2 Corintios 3:1-3
¿Otra vez comenzamos a elogiarnos a nosotros mismos? ¿Acaso somos como otros, que necesitan llevarles cartas de recomendación o que les piden que se escriban tales cartas en nombre de ellos? ¡Por supuesto que no! La única carta de recomendación que necesitamos son ustedes mismos. Sus vidas son una carta escrita en nuestro corazón; todos pueden leerla y reconocer el buen trabajo que hicimos entre ustedes. Es evidente que son una carta de Cristo que muestra el resultado de nuestro ministerio entre ustedes. Esta «carta» no está escrita con pluma y tinta, sino con el Espíritu del Dios viviente. No está tallada en tablas de piedra, sino en corazones humanos.
Que mensaje tan poderoso el que nos enseña el apóstol Pablo, ¡somos una carta abierta al mundo! Una que no está escrita con cualquier tinta, sino con el poder transformador del Espíritu de Dios. Una carta escrita con el mismo puño de Dios, para darlo a conocer a todo el que nos rodea.
Ciertamente, esto implica una gran responsabilidad. El deseo de Dios es que otras personas lo lean, lo comprendan y lo conozcan a través de nosotros. Y aunque vivimos en una época en la que las personas tienen poco interés en la lectura profunda y, menos aún, si se trata de la Biblia, nuestra vida se convierte en la posibilidad y el instrumento que Dios utiliza para alcanzar el corazón de otros.
Por ende, necesitamos ser conscientes de que, nuestra vida es un relato que se revela a los ojos de quienes nos rodean día tras día.
Por ello, hoy deberíamos preguntarnos si realmente ¿le estamos permitiendo a Dios contar una historia de amor, perseverancia, bondad y fe?, o, por el contrario, ¿nos hemos convertido en una carta que narra negatividad, egoísmo, envidia, rabia, desunión, etc.?
En definitiva, nuestra cotidianidad, se convierte en la oportunidad para ser esa carta viva que refleje la luz de Cristo. A través de una sonrisa amable para un extraño en la calle, ayudar a un amigo en problemas, o darle una palabra de animo a un compañero de trabajo. Estos pequeños actos de bondad y generosidad, se convierten en letras impresas en el papel de nuestra vida.
No necesitamos títulos ni certificados para validar quiénes somos; nuestra mayor credencial es una vida transformada que inspira a otros a buscar al Creador. Que, desde hoy, seamos una lectura clara, amable y esperanzadora. “Permitámosle a Dios que cada una de nuestras acciones sea una misiva de amor escrita por el Espíritu de Dios en el corazón de la humanidad»

