Jorge Enrique Robledo fue senador durante muchos años y, para muchos colombianos, representó lo mejor de la política nacional. No solo por su rigor intelectual y su conocimiento profundo del país, sino por una trayectoria marcada por la coherencia, la ética y el compromiso con el interés colectivo. En tiempos en los que la política suele asociarse al oportunismo y al beneficio personal, Robledo fue un ejemplo poco común: donó parte de su salario como senador a su partido, ejerció el control político con argumentos, datos y estudio, y nunca necesitó de la palabrería vacía para señalar lo que estaba mal. Desde que dejó el Senado para postularse a la Presidencia, algo se quebró en la política colombiana: se perdió una voz firme de resistencia ética y de pensamiento crítico.
Hoy vivimos en una sociedad profundamente atravesada por el individualismo y el consumismo, donde palabras como ética, democracia o principios parecen reliquias escolares, conceptos que muchos creen superados o inexistentes. Esta degradación no es casual: responde a una falta estructural de educación política y crítica. Una sociedad sin formación sólida es una sociedad vulnerable al ruido, al marketing y a las emociones superficiales. Así, se elige no al más preparado, sino al que mejor encaja en la narrativa dominante del momento.
En este escenario, resulta imprescindible reconocer también la figura de Sergio Fajardo, un académico que ha insistido, de manera constante y coherente, en que el principal problema del país es la educación. No cualquier educación, sino una que responda a los intereses reales de Colombia, a su contexto histórico, social y cultural. El país ha sido profundamente bañado y en muchos casos arrastrado por ideologías importadas que poco dialogan con nuestra realidad, lo que ha generado una pérdida progresiva de identidad y de claridad ideológica. Esta desconexión ha contribuido a un estancamiento mental y económico que se reproduce de generación en generación.
Colombia necesita una educación que permita comprender su propio período histórico, que forme ciudadanos críticos capaces de analizar su realidad, discernir, cuestionar y proponer. Una educación que no se limite a repetir modelos externos, sino que ayude al país a pensarse a sí mismo, a reconocer sus formas de producción, sus clases sociales y las causas profundas de la pobreza y la desigualdad. Sin ese ejercicio colectivo de comprensión, cualquier proyecto político está condenado a la superficialidad.
Si alguien encarnó esa política construida desde el estudio riguroso y el conocimiento del país, fue Jorge Robledo. Y si alguien ha insistido en la educación como eje transformador, ha sido Jorge Robledo y ahora Sergio Fajardo. Ambos representan una forma de hacer política que hoy resulta incómoda porque exige preparación, constancia y honestidad intelectual, valores escasos en una sociedad acostumbrada al atajo.
Por eso resulta alentador reconocer y saludar el trabajo que hoy realiza Juana Cordero, con quien he tenido la oportunidad de compartir espacios de acción política y trabajo social. Juana representa a quienes aún creemos que otra política es posible: una política hecha con conocimiento, seriedad y compromiso real con la gente. Junto a su equipo, conformado por personas íntegras y preparadas, está haciendo la tarea que muchos evaden: entender el país tal como es, no como nos lo han vendido quienes siempre han gobernado.
Defender una política distinta no es una postura ingenua ni nostálgica; es una necesidad urgente. Ética, educación y coherencia no deberían ser excepciones, sino la base mínima de la vida pública. Colombia solo podrá salir del atolladero mental y económico en el que se encuentra cuando decida tomarse en serio la formación de su gente y la responsabilidad moral de quienes aspiran a gobernar.
Luisa Deluquez


Excelente columna, Luisa.
Buen artículo ssobre Robledo y sobre Fajardo. Por favor me cuentan por qué se alude a Juana Cordero y algo sobre la columnista Luisa?