La identidad de principios, de valores y comportamientos heredados por ideologías e ideólogos políticos; de caudillos y líderes que caracterizan esas formas de gobernar, colocan un sello indeleble en legados históricos de los partidos políticos; de regímenes o caudillos de los nuevos tiempos, quienes han de abrazar y actualizar, finalmente, la filosofía y los principios innegociables de esas ideologías. Cuando se desdibujan esos horizontes o se rebasan esas fronteras, los valores políticos se sitúan en las antípodas de su esencia o razón de ser.
Así ocurrió con el franquismo sociológico español, con el peronismo argentino, con el lopismo, el laureanismo o el gaitanismo colombiano; como también ocurrió nítidamente con el uribismo de este siglo XXI.
El presidente Álvaro Uribe Vélez ha sido el caudillo demócrata más interesante e influyente desde los albores de este siglo en América Latina; ha tenido la capacidad de identificar a millones de colombianos de todos los estratos, ideologías políticas, intereses personales, roles profesionales o visión de sociedad y de país, en torno a valores fundamentales alrededor de la seguridad democrática; de la seguridad jurídica, la transparencia político – administrativa, la guerra contra la corrupción, la ineficiencia, el derroche y el delito; la confianza inversionista para el desarrollo, el adelgazamiento del Estado burocrático, la erradicación del tráfico de drogas y las empresas criminales; la protección del trabajo, del trabajador y el empresario; la autonomía regional y las mejores alianzas internacionales.
De todo lo anterior, aún se cosechan algunos éxitos y sostenidos avances, a pesar de los últimos cuatro años plagados de corrupción, desastre fiscal, estatización de los sistemas de salud, educación, justicia y pensional; a pesar del sometimiento a las instituciones democráticas, la violencia terrorista, el desmantelamiento de las fuerzas militares y de policía, la persecución al sector productivo y un largo etcétera.
Un primer revés sufrido por el uribismo y por toda la mayoría de electores colombianos de aquella época, fue la designación de Juan Manuel Santos como el continuador natural del gobierno Uribe, luego de ocho años de muchos logros y grandes avances como país, con claroscuros, pero con balance final muy positivo, que requería, a todas luces, conservar esa dinámica creciente de proyecto y programa político. Hubo muchas voces contrarias a esa designación, pero el presidente Uribe, confiando en la buena fe del candidato y en su desarrollado olfato político, con absoluta seguridad, ungió finalmente a Juan Manuel Santos.
El resultado: ocho años de desestabilización política, jurídica y quebranto constitucional; un retroceso en la estrategia y en los avances obtenidos; unas alianzas internacionales dañinas para las instituciones, la soberanía nacional y la seguridad democrática; la revitalización de las guerrillas y el narcotráfico, así como una dolorosa lesión interna sobre la confianza en las decisiones del uribismo.
La traición del santismo se había consumado con la construcción de un caballo de troya; el daño estaba hecho y ahora regresa.
Luego vendrían los desaciertos gerenciales del partido Centro Democrático, no exentos de borrones y dudas, cuando se designa al candidato Iván Duque Márquez, a pesar que la favorabilidad se inclinaba hacia Rafael Nieto Loaiza. Años después, hasta pocas semanas atrás, nuevamente la balanza de la aceptación parece forzada hacia el lado opuesto del favoritismo militante, al ser escogidos como candidatos del partido, Oscar Iván Zuluaga y Paloma Valencia, cuando la brújula parecía apuntar una y otra vez, hacia María Fernanda Cabal Molina.
Queda un sabor más que agridulce, pero valga aclarar que las trayectorias políticas y profesionales, la formación partidista, la lealtad y la disciplina de Iván Duque y Paloma Valencia para con el uribismo y el Centro Democrático, son reconocidamente loables y admirables.
Sin embargo, que María Fernanda Cabal y Paola Holguín hayan quedado por fuera del Congreso, es una irreparable pérdida para el partido y para Colombia.
Con los resultados del domingo pasado en La Gran Consulta interpartidista del bloque centro – derecha, Paloma Valencia es la indiscutible ganadora con una importante votación, seguida por Juan Daniel Oviedo, con unos importantes y sorpresivos números, que lo llevan merecidamente, a convertirse en la fórmula vicepresidencial del Centro Democrático.
Aquí aparece la disyuntiva más allá de los acuerdos, las condiciones o estrategias programáticas, a que pudieron llegar Paloma y Juan Daniel: a pesar que Juan Daniel es un doctor en Economía, un fogueado académico de reconocida trayectoria en el sector público y la consultoría, su llegada al uribismo contrasta con esas posturas alrededor de la JEP y la continuidad de los procesos de paz; la inclusión social como valor algo confuso o etéreo al mejor estilo del petrosantismo; las soslayadas posiciones sobre la protección de la familia tradicional y/o la protección de la identidad sexual de menores; el reconocimiento del aborto como un derecho de la mujer y la tibieza al abordar temas como la represión a la criminalidad, el terrorismo y el narcotráfico, que asolan a Colombia desde hace décadas. Estos principios y postulados son de la escencia del uribismo, y por ellos han luchado en múltiples escenarios en el último cuarto de siglo, ofrendando, literalmente, la vida muchos de sus miembros.
Un injerto progresista despersonaliza al Centro Democrático y fracturará al uribismo, cayendo en esa bruma del relativismo liberal o conservador, que hoy los sitúa en ninguna parte, habiendo perdido su identidad como partido e ideología política.
Mientras tanto, la coherencia de Abelardo De La Espriella sigue adelante cosechando más adeptos y fortaleciéndose con decisiones objetivas; decisiones que se alinean con valores y principios auténticos, propios del uribismo, como los que reclama este país que no desea nuevos ensayos ni más experimentos políticos fracasados. Muestra de ello, ha sido la escogencia del doctor José Manuel Restrepo, como su candidato a la vicepresidencia, lo que ha generado entusiasmo, complacencia, tranquilidad y seguridad.
Los Defensores de la Patria avanzan unidos, sólidos y fortalecidos, mientras el uribismo ha decidido tomar un atajo hacia el pantano del centro.
Luis Eduardo Brochet Pineda


Duque, con todo respeto parece una piñata. Esta en todos los “bochinches” del país. El más nombrado ;/