Examínense para saber si su fe es genuina. Pruébense a sí mismos. Sin duda saben que Jesucristo está entre ustedes; de no ser así, ustedes han reprobado el examen de la fe genuina. 2 Corintios 13:5
Al iniciar un nuevo año, es costumbre trazar propósitos, definir retos y organizar recursos, lógicamente nos enfocamos en la planeación de metas financieras, nuevos proyectos profesionales o cambios de hábitos. Sin embargo, la reflexión del Apóstol Pablo nos invita a mirar hacia adentro antes de proyectar hacia afuera. Pablo utiliza el término “Dokimazo” palabra griega que se traduce como «examinar», «probar» o «aprobar» como se prueba el oro en el fuego para ver su pureza.
Cualquier propósito que trascienda nuestra capacidad humana requiere algo más que planeación; requiere una fe viva. Y viniendo de un 2025 lleno de altos y bajos, donde probablemente muchos de nuestros planes se desmoronaron en el camino y nuestra fe por momentos fue variable y temporal. Es justo y necesario examinarla, comprendiendo que esta no es una herramienta para que Dios cumpla nuestros planes, sino el ancla que nos sostiene cuando esos planes fallan.
La invitación el día de hoy es a probarnos a nosotros mismos. Este examen no busca nuestra reprobación, sino nuestra seguridad… la certeza de que Cristo no es solo un concepto, sino una presencia real en nuestra vida.
En este sentido, el Apóstol Santiago complementa esta exhortación con vehemencia: “¿De qué sirve, hermanos míos, si alguno dice que tiene fe, pero no tiene obras?” (Santiago 2:14). Es decir, una fe que solo vive en el intelecto o en las palabras es una fe falsa y estéril. No podemos decir que creemos y seguir actuando como incrédulos.
La fe genuina es integral, involucra la mente (conocimiento de la verdad), el corazón (confianza plena) y la voluntad (obediencia). Si afirmamos que Cristo vive en nosotros, pero nuestras acciones, decisiones y prioridades siguen siendo dirigidas por el temor, la duda, la incertidumbre, la autosuficiencia, etc., entonces nuestra fe está muerta.
La fe verdadera necesariamente transforma nuestra manera de vivir, de reaccionar ante la crisis y de tratar a nuestro prójimo. No es posible tener un encuentro con el Dios vivo y permanecer iguales. Porque, creer como incrédulos es confiar en Dios solo cuando vemos el camino despejado; en cambio, la fe genuina nos lleva a avanzar, aunque la niebla en el camino aún no se haya disipado.
Durante este año, examinemos nuestra fe con la ayuda del espíritu santo, profundicemos acerca de:
- ¿Prevalecen en mi mente el temor y la ansiedad, o la paz que sobrepasa todo entendimiento?
- Más allá de mis metas materiales (dinero, salud, estudio, trabajo, viajes), ¿tengo como meta mi crecimiento espiritual?
- ¿Qué habito, vicio o debilidad de carácter me propongo entregarle a Dios para ser transformado este?
- Si las cosas no salen como las planeo, estoy seguro(a) que ¿voy a confiar en la soberanía de Dios por encima de mis expectativas?
- ¿Mis planes para este año requieren la ayuda de Dios, o son metas que puedo lograr apoyándome solo en mis recursos, capacidades y esfuerzo?
En conclusión, este nuevo año no debe convertirse en una acumulación de deseos, sino en la posibilidad de realizar diariamente un ejercicio de reflexión, que nos lleve a la coherencia espiritual. Dado qué, la fe genuina no es sentirnos optimistas, sino rendirnos totalmente ante la soberanía de Dios. Por esto, Pablo nos enseña que, si Jesucristo está en nosotros, Él debe permear la totalidad de nuestra existencia, porque una fe que no influye en cómo manejamos nuestras finanzas, nuestras relaciones o cómo respondemos a un insulto, es una fe que será reprobada.
Si al examinarnos hoy encontramos fisuras en nuestra fe, no es para desanimarnos, sino para volver a la fuente. Que el 2026 no sea el año en que logramos todo lo que planeamos, sino el año en que nuestra vida refleje confianza plena en aquel en quien decimos creer. Porque la fe genuina es un acto de rendición, es pasar de la autogestión a la acción guiada por el Espíritu de Dios. Examinarnos y discernir si nuestras metas para este año son para satisfacer nuestro ego o si son pasos de obediencia para edificar el reino de Dios sobre esta tierra.
Si al mirar hacia el 2026 sentimos temor por la incertidumbre, esta palabra nos recuerda: «¿No saben que Jesucristo está en ustedes?». Entonces, si Él está presente, el resultado del año ya está asegurado en su victoria, independientemente de las circunstancias externas. Procuremos pues, que nuestra mayor meta no sea el éxito visible, sino la aprobación de un examen que solo se rinde en la intimidad del espíritu, el examen de una fe que obra por el amor de Dios.

