A inicios de la década de los 90´s una generación iniciaba sus estudios de bachillerato en el Colegio Sagrada Familia de Riohacha, al tiempo que Colombia atravesaba innumerables cambios sociales, entre ellos, la Constitución de 91 que traía consigo novedades como la acción de tutela. Ingeniosa y retadora como fue su ejercicio docente, la Hermana Alicia Betancourt nos pidió a sus estudiantes de séptimo que compráramos la constitución y que leyéramos sobre la acción de tutela para una discusión en clases.
Armada de la valentía que no siempre fue un rasgo característico de mi personalidad, levanté la mano siendo la primera en arriesgarme a dar alguna explicación cercana a lo que consideraba que el artículo 23 de la Constitución Política consagraba. Intenté torpemente explicar lo que consideraba que era la acción de tutela sin lograr con éxito hacerlo. Me senté frustrada y hasta enojada conmigo misma y quizás eso dejaría plantada una semilla que movilizaría más adelante mi ser, para motivarme a estudiar derecho.
De la mano de la Hermana Alicia en 1992 y con su liderazgo, hicimos una obra de teatro por los 500 años del que en ese momento se consideraba el “descubrimiento de América” la cual nos llevó a debutar y concursar en otros planteles educativos. En octavo nos acompañaría no solo en nuestras actividades académicas como profesora de grupo si no que, con ella compartiríamos nuestras celebraciones de amor y amistad, las integraciones, convivencias en Betania y demás espacios tradicionales de esa bella etapa de nuestra adolescencia.
Llegando 1994, por motivos de salud, la hermana Alicia sería trasladada a otra ciudad ante nuestra tristeza e inconformidad. Para despedirla hicimos en su honor un almuerzo de despedida que se realizaría en mi casa, con preparaciones autóctonas de la mano de mi cómplice madre, rodeando aquel grupo de cuarenta estudiantes a nuestra querida homenajeada, de alegría, cariño y la gratitud que siempre le profesamos.
Años después la congregación la traería cada tanto para reavivar el afecto, siendo inolvidable su llegada en 2018 para impulsar la conformación de la Asociación de Ex Alumnas Cosafistas, estando allí también presente la Señorita Olguita Ricciulli (Q.E.P.D.). Nuestra recordada profesora de mecanografía y taquigrafía, insigne dama riohachera quien permeó con su elegancia, don de gentes y sapiencia natural, a centenares de alumnas de distintas promociones.
Con la Hermana Alicia Betancourt muchas conocimos a través de su férreo carácter una forma distinta de valorar el hecho de ser maestra. Su temple de mujer caldense rodeaba de una protección natural a quienes tuvimos la dicha de tenerla cerca, concediéndole, además, todas las licencias posibles para darnos sabios consejos que quedaron tatuados en el corazón para siempre independientemente del momento de la vida en el que estuviéramos. Ella siempre supo llegar con una palabra, una muestra de cariño o hasta una queja, pues también reclamaba afectuosamente ante cualquier atisbo de ausencia por larga o corta que esta fuera.
A mi hijo Manuel Antonio de Jesús y a mí, nos acompañó en su bautizo el 22 de septiembre de 2018 en la Catedral Nuestra Señora de los Remedios, lo mismo que durante el velorio de mi sobrino Jaime Tulio Molina (Q.E.P.D.) en marzo de 2024, pues ella siempre se mantuvo cerca de quienes habitaban en su corazón, y hoy, ante su repentida partida al reino de Dios, tenemos con nosotros esa bonita certeza.
Hoy pienso en la misión encomendada por Dios a la Hermana Alicia. Innumerables mensajes destacándola como una inolvidable maestra fueron llegando de muchas personas con el correr de la triste noticia de su fallecimiento, en el que fuera su hogar en muchos momentos de su vida, el Colegio Sagrada Familia de Riohacha en donde grandes afectos cosecharía ya que no son pocas las generaciones de mujeres que recibimos generosamente su sabiduría y su especial manera de situarse para siempre en la vida de sus estudiantes.
Loable en ella ese afán permanente de hacer un poco más, de ayudar a otros, de gestionar y tocar puertas para que alguien estuviera bien, para sembrar bondad sin distinción alguna, apoyada incluso en la extensa red de afectos que en vida cultivó. Sus nobles actos quedan como una imborrable huella en la vida de quienes la conocimos y tuvimos la dicha de compartir con ella dentro o fuera de la comunidad cosafista quienes hoy lloramos su partida.
Gracias a Dios por su vida, y gracias a la Congregación de las Hermanas Terciarias Capuchinas ya que permitieron que cientos o miles de mujeres en Riohacha, La Guajira, y otros lugares de Colombia, en diferentes momentos de su vida, recibiéramos un poco de su ser, pues ella no sólo nos educó, si no que nos permeó la existencia, moldeó nuestra personalidad, nos influyó, orientó, regañó cuando fue necesario, aconsejó, apoyó, y dio a raudales muestras de cariño, y eso es lo que hace inolvidable a una verdadera maestra. Gracias, por tanto. Descanse en paz Hermana Alicia Betancourt Quintero.
María Isabel Cabarcas

