DE LIDERAZGOS EN LA NUEVA DERECHA COLOMBIANA

En algún bolsillo de la extensa teoría de la gestión gerencial, y en especial, aquella que nos habla de las habilidades gerenciales, aparece el concepto del Liderazgo natural.

Un líder natural surge de manera espontánea en aquellos contextos dónde se pueden expresar libremente ideas, teorías e hipótesis que apunten a desarrollar el objetivo societario o el proyecto común; el liderazgo natural es una buena forma de trabajo en comunidades dónde los valores son relevantes, y dónde hay una identidad común por alcanzar las metas propuestas, con transparencia, equidad, comunicación veraz y asertiva; así como el respeto y predicar con el ejemplo.

Los líderes naturales son, regularmente, abiertos al cambio, son buenos comunicadores y logran resultados para el bienestar de su gente y de sus aliados o coadministrados; son capaces de imponerse a situaciones adversas con altos niveles de inteligencia emocional, tienen mucha confianza en sí mismos y su estilo de dirección no se basa en una jerarquía impuesta.

Adicional a estas habilidades, el líder natural posee conocimientos académicos, técnicos y prácticos, en temas económicos, financieros, sociológicos, históricos, jurídicos, de gestión humana y negociación, para lograr resultados de empatía y lealtad con los stakeholders, que lo sitúe competitivamente en el mercado objetivo, que impulsará y sostendrá el proceso o proyecto. Ese conocimiento, sintéticamente, debe enfocarse en tres aspectos: el producto o servicio (si no lo conoce, no lo vende ni convence); la empresa (si la desconoce no sabrá qué esperar de ella y estará desconectado de sus aliados, colaboradores y/o posibles clientes), y el sector o ámbito en que se mueve la empresa (si lo desconoce, no sabrá proyectarla a mediano y largo plazo, con sentido de planeación estratégica).

Cabe anotar aquí, que los niveles de formación y liderazgo que han acompañado en los últimos treinta años a varios elegidos en cargos de elección popular, incluyendo la presidencia en ciertos casos, han carecido, mayoritariamente, de estos elementos básicos que se esperarían de todos los dirigentes de un país democrático que aspira a un manejo pulcro y eficiente de la cosa pública, como la compañía de todos los ciudadanos colombianos, que debe ser manejada con criterios gerenciales. No es posible que sigamos bajando la vara de la formación académica, de la experiencia, de la ética y la honestidad; del respeto a la ley y a la vida humana. No es dable ni aceptable que legisladores y funcionarios del ejecutivo no tengan una mínima formación superior; que no tengan experiencia ni recorrido técnico en un área determinada; que algunos conciban el Erario como botín para enriquecerse impunemente o que sean personas con antecedentes de violencias de todo tipo, depravaciones, investigaciones penales abiertas u otras conductas inhabilitantes, tanto en lo ético – moral, como en lo constitucional.

Dicho esto, hay que entender un fenómeno político universal de los últimos diez años en democracias consolidadas y garantistas: hay una generación de ciudadanos que mira a los outsiders y tecnócratas, más allá de candidatos y políticos tradicionales con matricula en partidos históricos, como una opción práctica y objetiva para apostar por un proyecto de sociedad segura y estable; por un proyecto familiar o profesional creíble; veraz, honesto y medible. Allí están Trump, Milei, Bukele, Noboa, Kast, el presidente electo este domingo en Perú y otros que llegarán. Muchos de esta generación jamás votaron, pero ahora sí les preocupa el contexto.

Durante los últimos cuatro años en Colombia hemos sufrido los rigores de un “progresismo de la extrema izquierda fracasada” que nos ha llevado a niveles de endeudamiento terribles; inseguridad y crecimiento de grupos criminales, narcotráfico y saqueo desmedido de los recursos; destrucción de la exploración y explotación minero – energética, del sistema de salud, del sistema pensional y educativo; incremento desmedido de impuestos y estímulo perverso de la informalidad laboral. En el corto plazo, el país requiere liderazgo natural, eficiencia y resultados; necesitamos tecnocracia, transparencia, medidas y políticas de choque; no más de lo mismo, no más teorías abstractas; no más acuerdos de corrupción y no más ausencia de justicia y aplicación de la ley.

La derecha colombiana tradicional desde hace medio siglo ha venido derivando en ideas variopintas, matices de centro izquierda con la excepción, quizás, del Centro Democrático y Salvación Nacional, donde los liderazgos de ALVARO GÓMEZ HURTADO (asesinado por el establecimiento) y ALVARO URIBE VÉLEZ, preservan e identifican los principios de esta nueva derecha que intenta resurgir.

Derecha tradicional – transaccional y Centro, hoy, son corporaciones de ideología difusa que negocian con el poder y se acomodan a las coyunturas, sin ninguna lealtad a sus principios fundacionales ni a los compromisos con sus electores.

Las nuevas generaciones de colombianos miran hacia una Nueva Derecha; una administración pública más técnica que ideológica y más programática que filosófica; esperan un gobierno respetuoso de la ley y de la justicia; un gobierno garantista de los derechos fundamentales, la seguridad, el desarrollo y el crecimiento económico; un gobierno eficiente, idóneo, transparente, honesto, que muestre resultados y alcance objetivos, con cifras e indicadores claros. Un gobierno que defienda y practique los valores, que proteja la familia, la propiedad privada, los servicios de bienestar social y la vida humana, como bienes supremos e innegociables de las democracias. ¿Vemos algo de esto hoy?

Como la adivinanza de los abuelos: blanco es, gallina lo pone…

 

Luis Eduardo Brochet Pineda

DESCARGAR COLUMNA

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *