PROPAGANDA, AGITACIÓN Y MOVILIZACIÓN EN EL GOBIERNO

El actual gobierno y sus cuadros más relevantes han demostrado una notable capacidad para instalar relatos, fijar agendas y activar emociones colectivas mediante el uso intensivo de la comunicación política. La propaganda, la agitación y la movilización no aparecen como recursos marginales, sino como ejes estructurales de su estrategia de poder. En un contexto de alta polarización, estas herramientas han servido para cohesionar apoyos, responder a críticas y mantener un clima de confrontación permanente que alimenta la identidad política de sus bases.

En el marxismo-leninismo clásico, formulado a partir de las ideas de Karl Marx, Friedrich Engels y desarrollado políticamente por Vladimir Lenin, la propaganda y la agitación no son simples instrumentos de adhesión emocional. Constituyen fases diferenciadas de un proceso de formación política orientado a elevar la conciencia de clase y a dotar al proletariado de herramientas teóricas para comprender las estructuras del capitalismo. Su finalidad no es el aplauso inmediato, sino la educación sistemática y la construcción de un sujeto histórico organizado.

La experiencia del Movimiento 19 de abril, organización a la que perteneció el Presidente Petro en su juventud, mostró otra lógica. Allí la propaganda y la agitación operaron más como mecanismos de visibilidad y reclutamiento que como procesos de formación ideológica profunda. El movimiento logró seducir sectores urbanos y estudiantiles de clase media, pero nunca consolidó una base obrera sólida ni estructuró una pedagogía política comparable a la tradición leninista. La movilización cumplía una función simbólica y estratégica más que doctrinaria.

El gobierno colombiano parece reproducir, con variaciones institucionales, esa matriz comunicativa. La movilización social es convocada en las ciudades desde el poder, no contra él, y se articula a partir de grandes eventos públicos, intervenciones en plazas y transmisiones oficiales que convierten la gestión en espectáculo político. El liderazgo se proyecta con un relato que oscila entre la épica transformadora y la denuncia constante de enemigos internos y externos.

En este marco, la propaganda deja de ser un espacio de formación estructurada para convertirse en una narrativa de legitimación permanente. Las reformas son presentadas como batallas por los continuos “bloqueos institucionales” y la crítica es interpretada como resistencia oligárquica. El discurso no se dirige a construir cuadros políticos con disciplina ideológica, sino a sostener un clima emocional que mantenga cohesionada a la base electoral.

La agitación, entendida en la tradición leninista como simplificación pedagógica de problemas complejos para movilizar a las masas, adquiere aquí un matiz distinto. No se trata de conducir a un sujeto colectivo hacia una comprensión más profunda de la estructura económica, sino de activar respaldos inmediatos frente a coyunturas legislativas o judiciales. La calle se transforma en escenario de presión política y no necesariamente en aula de formación revolucionaria.

Un elemento decisivo es la relación entre movilización y presupuesto. La organización de comunidades y sectores sociales se vincula crecientemente a la asignación de recursos, a la ejecución contractual y a la intermediación estatal. Allí donde el marxismo-leninismo proponía conciencia y disciplina como bases de pertenencia, la dinámica de gestión del gobierno introduce incentivos materiales y del mercado que reconfiguran la lógica de adhesión.

La acción contractual, en este contexto, adquiere un valor político que trasciende su función administrativa. La contratación pública, los convenios y la distribución territorial de partidas pueden operar como mecanismos de consolidación de lealtades. Sin necesidad de una doctrina explícita, la pertenencia se articula en torno a la proximidad con el aparato estatal y al acceso a oportunidades derivadas del gasto público.

Esta práctica se distancia de la tesis marxista-leninista que concebía la propaganda como herramienta de educación ideológica rigurosa. En lugar de formar cuadros que comprendan la lógica del capital y del Estado, se consolida una red de apoyos que gravita alrededor de la gestión presupuestal. El énfasis se desplaza de la transformación estructural a la administración simbólica y material del poder.

El resultado es una movilización que puede ser intensa, pero no necesariamente doctrinaria. Se construye identidad política a partir del liderazgo y de la narrativa del cambio, aunque sin un proceso sistemático de formación que garantice coherencia ideológica a largo plazo. La movilización se vuelve reactiva, dependiente de coyunturas y de la capacidad del ejecutivo para sostener la distribución de recursos.

Todo indica que el gobierno ha convertido la propaganda, la agitación y la movilización en piezas centrales de su gobernabilidad. Sin embargo, su uso se aparta de la tradición marxista-leninista que las concebía como herramientas de formación y elevación de conciencia. Más que un proyecto pedagógico revolucionario, emerge una estrategia de poder donde el espectáculo político y la gestión presupuestal ocupan el lugar que antes correspondía a la educación ideológica sistemática.

 

Cesar Arismendi Morales

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