Quisiera proponer que fuese la capacidad de pensamiento el mejor y más preciado valor que pueda tener una sociedad madura y bien organizada. Que no quiere decir que todos piensen lo mismo o que acaso piensen igual, porque ese sería el mejor camino hacia el desastre total, sino que sea capaz cada quién de pensar por sí mismo y decidir razonadamente por qué razón y bajo qué argumentos se inclina en uno u otro sentido, y en consecuencia, por qué razón decide actuar de una u otra manera. Una circunstancia tal permitirá siempre la posibilidad de componer sociedades maduras que saben lo que quieren, reconocen lo que les interesa, defienden lo que más valoran y combaten lo que les hiere y contradice sus principios y convicciones.
Son sociedades perfectas que se saben movilizar adecuadamente a la hora de elegir sus gobiernos. Son sociedades estables que viven en armonía y aprovechan su tiempo para vivir y fortalecer lo que realmente importa, como podría ser un Estado pulcro y eficiente; como podría ser un esquema educativo adecuado y eficaz que proyecte la juventud hacia destinos promisorios; como sería un modelo de producción y desarrollo económico adecuadamente balanceado y efectivo en la generación de trabajo, empleo para todos, y la distribución equitativa de la riqueza; como serían unos impecables esquemas de servicios públicos, todo pensado en función de la satisfacción plena de los usuarios y el beneficio completo de los ciudadanos.
Tal vez no haya muchas así tan perfectas alrededor del mundo. Tal vez no encontremos ninguna, pero debemos porfiar en que toda Nación, por principio, se ha de ocupar a su modo de sí misma y buscar la forma de trazar mejores derroteros para su propio desarrollo y el bienestar de sus nacionales. De allí que tengamos como asunto primordial el desarrollar la capacidad intelectual de los nacionales, con el firme e inequívoco propósito de crear condiciones firmes para que todos puedan intervenir y aportar en el desarrollo de su nación cuando llegue el momento. Viene a ser como un principio ético de cada ciudadano, y para ello se requiere de una buena capacidad de pensamiento, habilidad ésta orientada a la habilidad para pensar adecuadamente y resolver los desafíos que plantea la vida. Toma sentido entonces el que las sociedades compuestas por personas que piensan – y por supuesto sus gobiernos – se ocupen de educar e instruir a sus hijos para que puedan desarrollar sus capacidades al máximo y puedan contribuir al progreso nacional por medio de su trabajo durante su vida productiva. Por eso se los prepara para el trabajo; por eso les son abiertos los espacios en la academia y en industria; por eso se los motiva desde la misma escuela para crear e innovar; para eso el Estado destina recursos de inversión en desarrollo de la capacidad intelectual, por el simple hecho que es esa fuerza de trabajo bien preparada la que se encarga luego de mover el aparato productivo del país y generar la riqueza necesaria para el bienestar de todos.
A estas alturas de nuestro argumento, nuestros lectores ya tienen que estar incómodos, y por lo menos preocupados, porque ya pudieron darse cuenta que nada de lo que se ha dicho al respecto de lo que puede ser una sociedad perfecta, madura, bien balanceada, exitosa, acertada en el trabajo de preparación de sus juventudes, sucede en Colombia. O tal vez sí, pero de manera aún precaria, lo cual constituye una sucinta descripción del problema que enfrentamos como Nación a la altura del primer cuarto del Siglo XXI y después de dos siglos de vida republicana, que es un largo tiempo en el que nosotros, sólo nosotros, tenemos la responsabilidad de lo que hemos hecho hasta ahora. Hay algunas señales que ofrecen ayuda para centrar nuestro pensamiento:
En un caso como el presente, habiendo superado ya una población de 53 Millones de personas y confiando en el DANE[i], no se ve nada bien que un escaso 67% la Población Económicamente Activa (PEA), que ronda los 34 millones de personas en edad productiva, goce del beneficio del trabajo, es decir unas 22 millones de personas, sin saber todavía con certeza si todas ellas ocupan empleos formales, porque la cifra oficial de informalidad se mantiene por encima del 55%, queriendo decir que al menos 12 millones de personas de aquel total de ocupadas no tiene empleo formal y por lo tanto está desprotegida en materia de salud y seguridad social. Y nos falta saber si ellos, todos, los activos económicamente hablando, han sido adecuadamente “preparados” en los términos educacionales que acabamos de proponer un poco antes. Significa que esa inmensa fracción poblacional que está en la informalidad (12 Millones y más), y la otra masa desempleada que supera los 3 millones de personas, conforman un gran total de personas que, así lo quieran hacer, se halla alejada de la posibilidad de contribuir al crecimiento económico nacional, incluso si estuviesen “adecuadamente preparadas”.
En tales términos queda expuesto el problema que enfrenta una sociedad como la nuestra – y el Estado que la gobierna- que tiene una tercera parte de su gente útil laboralmente ocupada en oficios de “rebusque y sobrevivencia” que no contribuyen al crecimiento económico nacional, mientras que aquellos que sí tienen empleo formal logran apenas salarios que cubren sus necesidades básicas, quedando aún muy lejos de toda posibilidad de crear oportunidades de empresa e industria para crecer.
¿Qué perspectiva de futuro se ofrece para las juventudes que acceden atropelladamente a la edad productiva y demandan educación superior, formación para el trabajo y empleo? ¿Sigue siendo la escuela –como concepto general- la mejor y más calificada opción de formación en la educación media y media vocacional? ¿Se tiene claridad de lo que sucede con el trabajo y la productividad de los jóvenes que egresan de los entornos escolares, ya sea de la educación pública o la privada? Los jóvenes abandonan el entorno escolar con la esperanza firme de iniciar una vida llena de realizaciones y aciertos, pero si no podemos estar seguros que sea esa una posibilidad real para todos ellos, si hay el menor asomo de duda, o si al menos se escucha el angustiado clamor de todos ellos por una solución que aclare su futuro, sabemos con certeza que la tarea de prepararlos para la vida y abrirles oportunidades para su crecimiento personal y su desempeño económico no está quedando bien hecha. En tanto no hayamos logrado abrir perspectivas de futuro promisorio para todos ellos, especialmente los de origen más pobre, si vemos que esa “promesa” no está sucediendo, es porque el sistema de formación que hemos establecido no está funcionando desde hace décadas, y esto plantea una obligación urgente de trabajo. Mientras no lo hagamos, estaremos muy lejos de la posibilidad de “parecer siquiera” una sociedad organizada, compuesta por personas que piensan. Tarea descomunal la que tenemos pendiente.
En todo caso, una sociedad madura y compuesta por personas pensantes tiene la prerrogativa de establecer gobiernos capaces para establecer políticas públicas conducentes al mejor resultado: juventudes preparadas de manera excelente para asumir el compromiso de intervenir y acaso liderar el desarrollo y prosperidad de su propia Nación. Sólo es cuestión de hacer de ello una realidad.
“Pero es que los jóvenes de hoy no quieren eso!!!”, se escucha decir en la calle y en casi todos los ambientes sociales. “Los jóvenes de hoy quieren una vida fácil y dinero rápido!!!”, se afirma con pasmosa facilidad, sin reparar en el hecho cierto que los jóvenes lo que quieren visualizar con claridad es un esquema de oportunidades que les permita optar por oficios y profesiones dignas que les aseguren una ruta hacia la prosperidad y el bienestar. Mientras este panorama no esté claro, una sociedad como la nuestra quedará condenada a la vergüenza de ver cómo restan la delincuencia organizada, la delincuencia común, la lucha armada, la farándula, el narcotráfico, la prostitución, la trata de personas, el sicariato, el mercenarismo, como mejores opciones para ellos. Entonces la tarea se hace cada vez más urgente en tanto se trata de recuperar para la vida productiva enormes contingentes de muchachos y muchachas que se quedan a la deriva cuando se cierran para ellos las puertas de los establecimientos de educación y preparación para el trabajo.
Lo más curioso y aterrador es que, en medio de un debate electoral como el que nos compromete hoy, estando de por medio la elección de un nuevo jefe de gobierno, el tema ni siquiera figura en la agenda de muchos de los candidatos. Con la notoria excepción de dos de ellos, uno que va a primera vuelta por mérito propio y ha sabido manejar el tema por espacio de dos décadas, llevando como fórmula vicepresidencial a una “especialista” en el tema, y otro que ya no va pero que se “sube” a la contienda como fórmula vicepresidencial de una candidata, pareciera que ninguno conociera el tema y estuviera en capacidad de “pensarlo de manera sistémica y ordenada “para poder actuar hacia la solución del problema. Es dramáticamente notoria la falta de capacidad de análisis en este y otros temas demasiado sensibles para el futuro del país.
¿No hay en los candidatos capacidad de pensamiento? ¿No hay en ellos capacidad de análisis para abordar rutas viables de soluciones? Lo que está pasando en el debate es que las discusiones se pierden por la vía de las explosiones emocionales, muchas veces adornadas de agresiones y los insultos, sin entrar por la vía de las soluciones, que es lo que importa al final para una sociedad medianamente ordenada y consciente. Al final de cuentas, nos quedamos sin saber lo que el candidato o candidata “piensa”, porque sólo escuchamos “lo que dice” con la clara intención de despertar en el público emociones antes que razones. Sólo candidatos inteligentes y responsables llevan a su público “a pensar”, para que todos puedan participar con él (o ella) de su raciocinio y compartir sus ideas a fondo. Su interés está en contar con más y más seguidores convencidos por la razón. En contrario, los más atrevidos, es decir, aquellos que solamente buscan el voto, que son en efecto los más peligrosos, procuran arrancar gritos y ovaciones, sabiendo que con ello su público les dará el voto “sin pensar”. Su interés está en “disponer de las masas”, mejor si éstas no piensan. Esa es la tremenda diferencia entre candidatos que hacen su discurso para convencer mediante razones que moldean pensamiento político en su público, y candidatos que alegan, gritan, vociferan y peroran para despertar emociones. Los primeros tendrán seguidores firmes que piensan; los segundos tendrán fanáticos que no piensan.
Aquí queda planteada la disyuntiva para cualquier debate político que conduzca a elecciones libres. Unos se acercarán a las urnas con la plenitud de consciencia sobre su voto; otros lo harán con la motivación de votar por su líder, su hombre (o mujer) admirado, sin reparar en las razones que pueda tener para justificar su voto. Así, de ese modo, dos grandes facciones de una misma población se enfrentan a una decisión política: los unos lo harán pensando en las razones por la cuales su voto conviene a los intereses de la Nación entera, los otros lo harán para responder a los intereses de su caudillo, no importa si son de conveniencia para la Nación entera.
En resumen, será un debate entre quienes piensan para elegir un gobierno nuevo y quienes no lo hacen. ¿En cuál banda se encuentra usted, mi querido lector?
[i] DANE (2026) https://www.dane.gov.co/index.php/estadisticas-por-tema/mercado-laboral/empleo-y-desempleo

