VOLVER AL RUMBO BAJO LA MIRADA DE DIOS

Salmo 32:8 “Te haré entender, y te enseñaré el camino en que debes andar; sobre ti fijaré mis ojos”

Este pasaje bíblico, me llevó a pensar que muchas veces creemos estar caminando conforme a la voluntad de Dios. Incluso llegamos a justificar actitudes, decisiones y pensamientos que, aunque parecen correctos a nuestros ojos, no se alinean con su diseño. La realidad es que no todo camino equivocado parece malo al inicio. Hay decisiones que parecen correctas, pero que con el tiempo nos van alejando de nuestra esencia, de la paz y de la plenitud que Dios desea para nosotros. Son caminos que, de manera silenciosa, nos vacían por dentro, nos desgastan espiritualmente y nos hacen olvidar de quiénes somos en Dios.

Sin embargo, aun en medio de ese desvío, hay algo que nos inquieta profundamente. Esa incomodidad interior no es casual: es la voz del Espíritu Santo, que nos redarguye, nos confronta y nos llama de vuelta.

Esta enseñanza parte de una verdad fundamental: Dios no solo quiere que lleguemos a nuestro destino, sino que aprendamos a caminar correctamente. Y para eso, Él se ofrece como guía, maestro y compañero en ese camino.

Este salmo nos recuerda que, si alguna vez perdemos el rumbo, siempre existe la posibilidad de regresar. Volver a la fuente, a nuestro creador. Volver a quien nos conoce mejor que nadie, el único capaz de restaurarnos a nuestro diseño original.

El autor de este salmo es el rey David, un hombre profundamente amado por Dios, pero también alguien que conoció el peso del error, la culpa y las consecuencias del pecado. En este contexto, David reconoce la bendición de quienes caminan en rectitud, pero al mismo tiempo da testimonio de algo aún más poderoso: la gracia de un Dios que no aparta sus ojos de nosotros, aun cuando fallamos.

David había intentado ocultar su pecado, seguir adelante como si nada pasara, pero por dentro estaba quebrado. Solo cuando reconoció su falta y volvió su corazón a Dios, encontró restauración. Desde ese lugar de humildad, David declara una promesa divina: Dios no abandona al que se equivoca, sino que se compromete a enseñarle un mejor camino.

En este sentido, hay dos frases que resaltan en este salmo …Te haré entender y Te enseñaré…

El entendimiento va más allá del conocimiento intelectual. No se trata solo de memorizar versículos, sino de comprender el corazón de Dios, su carácter y su voluntad.

Y en esto encuentro una verdad profunda: no se puede enseñar a quien no entiende o peor aún a quien no quiere ser enseñado. Así como, memorizamos una fórmula para un examen, pero no para la vida. De la misma manera, Dios no quiere que nos convirtamos en religiosos, que repiten principios espirituales de memoria; Él desea darnos entendimiento y luego enseñarnos a caminar en lo cotidiano.

Dios le dijo a David —y hoy también a nosotros— que no solo le mostraría el camino, sino que lo acompañaría en el proceso de aprender a andar en él.

Entonces debemos preguntarnos: ¿Tenemos la voluntad de ser enseñados por Dios?  ¿Qué diferencia hay entre saber algo y entenderlo? ¿En qué áreas sentimos que sabemos lo que Dios quiere, pero como no lo comprendemos no lo llevamos a cabo?

Es preciso reconocer, que muchas veces nuestra terquedad, orgullo o autosuficiencia bloquean ese proceso de entendimiento. Queremos que Dios respalde nuestras decisiones, pero no que las corrija. Queremos su bendición, pero no su dirección. Por eso la escritura advierte: “No seas como el mulo o el caballo, que no tienen entendimiento y hay que dominarlos con freno y rienda.” Salmo 32:9 (DHH)

Parafraseando eso es: si no aprendemos a las buenas, lo haremos a las malas.
David lo vivió. Aprendió muchas lecciones a través del dolor, la pérdida y el arrepentimiento. Y desde esa experiencia, hoy nos deja una recomendación valiosa:  tener un espíritu enseñable.

La promesa final en este Salmo es maravillosa. Nos enseña que Dios no solo da instrucciones; sino que fija sus ojos sobre nosotros.

Y no es una mirada no es de vigilancia, sino de cuidado. No es para señalar nuestros errores, sino para acompañarnos en el proceso. Es la mirada de un Padre que nos observa en cada paso y está listo para sostenernos cuando flaqueamos.

Finalmente, caminar bajo la guía de Dios no significa no equivocarse, sino tener un corazón dispuesto a volver, escuchar, corregir el rumbo y a confiar en que Él sabe mejor que nosotros cual es el mejor camino.

Vicky Pinedo 

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