PABLO PARRA, EL HOMBRE QUE ADOPTÓ LA GUAJIRA

Hay personas que llegan a un territorio por trabajo, por oportunidad o por simple azar. Y hay otras que llegan por convicción, movidas por una decisión profunda de quedarse y construir. Pablo Parra pertenece a este segundo grupo. No nació en La Guajira, pero La Guajira lo fue adoptando a medida que él decidió caminarla, escucharla, comprenderla y, sobre todo, respetarla. En un territorio donde la memoria colectiva es fuerte y el arraigo tiene un valor sagrado, ese gesto no pasa desapercibido.

Su crecimiento no ha sido un proceso acelerado ni impuesto. Ha sido, más bien, silencioso, constante y coherente. Pablo entendió pronto que La Guajira no se conquista con discursos grandilocuentes ni con promesas efímeras, sino con presencia real, con la capacidad genuina de escuchar y con la humildad de aprender de una tierra compleja, diversa y profundamente digna. En Albania —municipio clave en la dinámica social y económica del departamento— su nombre empezó a asociarse no solo a gestión, sino también a cercanía y compromiso.

La disposición de Pablo Parra ha sido siempre un reflejo de su manera de ver el territorio: mirar a la gente a los ojos, reconocer las tensiones sociales existentes, comprender las desigualdades históricas y, aun así, apostar por el diálogo como herramienta principal. En una región donde muchas promesas se han quedado en el aire y donde la desconfianza suele ser una respuesta aprendida, su crecimiento se ha medido más por la confianza construida que por los cargos ocupados o los reconocimientos públicos.

Adoptar La Guajira no significa hablar en su nombre ni pretender representarla sin conocerla; significa caminar a su lado. Y Pablo ha demostrado entenderlo con claridad. Su relación con el departamento no ha sido utilitaria ni circunstancial; ha sido una relación de compromiso sostenido. Ha sabido reconocer la fuerza cultural del pueblo wayuu, la resiliencia de las comunidades y el valor estratégico de municipios como Albania para el futuro regional. Esa lectura del territorio no es superficial: habla de madurez, de responsabilidad y de una visión que trasciende lo inmediato.

En tiempos donde la política y el liderazgo suelen confundirse con protagonismo personal, Pablo Parra ha optado por la constancia. Su crecimiento personal y humano ha ido de la mano de una mayor responsabilidad social. No ha sido ajeno a los problemas de La Guajira —la pobreza, la exclusión, las tensiones sociales y los desafíos estructurales—, pero tampoco ha caído en la tentación de simplificarlos o utilizarlos como discurso conveniente. Esa actitud, serena pero firme, se ha convertido en una de sus mayores fortalezas.

La Guajira es un territorio que observa con atención. Aquí se distingue con claridad entre quienes llegan a servirse de ella y quienes deciden servirle. Adoptarla no es un gesto simbólico ni una frase bien construida; es una responsabilidad ética que se asume con hechos cotidianos. Pablo Parra ha entendido que el liderazgo verdadero no se mide únicamente en resultados visibles, sino en relaciones construidas a largo plazo, en la palabra cumplida y en la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace.

Por eso, más que un visitante, Pablo se ha convertido en parte del paisaje humano de esta tierra. La Guajira adopta a quien la respeta, a quien se queda cuando otros se van, a quien entiende que el desarrollo no puede desligarse del tejido social. Y Pablo Parra, con su disposición constante, su aprendizaje continuo y su compromiso con el departamento, ha demostrado que no se trata de venir de lejos para imponer, sino de quedarse para construir.

Porque al final, crecer con La Guajira es comprender que el verdadero progreso se teje con vínculos, no con discursos. Y en ese camino, Pablo Parra ha sabido dar pasos firmes, dejando huella sin imponerla, y construyendo pertenencia desde el respeto.

 

Sait Ibarra Lopesierra

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