“Entonces Amán le dijo al rey Asuero: —Majestad, en su reino vive gente de otra raza. Se los encuentra uno por todos lados. Tienen leyes diferentes y no obedecen las órdenes de Su Majestad. No es conveniente dejarlos vivir en el reino. Si a Su Majestad le parece bien, y ordena que sean destruidos, yo daré trescientos treinta mil kilos de plata a los administradores del tesoro del reino. El rey se quitó de su mano el anillo con el sello real, se lo dio a Amán, el enemigo de los judíos, y le dijo: —Puedes quedarte con tu dinero. Haz con esa gente lo que te parezca.” Ester 3:8-11 TLA
Amán no solo era un hombre de gran influencia; sino que también era un hombre egocéntrico. Lo vemos en su reacción ante Mardoqueo, su actitud revela que su seguridad no se fundamentaba en la autoridad que ostentaba, sino en la validación externa. Por esto, al no recibir la atención de un solo hombre, su posición se sintió amenazada.
Este relato nos muestra algo muy peligroso: la patología del poder, un concepto que se usa para describir los efectos negativos y distorsiones que puede generar el ejercicio del poder en una persona, principalmente cuando no hay límites, control o principios éticos.
El error de Amán no fue solo su odio hacia Mardoqueo y todo lo que este representaba, sino el usar su cercanía con el Rey Asuero para manipularlo. Estratégicamente, lo convenció de que los judíos eran «intrusos», luego le presentó su diversidad cultural y religiosa como una amenaza para la seguridad nacional y finalmente, intentó comprar la voluntad del rey, apelando a la avaricia.
Lo triste de todo eso, fue que Asuero cayó en esa trampa, si bien, no aceptó el dinero si se dejó convencer de la supuesta amenaza… claramente, no lo podemos culpar, dado que, el deber de un rey, mandatario o gobernante siempre será velar por la seguridad y estabilidad de su nación.
Esta historia, nos enseña que, cuando se logra persuadir a otros usando el miedo, la desinformación o el interés personal, se construyen ideas que dividen, mostrándolas como amenazas para influir en sus decisiones, recurriendo a intereses egoístas. Ciertamente, este tipo de influencia no procura el bien común, sino el beneficio individual.
Todos, de alguna manera, ejercemos algún tipo de influencia, ya sea en la familia, en el trabajo, con amigos o en otros espacios de interacción. La pregunta es: ¿cómo estamos usando esa influencia? En el caso de Amán, su consejo al rey estuvo mediado por las emociones y por el interés de conseguir un beneficio propio. En nuestro caso, debemos preguntarnos ¿qué buscamos en el otro? Hoy todos podemos convertirnos en “influencers”, el reto no es solo tener influencia, sino ejercerla con responsabilidad, ética y propósito, de manera que la usemos para lo bueno y no para dañar o pasar por encima de otros.
En este sentido, debemos ser conscientes de que una persona influyente es aquella capaz de transformar la manera de pensar, sentir o actuar de otros, no desde la imposición o la manipulación, sino a través de la inspiración, la coherencia y la empatía. Un verdadero influencer es, un líder genuino, que construye desde la confianza, la escucha activa y el deseo de generar un impacto positivo en su entorno, tanto en lo personal como en lo profesional.
Con base en lo anterior, seria bueno preguntarnos ¿estamos siendo una buena o una mala influencia? de la respuesta a este interrogante dependerán las decisiones que tomemos para impactar positiva o negativamente nuestro entorno.
Sin duda alguna, no necesitamos un gran cargo o un título para influir en los demás; solo debemos ser conscientes del poder que tenemos para transformar nuestro contexto y comprender que, así como la influencia puede usarse para lo bueno, también puede tener efectos negativos, desviar comportamientos, provocar decisiones nocivas, afectar la autoestima y deteriorar la salud mental o emocional de una persona.
Por otra parte, es preciso comprender que la forma en que influimos en otros está directamente relacionada con aquello que nos influye a nosotros. Por eso, vale la pena preguntarnos: ¿qué está afectando nuestras decisiones y actitudes? ¿El estrés, la presión, el afán, la frustración…?
En este punto, cobra sentido reconocer que nuestro mejor guía e influencia es el Espíritu Santo de Dios, El único capaz de orientar, confrontar y dirigir nuestras acciones hacia el bien. Por ello, si al hacer esta reflexión concluimos que no estamos siendo una buena influencia, este es el momento oportuno para volver a Dios, retomar el rumbo y despojarnos de eso que hemos permitido que afecte negativamente nuestra vida.
Meditar sobre esto es imperativo, porque no solo define quiénes somos, sino también el impacto que dejamos en los demás.
Si, permitimos que sea la sabiduría, la templanza y el propósito de Dios lo que nos influencie, nos convertiremos verdaderamente en agentes de transformación. Amán terminó colgado en la misma horca que preparó para otro, lo que nos recuerda que la influencia mal usada siempre terminará destruyendo al que la ejerce y también que la verdadera influencia no busca ser servido, sino servir, no busca el beneficio particular, sino el común. Por esto antes de hablar al «oído del rey», de dar una instrucción o consejo, debemos pasar por el filtro de Dios y preguntarnos ¿Estoy construyendo un reino para mi ego o estoy siendo un instrumento para un propósito mayor?

