de siempre, pero con mejoramiento de la seguridad escasa que nos deja la laxitud con la delincuencia. Requerimos más libertad comercial, pues somos por esencia la puerta de salida de la vida nacional y la de entrada de la simbiosis mundial. Urgimos la consolidación de la autonomía que facilite la atención prioritaria para el equilibrio en aspectos básicos que nos deja la historia.

Celebro la iniciativa de la candidata Paloma Valencia para recoger ideas de todos los colombianos que le aporten a su programa de gobierno. Mi modesta contribución apunta a que todo lo que se pretenda realizar en estos cuatro años, para que trascienda y fructifique, debe tener la cultura como soporte. Ojalá esa estructura política, que visualizo ganadora, haga avanzar la vida nacional. La buena fe no es suficiente.

La educación, en el marco del ambiente que nos rige. La vivienda, con los insumos que demanda el clima. Los servicios públicos, a base de buen desarrollo colectivo. La salud, atendida con esmero, profesionalismo y régimen institucional estable, la colaboración edificante de los distintos niveles de responsabilidad gubernamental, para que lo nacional, lo departamental y lo municipal, hagan gala de un entendimiento que privilegie el buen vivir ciudadano. Lista larga, pero posible.

No puedo cerrar este mensaje sin destacar la urgencia de la autonomía regional. Ya abiertamente atrasada, frente a los ordenamientos constitucionales de 1991, queremos hacer de ella una bandera que ondee en la brisa del mar. Que si obtenemos hiel o miel de las cosas es porque en ellas pusimos hiel o mieles sabrosas, para traer a la playa los versos infinitos de Amado Nervo. Pero que las pongamos nosotros.

 

Nelson Rodolfo Amaya

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