CUANDO DECRETAR SE VUELVE COSTUMBRE

Cuando decretar se vuelve costumbre En alta mar el viento no pide permiso, sopla, pero incluso el viento tiene dirección, sin embargo, cuando cambia demasiado seguido, desorienta a los pescadores. En Colombia estamos viendo algo parecido con el uso reiterado de decretos por parte del presidente Gustavo Petro, no hablo de un decreto aislado frente a una tragedia, lo hago de una tendencia que se ha vivido en este periodo presidencial, pues cuando el Congreso no aprueba, el Ejecutivo acelera.

La Constitución es clara, los estados de emergencia existen para hechos extraordinarios, imprevisibles y/o graves, pero aquí se ha usado para compensar derrotas políticas, también para reemplazar el debate legislativo cuando este incomoda. Tras el hundimiento de reformas estructurales, el Gobierno acudió a la declaratoria de emergencia económica para enfrentar el déficit fiscal, la Corte Constitucional suspendió provisionalmente la medida mientras estudia si realmente existía una situación excepcional que justificara gobernar por decreto.

Ese detalle es clave porque el déficit fiscal no apareció de la noche a la mañana como un huracán, era un escenario previsible y lo previsible no es extraordinario; convertir dificultades políticas en emergencias jurídicas es una línea peligrosa. En el Caribe sabemos lo que significa vivir en emergencia real, la sequía en la Alta Guajira y Santa Marta no es retórica, el agua no llega por discurso, en Colombia las vías terciarias no se arreglan con cadenas de mensajes, aquí la urgencia tiene rostro. Precisamente por eso deberíamos ser los primeros en defender que la figura de emergencia no se banalice pues Cuando todo es urgente, nada lo es. Gobernar por decreto puede dar sensación de firmeza, produce titulares, proyecta autoridad, pero también envía un mensaje inquietante, es decir, si el Congreso no acompaña, se le aprieta; si la deliberación estorba, se acorta; si el consenso falla, se sustituye.

Eso erosiona algo más profundo que una discusión política, erosiona la separación de poderes. Hoy el presidente es Petro, mañana será otro, pero si normalizamos que el Ejecutivo use la excepción como vía recurrente, dejamos sembrada una práctica que cualquier gobierno futuro podrá explotar, no se trata de simpatías sino de precedentes. En nuestra cultura costeña hay un dicho viejo: “El que manda sin escuchar, termina solo” y en democracia, la soledad del poder no es valentía, es riesgo. Colombia no necesita atajos jurídicos envueltos en discurso social sino soluciones sostenibles, debatidas y blindadas institucionalmente porque cuando el poder aprende que puede saltarse los contrapesos sin costo político, el siguiente paso es inevitable, el límite deja de ser norma y se convierte en obstáculo y una democracia donde los límites se perciben como obstáculos empieza a perder su esencia.

Las constituciones no se debilitan en un solo acto, se erosionan en pequeñas justificaciones repetidas haciendo que la excepción se vuelva costumbre y en cada urgencia que reemplaza la deliberación, así pues, aceptamos que gobernar por decreto es el camino natural cuando no hay mayoría, entonces estamos aceptando que la discusión democrática es prescindible y cuando eso pasa el equilibrio desaparece. Colombia sabe resistir huracanes, pero las instituciones no son palmeras y si se inclinan demasiado tiempo, terminan cediendo y con ello se pierde la democracia.

 

Adaulfo Manjarrés Mejía

DESCARGAR COLUMNA

3 comentarios de “CUANDO DECRETAR SE VUELVE COSTUMBRE

  1. Margy Gómez Bonivento dice:

    La columna acierta en señalar un riesgo institucional: el uso reiterado de decretos como sustituto del debate democrático. La Constitución prevé los estados de emergencia para hechos extraordinarios, no para compensar derrotas políticas. Convertir lo previsible en “urgente” erosiona la separación de poderes y normaliza un atajo que mañana cualquier gobierno podría explotar.
    Sin embargo, más allá de la teoría constitucional, quienes hemos vivido el conflicto armado sabemos que la palabra “emergencia” no es retórica. Soy hija de un exsecuestrado, víctima directa de esa violencia, y he visto de cerca tanto la esperanza como la crudeza de los gobiernos que han enfrentado el conflicto. En Uribe muchos vimos un salvador, alguien que devolvía la sensación de seguridad, pero también fui testigo en procesos judiciales de los falsos positivos, una cara oscura que no puede negarse. Esa dualidad nos recuerda que ningún líder es un dios, y que el poder sin límites siempre termina mostrando su lado más amargo.
    La paradoja es que en Colombia hemos probado el dolor del conflicto, la corrupción y la desigualdad. Sabemos lo que significa la urgencia real: la sequía en la Guajira, la falta de agua en Santa Marta, las vías terciarias abandonadas. Por eso no podemos permitir que la figura de emergencia se banalice. Cuando todo es urgente, nada lo es. Y cuando los límites constitucionales se ven como obstáculos, la democracia empieza a perder su esencia.
    Por eso, más que golpear a Petro, lo que debemos exigir es que tanto el Gobierno como el Congreso eleven el nivel del debate. Gobernar por decreto puede sonar firme, pero transmite un mensaje inquietante: si el Congreso no acompaña, se le aprieta; si el consenso falla, se sustituye. Eso no es fortaleza institucional, es fragilidad democrática. Colombia necesita instituciones sólidas, pero también legisladores preparados, capaces de discutir con argumentos y no con disparates. Solo así evitaremos que las emergencias jurídicas se conviertan en costumbre y que la democracia se reduzca a un forcejeo de poder sin contenido.
    Con Petro ocurre algo distinto: su capacidad académica y su discurso ambiental lo han hecho referente, pero también es cierto que no ha contado con un Congreso que lo respalde de manera seria y académica. Con frecuencia, las discusiones legislativas se convierten en un pulso de poder: se dice “no” por costumbre, sin estudiar a fondo los proyectos, y cuando los medios preguntan, muchos legisladores responden con frases vacías que revelan desconocimiento. La política social no debería ser un juego de egos, porque lo que está en juego es la salud, la vida y los derechos de todo un país.
    En conclusión, tanto Uribe como Petro muestran que Colombia no necesita atajos jurídicos ni líderes que se crean indispensables, necesita instituciones sólidas, debates abiertos y soluciones sostenibles. Porque las palmeras resisten huracanes, pero las instituciones, si se doblan demasiado tiempo, terminan cediendo.
    Con todo respeto no hay mucho nivel académico en el congreso de la república de Colombia.

  2. Margy Gómez Bonivento dice:

    más que “golpear” a Petro. No se puede confundir el término. Es hablar mal de él. Para evitar malas interpretaciones sobre todo en tiempos actuales.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *