En la política sucede lo mismo que en la navegación corriente. Timonear hacia el centro puede significar un cambio drástico de rumbo, uno que libera la nave de tensiones extremas que provienen por las bandas y conducen a la posibilidad de zozobrar si es que se encuentra en medio de una tormenta y se mantiene latente el ataque de fuertes vientos y olas por los costados. El comandante puede juzgar siempre el nivel de riesgo para maniobrar de modo que, sin perder del todo su rumbo, puede dirigir la nave sin arriesgar su estabilidad y sin peligro para las almas a bordo. Es un ejercicio fascinante de deriva en alerta que termina (casi siempre) en puerto seguro.
Siguiendo este símil de una tormenta en el mar, el país ha entrado de lleno en la recta hacia primera vuelta de la campaña presidencial, en curso de la cual dos fuerzas se han declarado en combate: las que atacan desde la derecha y las que lo hacen desde la izquierda. Como resultado lógico, se ha llenado el ambiente de la más diversa cantidad de expresiones extremas, como en la peor tormenta que podamos imaginar, con alegatos, imprecaciones, señalamientos y amenazas de parte y parte. La situación se torna crítica en tanto los propios actores acuden sin miedo ni modestia a las más espeluznantes afirmaciones en contra de la que consideran su tendencia contraria, casi siempre con abierta intención de perjudicar y destruir, simplemente porque, pensarán, “hay que imponerse al contrario y mejor si queda destruido”, en medio de lo que se configura como la más cruda polarización. Una tormenta muy peligrosa en términos marineros, y extremadamente riesgosa en términos políticos. Son dos fuerzas opuestas que se enfrentan con violencia para tratar de ganar espacio para acceder al poder, no a partir de la propuesta inteligente que construye y presenta alternativas de acercamiento y cooperación, sino mediante el uso de la violencia verbal que busca destruir al que se considera “enemigo”. Esa es, tristemente, la realidad visible en la campaña de hoy: una en la que los candidatos de derecha y de izquierda despilfarran lastimosamente su tiempo en hablar mal del “enemigo” sin llegar, en definitiva, a proponer nada que le se parezca a una propuesta de gobierno que le permita al país vislumbrar un futuro promisorio. Con toda franqueza, resulta lamentable que, en medio de tan agresivo enfrentamiento, no haya claridad en lo que proponen los unos y los otros para sacar adelante el país en caso de un posible gobierno, salvo una cargada retahíla de medidas de corto alcance, impregnadas muchas de violencia de Estado en la derecha y con burdos acomodos populistas en la izquierda. Pero nada que se parezca a una idea clara de cómo van a gobernar el país y qué van a hacer para resolver las angustias que sufre el país en tantos campos de la vida diaria. En resumen, nada que presente al público una visión convincente de futuro.
Y es en medio de esta gruesa tormenta que la gente debe tomar partido y elegir. Por invitación de los medios de comunicación, y con la mayor candidez, las gentes se están manifestando anticipadamente en favor de candidatos de la derecha o de la izquierda, suponemos que, movidos por un simple sentido de afinidad emocional, dado que, en estricto sentido, no parece que se hayan ocupado de estudiar y conocer las correspondientes propuestas de gobierno. Se sabe que, como parte de los requisitos legales para inscribir candidatura, se debe radicar una Propuesta de Gobierno, empero sería del caso preguntar quiénes de todos aquellos que ya manifiestan su intención de voto por la derecha o por la izquierda conocen siquiera la propuesta de sus favoritos. En medio de tal estado de ignorancia, las gentes se manifiestan en favor de los “más duros” de la derecha y la izquierda. Y es que los propios candidatos tampoco se han ocupado de hacer pedagogía de su propuesta, haciéndose, en cambio, más evidentes al incentivar la confrontación, el alegato, la vociferación y la amenaza, es decir el espectáculo, como recursos principales para despertar emociones, sabiendo que son estos atajos más efectivos para despertar intencionalidad de voto. Si quisiéramos equiparar la situación de hoy con los tiempos del Imperio Romano, diríamos que los colombianos se muestran hoy más propicios a votar por los “gladiadores más violentos”, porque creen que serán ellos quienes resolverán sus problemas.
Para saber todo esto se acude a las mediciones de la la intención de voto que hacen las encuestas. Ya hemos advertido que no es ésta una predicción infalible, pero sí una señal de la realidad presente a la que hay que poner atención. Lo dramático de todo esto, volviendo al escenario de tormenta, está en que las tendencias más altas de favorabilidad se condensan en las trincheras de la izquierda y la derecha, acaso porque se supone que es allí donde se concentra la acción y puede “sobreaguar” el candidato que merece el voto. No obstante, siempre resulta probable que se pierda de vista que el escogido resulte no ser necesariamente el más capaz para gobernar el país, sino que sea aquel que “supo vender de mejor modo su imagen”.
La conciencia política, cuando la hay, permite penetrar hasta el fondo esas incertidumbres para poder decidir bien. Esa conciencia política, cuando es débil, se degrada como una nube de vapor para terminar convertida en conciencia mediática, que no está regida por la racionalidad sino por las emociones. Así resultan elegidos los más atractivos, no los mejores.
Entonces, ¿Qué valor tiene el timonazo hacia el centro?
El centro viene a ser el punto en donde chocan fuerzas contrarias. En medio de una tormenta como la que hemos imaginado, equivale a aquel punto en donde se encuentra la una con la otra, desatando niveles extremos de agitación y violencia; o en el caso del mar, aquel punto en donde se encuentran y chocan dos corrientes contrarias, con violentos efectos en el punto de choque. En política, aquello que llaman “posiciones de centro” son ensamblajes teóricos y prácticos que neutralizan las posturas de extrema y aprovechan su fuerza para generar una sinergia propositiva que aclara las diferencias, resuelve conflictos y genera consensos. Es una zona de conflicto, ciertamente, pero existe para amortiguar tensiones. Una posición de centro en lo político será, por definición y principio, un constructo que toma elementos de las fuerzas contrarias para componer una idea nueva, acaso distinta pero seguramente alimentada por los aspectos más útiles y dinámicos de las tendencias en conflicto. El timonazo hacia el centro implica, entendido el caso, que se actúa para neutralizar fuerzas en conflicto y generar una dinámica nueva que, de seguro, calma violencias, sana heridas y resentimientos, promueve acuerdos, convoca alianzas y dinamiza acciones que satisfacen a todas las partes. De allí que sea una acción urgente antes de caer en penosas situaciones de zozobra.
La acción en el centro está diseñada, entonces, para fluir en aguas muy agitadas, eso es un hecho, en consecuencia, no será un escenario para gobiernos débiles o mal preparados. La necesidad de neutralizar ideologías y tendencias no reconciliadas que llevan años de enquistamiento implica astucia, arrojo, voluntad férrea, coraje, paciencia, ingenio…, entre tantas virtudes para un líder, las cuales no se consiguen en los más agresivos sino en los más serenos. La acción en el centro exige, además, profundidad de pensamiento, profundidad de estudio, sistematicidad en el trabajo, orden y disciplina para conseguir metas y resultados que han de dar señales inequívocas de cambio.
La propuesta de centro no está, pues, fundada en rezagos de las tendencias de extremos sino en opciones de acercamiento y consenso. Una propuesta de centro, lejos de generar divisiones y alimentar sentimientos de conflicto, busca amortiguar diferencias para edificar soluciones que son de interés y provecho general. Una propuesta de centro no se hace para gobernar en favor de clientelas y privilegiados, se hace para beneficio general, sin reparo de condición política o social; se gobierna, por consiguiente, para todos, desde la primera de las mujeres hasta el último de los hombres. Una propuesta de centro obliga a constituir un Gobierno de Centro que existe para unir, no para dividir; que trabaja para incluir, no para excluir; que actúa para garantizar los derechos de todos, no de privilegiados; que se ocupa de los más vulnerables, para responder en equidad y justicia; que potencia los recursos del Estado para generar dinámicas productivas que vinculan, no que excluyen; que pone la institucionalidad y sus recursos humanos en función del servicio a la sociedad; que fortalece y moderniza sus instituciones para ganar en eficiencia en favor del progreso y la prosperidad; que busca mayor eficiencia en su trabajo para tener mejores perspectivas de resultado y asegurar el beneficio común y incremento del patrimonio público. Un Gobierno de Centro no es otro que un aparato democrático de servicio a la sociedad.
La acción de un Gobierno de Centro se consolida con resultados, no con discursos ni propaganda. Por esta razón resulta imperioso entender que, ante la ausencia de propuestas inteligentes de gobierno en los extremos, y cargadas de hecho de incertidumbre y violencia de Estado, nos gusta más la propuesta de aquellos capitanes valientes que deciden enfrentar la tormenta “por el centro” para salir al otro lado con la nave intacta y su gente indemne.

