LA CABEZA PARA RECONSTRUIR LA NACIÓN

La tarea de administrar Colombia va a ser muy dura y debe ser determinante de las preferencias de voto el 31 de mayo próximo.

Las consecuencias de los actos del régimen Petro-Cepeda, algunas evidentes, otras por destapar, pero todas lacerantes de la vida nacional, no llegan a su fin aún. Acumulan cada día, sin misterios ni compasiones por el bien común, con pasmosa eficiencia e indiferencia de órganos de control, deterioros que harán indispensable una jornada dura, compleja y dedicada aquella de gobernarnos a partir del 7 de agosto.

No dudo en describirla como de RECONSTRUCCIÓN NACIONAL, pues   ni las tibiezas ni las pérdidas de tiempo en vacuos discursos de falsa elocuencia tienen espacio, ni la indiferencia con los consabidos palos en las ruedas institucionales con los que la izquierda dificulta la implementación correcta de decisiones, como estamos observando en Chile. La solidaridad de los zurdos latinoamericanos los lleva a acudir en masa para el entorpecimiento de los deberes del nuevo aire refrescante que llega a gobernar a los australes.

El retorno a un sistema de salud, que operaba con la cadencia que tienen todos en nuestros países del mundo por desarrollar, pero con niveles de atención destacados en el contexto mundial, con huecos por resanar y estructuras por mejorar, debe darse en un gran consenso nacional entre gobierno usuarios y empresarios. Destruido con propósitos de falsa y derrotada ideología, enemigos de la participación privada en la prestación de servicios sociales, conserva cimientos desde los que se puede levantar de nuevo.

La reconstrucción de ECOPETROL ha de ser otro de los focos principales del gobierno 26-30. Su investigado CEO, Roa, hace uso de su apellido para roer lo que era una empresa de mostrar, de buena reputación y resultados gananciosos para sus accionistas, el principal de ellos el gobierno, que depende en enorme medida de los recursos que esa organización le provee por impuestos, utilidades, etc., para hacer caja y desarrollar políticas públicas realmente dignas para mejorar la condición humana.

El regreso a un modelo de garantía de las libertades individuales, hoy alteradas por la connivencia de Petro y Cepeda con criminales de todo pelambre, requiere reconstruir el concepto de que la delincuencia no puede ser la favorita del gobierno. Es la víctima la que está en minusvalía. Es ella la destinataria del accionar de la fuerza pública cuando se reprime a quienes incumplen con la ley y se les juzga y sanciona sin dubitaciones ni absurdas contemplaciones.

La lista, hoy abundante y cada día más preocupante y repugnante, está presente en la conciencia de cada ciudadano. La gente no es boba. Algunos pueden haberse obnubilado por las mentiras rigurosamente sostenidas por presidente y candidato comunistas que pretenden distorsionar la realidad. Pero la mayoría sabe lo que ocurre, vive la inseguridad, el boleteo creciente y sin sanciones. Padece una peor aproximación al sistema de salud del que teníamos antes. Ven el desfile armado de los ilegales, amparados por patentes de corso de Petro y Cepeda. Deploran la forma como se han depuesto las exigencias a los servidores públicos en materia de idoneidad para el ejercicio de sus cargos, solo por darle espacio a personas con compromisos políticos y lealtades de perros hacia el comunismo en el poder.

No vivíamos en el cielo antes de Petro. Pero el infierno estaba lejos. Y la fe en las instituciones era parte de los presupuestos de funcionamiento del día a día del colombiano. Se ponía preso a magistrado que violara la ley. Se sancionaba a ministros y altos ejecutivos públicos para dar ejemplo de justicia sin tapujos. No era el paraíso. Pero Petro nos ha sepultado en el averno. Y el camino para salir de allí es la escogencia de un buen reemplazo. Que cambie el rumbo caótico. Que devuelva a la gente la tranquilidad de que en el palacio de gobierno no se celebran conciliábulos oscuros ni aquelarres, ni se busca convertir la concupiscencia en virtud del líder.

Aparece esa dirigente reconstructora: Paloma Valencia. Con amplia formación sobre el estado, con demostrada actuación parlamentaria, con solidez conceptual y de carácter, y con transparencia en sus actuaciones públicas. No va a improvisar ni a dejar de actuar con prontitud sobre lo que toca. Ni mucho menos hará del poder uno al servicio de una camarilla incompetente.

Su trayectoria política da fe de su condición de estadista. Al mismo tiempo, ha logrado conectar con la gente colombiana en breve lapso; ven en ella una mujer de consensos sobre lo que toca y disensos sobre lo necesario. La firmeza con una sonrisa le da mucha confianza al ciudadano. Ha sabido combatir con argumentación los atropellos de Petro y de Cepeda a las arcas nacionales y al transcurrir productivo del país. Obtuvo una favorabilidad muy alta en el resultado de la gran encuesta del 8 de marzo y supo aglutinar pensamientos que tienen más afinidades que diferencias, puesto que de no haber sido así, era imposible que se midieran en una fórmula para seleccionar a uno de entre ellos.

Pero lo que más genera mi profunda admiración por su madurez política es la forma como ha sabido manejar los ataques de la competencia que tiene por el favor de la gente de derecha y el centro de parte de su émulo, Abelardo De La Espriella. La veloz y ascendente carrera que la pone en un lugar de privilegio por la presidencia ha desatado críticas de variado calibre. Dardos con ponzoña, de diferentes niveles de partidarios del Tigre, quieren herir las alas de PALOMA. Algunos de sus allegados ripostan con furia los pataleos de ahogado de quien se estancó. Pero ella, inmutable, deja pasar de largo lo inmaterial y se orienta mejor por una labor docente, formativa del elector, para que establezca la diferencia entre ella y su contendor de este lado del espectro político para cambiar de régimen. Eso la hace crecer todavía más, como candidata y como ser humano.

Pareciera que mis comentarios soslayaran la otra cara de la moneda que enfrenta el colombiano para depositar su confianza electoral. La de Iván Cepeda. Imposible dejar de ver esa desfachatez con la que califica el asesinato de Miguel Uribe Turbay como un crimen de guerra. Las declaraciones rendidas en el proceso por capturados y confesos ejecutores materiales del delito dejan clara la autoría intelectual de amigos cercanos del candidato comunista Cepeda. Las sonrisas cínicas registradas en los momentos de liberación de su tocayo Márquez, auspiciada por él, dejan claro su impulso a la fallida forma de gobierno marxista, para la que fue educada su mente y envenenado su espíritu.

Es un peligro gigantesco para nosotros, pues registra dos elementos importantes en política: uno, indudable, su alta favorabilidad en las encuestas, que claro está por verse en las urnas. Y el otro, el más chueco, la gestión incontrolada de recursos públicos para favorecer su campaña. Desborda cualquier idea que pudiera ser concebida para alterar la voluntad popular con el mal uso de recursos del estado.

Habrá que luchar contra esos titanes antidemocráticos. Con mucha energía y convicción. Con el acompañamiento de la gente sensata y cansada de verse en el espejo roto de la insanidad en el poder.

 

Nelson Rodolfo Amaya

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