Para quien no sigue la historia internacional de cerca, puede parecer que todos forman parte de un mismo bloque ideológico o de una alianza formal porque es común ver noticias donde siempre aparecen los mismos países Venezuela, Irán, Cuba, Rusia y China junto con Estados Unidos, lo cual hace parecer que todos están metidos en la misma historia, pero ¿realmente son lo mismo? ¿Es una alianza? ¿Es ideología? ¿Es economía?, trataré de explicarlo de forma clara y directa.
Lo primero que quiero aclarar tajantemente es que no son iguales, no comparten el mismo sistema político ya que por ejemplo China tiene un modelo de partido único, Irán es una república islámica, Rusia tiene un sistema presidencial fuerte, Cuba mantiene un sistema socialista y Venezuela combina elementos de socialismo con presidencialismo concentrado; ahora, no son idénticos, no funcionan igual, no tienen la misma cultura ni historia, pero entonces, ¿por qué suelen mencionarse juntos? La verdad de esas preguntas es que el verdadero hilo conductor es su relación con Estados Unidos.
Después de la Segunda Guerra Mundial el mundo quedó dividido entre el bloque liderado por una parte, por Estados Unidos con una ideología fuerte en cuanto al capitalismo liberal y por otro lado, se conformó un bloque liderado por la Unión Soviética con un enfoque socialista, en ese contexto, Cuba se alineó con la URSS tras la revolución de 1959, China se convirtió en un Estado comunista en 1949, Irán rompió con EE.UU. tras la Revolución Islámica de 1979, Rusia heredó la rivalidad tras la caída soviética y Venezuela se volvió abiertamente antiestadounidense con el chavismo desde 1999.
Aunque la Guerra Fría terminó la lógica de rivalidad estratégica no desapareció; simplemente cambió de forma, pues EE. UU. se convirtió en la potencia más influyente del mundo no solo militarmente, sino económicamente; hoy vemos que el dólar domina el comercio global, muchas instituciones financieras internacionales operan bajo su influencia y su capacidad de imponer sanciones es enorme lo que llevó a que algunos países aceptaran ese liderazgo, mientras que otros lo cuestionaron y allí está parte de la situación, que nos preguntamos pues los países que mencionamos están, en mayor o menor medida, en el grupo que lo cuestiona.
Ahora bien, durante gran parte de los años noventa y comienzos de los 2000 el mundo funcionó bajo un esquema que muchos analistas llamaron “unipolar” donde Estados Unidos quedó como la potencia dominante sin un competidor equivalente; sin embargo, desde mediados de 2010 el escenario comenzó a transformarse con el ascenso acelerado de China como potencia económica, el reposicionamiento estratégico de Rusia, la consolidación regional de Irán y el surgimiento de gobiernos en América Latina que cuestionaban la relación tradicional de dependencia con Washington.
Lo que conecta a estos países no es que sean idénticos en su sistema político ni que compartan exactamente la misma ideología, se puede decir que lo que comparten es una relación tensa, estructural o competitiva con Estados Unidos y, en muchos casos, la experiencia de sanciones económicas o presiones diplomáticas; como dirían los abuelos, los burros se buscan para rascarse, es aquí el escenario natural para que los países afectados busquen cooperación entre sí, ya sea para comerciar en monedas alternativas, intercambiar tecnología, establecer rutas energéticas distintas o coordinar posiciones diplomáticas.
Esa cooperación, sin embargo, no constituye un bloque homogéneo ni una alianza militar formal, es más bien una red de conveniencias estratégicas como en el caso de Rusia y China que coordinan posiciones en ciertos foros internacionales; Irán y Rusia han estrechado vínculos energéticos y de defensa; Venezuela ha fortalecido relaciones con China e Irán; Cuba mantiene lazos históricos con Moscú y vínculos crecientes con Pekín, está visto que no es una unión ideológica perfecta, sino una convergencia basada en intereses compartidos frente a un sistema internacional que perciben como dominado por Occidente.
Para el ciudadano común estas dinámicas pueden parecer lejanas pero sus efectos son tangibles iniciando con que las tensiones energéticas influyen en el precio del combustible, por otro lado, las disputas tecnológicas impactan el costo y disponibilidad de dispositivos electrónicos, y en esa misma línea, las sanciones alteran mercados financieros y cadenas de suministro; por ejemplo, la guerra en Ucrania elevó precios de alimentos y energía en múltiples regiones y sin contar hasta ahora que la rivalidad entre Washington y Pekín repercute en industrias enteras, desde la automotriz hasta la digital.
Más que un enfrentamiento simplista entre “buenos y malos”, lo que estamos presenciando es un proceso de transición hacia un mundo más multipolar, Estados Unidos sigue siendo la principal potencia global, pero ya no opera sin competencia significativa pues China compite en el plano económico y tecnológico; Rusia en el estratégico y energético; Irán en el regional; Venezuela y Cuba en dinámicas hemisféricas específicas cada uno actúa según sus propios intereses, y en ocasiones esos intereses convergen cuando enfrentan presión externa.
En este contexto, muchos analistas describen a Estados Unidos como una especie de “gran hermano” del sistema internacional, no solo por su poder militar sino por su influencia financiera, tecnológica y cultural; sin embargo, una paradoja evidente es que varios de los gobiernos que construyen su discurso en oposición a Washington han terminado reproduciendo aquello que dicen combatir: estructuras autoritarias, progresismos ideológicos impuestos desde el poder, restricciones a libertades políticas básicas y un fortalecimiento de aparatos militares y de seguridad que gobiernan desde el miedo. En su intento por desafiar la hegemonía estadounidense y proyectar una narrativa alternativa, algunos han caído en prácticas que limitan el pluralismo, reducen la crítica interna y concentran poder, debilitando la legitimidad de su propio discurso, especialmente cuando enfrentan escándalos graves de corrupción que contradicen su retórica moral y soberanista; esa contradicción erosiona su credibilidad internacional y refuerza la percepción de que no se trata simplemente de una disputa contra una potencia dominante, sino también de modelos internos que aún no logran ofrecer una alternativa convincente en términos de transparencia, libertades y gobernanza.
En definitiva, estos países no son lo mismo, no responden a una ideología única ni funcionan bajo un mismo modelo político; sus historias, culturas e intereses nacionales son distintos. Sin embargo, frente a la presión internacional y a su rivalidad con Estados Unidos, han terminado cubriéndose con la misma cobija estratégica, coordinando discursos y apoyándose cuando conviene.
Paradójicamente, al adoptar posturas cerradas, reforzar estructuras de poder internas y confrontar de manera constante al orden liderado por Washington, han contribuido también a fortalecer la narrativa estadounidense de liderazgo y defensa del sistema occidental, una narrativa que ha sido reiterada con especial énfasis por figuras como el presidente Donald Trump; así, en el intento de desafiar a la potencia dominante, han terminado, en ciertos momentos, alimentando el mismo protagonismo global que buscaban contrarrestar.
Adaulfo Manjarrés Mejía

