Digamos que, de modo general, los fenómenos sociológicos se muestran como tales, como procesos evidentes, cuando consiguen anidarse como movimientos de masas. Sería desde ese momento, cuando las tendencias colectivas logran moldear la vida de las sociedades, que la política, como quizás lo hacen las religiones, comienzan a ocupar posiciones de relevancia que “se toman por asalto” la conciencia de las personas y les convierten en autómatas al respecto de alguna conducta o en la defensa de alguna idea, sin que la persona llegue a tener control del resultado en su pensamiento interior. Se trata, por lo general, de estímulos externos que penetran la mentalidad de las personas y les hace proclives a conductas y manifestaciones colectivas que ni siquiera son capaces de explicar. Entonces se naturalizan como parte de la cultura individual y colectiva de las sociedades, como si se tratase de una especie de ley o dogma al que todos obedecen sin atreverse – incluso sin tener oportunidad – a cuestionar.
Así, de ese modo, las sociedades adquieren características propias que les dan identidad y las diferencian de otras, acaso cercanas, por el simple hecho que piensan distinto, actúan diferente y reaccionan de manera diversa ante los mismos estímulos. En una lógica correspondiente, las sociedades se identificarán con facilidad con aquellas que les son más cercanas y con quienes podrán componer alianzas que les sean provechosas y empáticas, mientras que, al contrario, sabrán apartarse de aquellas con las cuales pueden encontrar mayores dificultades para convivir armónicamente. Aquí queda expresa la disyuntiva latente para toda sociedad de mantenerse en un ambiente de paz con sus homólogos, o dejarse llevar hacia una situación de guerra. Si los fenómenos sociológicos invocan comportamientos colectivos, muchas veces con estructuras y jerarquías complejas, resulta correcto pensar que son la causa primera de las dinámicas colectivas que marcan la vida de las naciones. Aplicado este principio a un contexto de lo político, se explicaría, por ejemplo, el porqué de la pujanza de esas mayorías de izquierda o de derecha que, en momentos dados, son capaces de tomarse la historia de los países; o la razón de ser para la aparición y crecimiento de las tendencias de centro, cuando sí las hay; o la explicación para que crezcan esas mayorías abstencionistas en aquellas sociedades en las que se halla perdida la confianza en la política y sus gentes se rehúsan a ejercer su Derecho Constitucional de votar.
Así es que sería la política, y por supuesto las religiones, el escenario en donde suelen hacerse más evidentes los fenómenos sociológicos, gracias a su condición de consistencia y alcance masivo. De allí que sean ellos los más capaces para generar posturas extremas, polarizaciones y conflictos de entendimiento…, precisamente por su tendencia a adoptar dogmáticas radicales que terminan por llevar las civilizaciones hacia el abismo de las confrontaciones. Es el fenómeno de la muy peligrosa “polarización política” la causa de toda movilización social conducente a guerras civiles, revoluciones, revueltas y contingencias asimilables por fuera de la ley, casi siempre en medio de conflictos internos con enormes costos de vidas inocentes. Del mismo modo es el caso de “los estallidos sociales”, que provocan desplazamientos de ciudadanos en actitud de protesta – incluso violenta- en abierta contradicción contra gobiernos incompetentes que se muestran indolentes frente a la “causa social”.
Pero no son estos los únicos sociológicos que marcan tendencias. También lo logran otras corrientes que, si bien no procuran la extinción de su contradictor, o necesariamente la guerra, son extremadamente potentes para generar tendencias de cambio. Entre lo más corriente del tiempo presente están las “migraciones masivas”, en especial aquellas que se mueven tras la ilusión de alcanzar “un paraíso”, como sería el caso de las sucesivas “fiebres del oro”, el ascenso y caída del “sueño americano” y el auge del “volcamiento hacia Europa”. Y en curso de tiempos tan agitados, podría ser del caso incluir “la pobreza” como fenómeno sociológico, reconociendo que es el resultado de modelos de desempeño económico de corte capitalista que han resultado inhábiles para distribuir justa y adecuadamente la riqueza. Aun así, deberían ser más preocupantes dinámicas sociales como “el narcotráfico”, “la piratería”, “el contrabando”, “el tráfico de armas”, “la trata de personas”, “el mercenarismo y el sicariato”, que son fenómenos de profunda penetración en las sociedades actuales y que enaltecen paradigmas de claro trasfondo delincuencial que terminan siendo naturalizados como parte de la vida diaria.
Para no perder de vista el contexto de realidad actual, vienen al caso otras expresiones de fenómenos sociológicos como las redes sociales y su avasallante empuje sobre la mentalidad de las personas – jóvenes y mayores -, conduciéndoles sin defensa a la más triste “anomia práctica” y la ausencia total de capacidad para establecer interacciones emocionales e intelectuales con otras personas. El resultado es una fábrica de bajo costo de “idiotas y adictos a la información que tiene inhibida toda capacidad de relacionarse con los demás”. ¿Cómo se espera que sean útiles para componer sociedades maduras y pensantes? Se agrega el efecto “perturbador” de los medios de comunicación, responsables de multiplicidad de contenidos que, lejos de educar a los niños y los jóvenes, les inducen a un mundo de libertinaje y falsos paradigmas que pasan por la inducción a las drogas adictivas, distrayéndoles de su verdadero camino y de la necesidad de prepararse para luchar por una vida sana en la que puedan desarrollar habilidades e iniciativas promisorias. No se analiza con suficiencia e el tremendo poder trasformador del fenómeno comunicativo que arrastra sin remedio las sociedades a dimensiones estériles, sin que puedan tomarse el tiempo para pensar en lo que están haciendo y cuál puede ser el riesgo implícito en sus conductas individuales y colectivas.
Por esa misma vía entran los deportes espectáculo y los espectáculos artísticos, ambos con capacidad para desatar movimientos en masa, que se mueven tras un interés manifiesto por las ganancias económicas descomunales. En particular con los deportes, como también sucede con la política y las religiones, se llega a producir un fraccionamiento de las sociedades en hordas de fanáticos que, en medio de la euforia propia de la competencia, no reparan en tomar armas para agredir a los contrarios, como si con ello lograsen satisfacer “el deseo de vencer”.
Y en otro campo de la vida colectiva, estaría el fenómeno del “feminismo” como una expresión a veces radicalizada del reclamo en favor de los derechos y prerrogativas de la mujer, lo cual tiene de sobra méritos y legitimidad para prosperar como tendencia social de primer orden, pero más allá de esa poderosa entrada en la vida diaria, está el hecho relevante de su llegada a las más altas esferas de poder y su lucha por el equilibrio real en todas las actividades sociales en el mundo entero, aunque debamos aceptar a regañadientes la excepción que se vive en las sociedades del Islam.
Empero, no soy yo el tipo que más sabe de esto. Hay otros que han hecho estudios profundos para confirmar lo que estamos diciendo. Propongo a gigantes como Émile Durkheim, Max Weber y Karl Marx, que supongo son conocidos por ustedes, mis lectores, quienes se dieron a la tarea de explicar los hechos sociales de los siglos recientes a partir de la observación cuidadosa de las estructuras sociales y la acción implícita entre los individuos de cada sociedad para organizarse y mantener un equilibrio, y hacerse luego capaces de componer estados. De allí, de esos estados de organización, surgen los esquemas de gobierno, así como la dinámica económica que termina dando origen a lo que Marx llamó la lucha de clases. Los “hechos sociales” en el Funcionalismo de Durkheim, que son esas formas de pensar en lo individual y lo colectivo que conducen a formas organizadas, se tornan en la visión de “acciones sociales” que desarrolla Weber han de servir para dinamizar naciones. Las sociedades son, en consecuencia, responsables de sus propias creaciones y realizaciones. De tal dinámica social y económica deviene la “diferencia de clases” que caracterizó Marx en su obra para criticar el Capitalismo, también entendido aquí como fenómeno sociológico.
Como quiera que se hizo necesario explicar el comportamiento humano en torno a estas dinámicas sociales, un sin número de genios de la Sociología y la Psicología como George Mead, Talcott Parsons, Lev Vygotsky, Robert Merton y Gilles Lipovetsky, apenas para mencionar algunos, se han ocupado durante más de un siglo de analizar la conducta y desempeño de cada individuo con respecto a la sociedad a la que pertenece y de qué modo esta interacción entre personas contribuye a formar espíritus maduros e inteligentes, capaces de aportar en la dinámica colectiva de las sociedades de las que hacen parte. A ese nivel queda claro por qué una sociedad es un ente dinámico que se reinventa y regenera repetidamente en la medida en que sus componentes, las personas, evolucionan intelectualmente. Y queda entendido, también, cómo cada individuo tiene la oportunidad desempeñar un papel formador en los procesos evolutivos de su colectivo social. Aquí se hace pertinente la advertencia de Merton al respecto de que individuos inmaduros pueden terminar en condiciones de “anomia” frente a la fuerza de la acción colectiva, siempre para señalar lo peligroso que resulta que aquellos del colectivo que “no piensan” caigan bajo la sombra de quienes más destacan, es decir, aquellos que ejercen suficiente liderazgo para imponer su pensamiento en los demás. Así, de ese modo, toma forma lo que hemos llamado “movimientos de masa”, para referirnos a aquellos enormes contingentes de personas que, careciendo de pensamiento propio, se movilizan sin control para llenar plazas, o estadios, o iglesias, siguiendo la irresistible orientación de alguien que conoce bien su ascendiente de dominio y suele “aprovechar la voluntad y dinámica – o acaso la inercia- de la masa informe que no piensa”.
Son esa clase de fenómenos masivos los que han servido para entender las transformaciones que viven las sociedades, la dinámica de sus procesos de cambio, los posibles ajustes estructurales que se moldean con la acción colectiva bien orientada, para quedar en capacidad, al final de cuentas, de identificar sus caminos y clarificar sus posibilidades de acción, para acercarse seguras y confiadas a sus mejores opciones de futuro.
¡Un poquito de sociología para mejores gobernantes… y mejores gobiernos!!

