Hay algo curioso en estos tiempos de redes sociales, todos hablan de Dios, pero pocos viven como si Él fuera Dios; en las publicaciones abundan frases que parecen salmos modernos “Dios primero”, “Todo se lo debo a Él”, “Sin Dios no soy nada” pero basta mirar un poco más profundo, apenas raspar la superficie, para descubrir una verdad incómoda, muchos no lo adoran lo hacen a lo que les conviene porque el verdadero Dios no es el que se menciona, es el que se obedece.
En esta edición no hablo de política como siempre, sino que quiero aprovechar esta oportunidad para alabar al ser a quien me arrodillo cada mañana, y pedir a quien lea este escrito una sola cosa: ¡detente! Mira a tu alrededor, pero mira de verdad, mira hacia adentro a ese misterio que llamamos conciencia, a esa alma que sabe cosas que la ciencia aún no puede explicar pues la grandeza de Dios no se discute, se observa y lo más hermoso es que, una vez que te permites ver Su huella en lo pequeño, ya no puedes dejar de verla en ningún lado.
Cada día busco la oportunidad para ver el atardecer, me doy cuenta que cada día es diferente y único con sus luces y colores; pienso también en una semilla, su pequeño tamaño y luego se vuelve un árbol de decenas de metros; la fotosíntesis; la forma en que nuestros ojos traducen la luz en señales eléctricas en una fracción de segundo ¿De verdad creemos que esto es solo suerte?
Piénsalo bien, no es poesía o simplemente una religión, es un golpe directo a la lógica ¿Por qué hay universo? ¿Por qué hay vida? ¿Por qué estás tú leyendo esto y no el vacío absoluto?
La mayoría de las personas no cree en Dios, pero tampoco se hace esas preguntas y ahí empieza el problema porque hemos reducido a Dios a algo manejable, a una idea cómoda o a una versión domesticada que cabe en nuestras opiniones; otros tanto lo ven como policía “Dios castiga”, algunos como terapeuta “Dios entiende todo” y otros como adorno “Dios es importante” pero no tanto como sus decisiones diarias.
Resulta fascinante pensar que bajo las leyes de la probabilidad pura, lo más lógico sería la nada, no tendría por qué haber átomos, ni luz, ni tiempo y sin embargo, aquí estamos; el simple hecho de que el universo no sea un caos sin forma, sino una orquesta de precisión matemática, nos habla de una inteligencia que no necesita anunciarse porque está impresa en cada detalle.
Lo que te planteo rompe todo eso pues no estamos hablando de un Dios pequeño, emocional o humano sino de la causa de todo lo que existe, aquello que si lo quitas no queda absolutamente nada.
La filosofía lo ha dicho sin rodeos Dios sería “aquello mayor que lo cual nada puede pensarse” y si eso es cierto, entonces estamos frente a una realidad que nos supera completamente pero el problema es que vivir así incomoda porque si Dios es tan grande, entonces no somos el centro, el orgullo queda en evidencia y no podemos moldearlo a gusto y ahí es donde muchos prefieren una versión más pequeña.
Se ha creado la imagen del Dios que no confronta, no exige, no gobierne y se han alzado personas en su nombre que creen reemplazarlo en los púlpitos, allí en esos hangares o recintos pretenden exaltar un Dios que no sea Dios, pero hay algo curioso, aunque el hombre intente ignorarlo, sigue siendo dependiente de aquello que niega porque respiramos vivimos y pensamos sin haberlos creado o sin haber inventado la conciencia quiere decir que somos resultado, no origen y eso cambia todo.
Recuerdo una conversación sencilla, de esas que parecen casuales, pero dejan eco. Un amigo me dijo alguna vez -que tanto rezas, yo no creo en Dios y vivo bien, pero creo en la energía del universo; sonreí, no por burla sino por claridad pues a veces el ser humano cambia el nombre, pero no logra escapar de la realidad que intenta negar.
Hoy la invitación no es a hablar más de Dios, es a reconocerlo en serio revisando las decisiones estás tomando sin consultarlo identificando qué cosas tienen más poder sobre ti que Él y a preguntarte, sin hipocresía espiritual ¿Dios es tu Señor o solo tu discurso? porque al final, la vida no se mide por lo que publicas, sino por lo que obedeces y Dios no necesita que lo menciones más, sino que le des el lugar que dices que ya tiene.
Mi mayor acto de fe es simplemente abrir los ojos y decir: ¡Gracias, eterno y misericordioso!
Adaulfo Manjarrés Mejía

