Colombia no puede seguir aplazando la reforma más importante de su Estado: la organización territorial.
A las puertas de elegir nuevo presidente y renovar el Congreso, el país enfrenta una verdad que ya no admite evasivas: el modelo actual no funciona. Somos, en teoría, una República unitaria con autonomía territorial; en la práctica, un Estado centralista que decide desde la distancia, concentra el poder y llega tarde —o nunca— a las regiones.
Ese modelo está agotado.
Colombia no es homogénea. Es una nación de regiones profundamente distintas en geografía, cultura, economía y necesidades. Sin embargo, seguimos gobernando como si todo fuera igual. El resultado es evidente: inequidad territorial persistente, inversión concentrada y territorios con enorme potencial atrapados en el rezago.
No es un debate ideológico. Es un problema de eficacia del Estado. Un modelo que no responde a la diversidad territorial fracasa.
El próximo gobierno no puede limitarse a administrar este esquema. Debe transformarlo. Y esa transformación exige una decisión de fondo: avanzar hacia un Estado federal o hacia un modelo de regiones autonómicas con poder real.
No más descentralización simbólica. No más autonomía en el papel. Las regiones necesitan capacidad efectiva de decisión, recursos suficientes, competencias claras y responsabilidad política frente a sus ciudadanos.
Durante décadas se nos dijo que descentralizar era transferir funciones sin transferir poder. Ese error está a la vista. Las regiones ejecutan cargas, pero no deciden el rumbo. Administran escasez, pero no construyen estrategia. Así no hay autonomía, ni desarrollo, ni Estado eficiente.
No se trata de dividir el país. Se trata de hacerlo viable.
A quienes aspiran a la Presidencia y a quienes integrarán el nuevo Congreso: esta es la reforma estructural que Colombia ha esperado durante décadas. No una más, sino la que puede corregir el desequilibrio histórico entre centro y periferia, cerrar brechas, liberar capacidades regionales y darle al Estado la eficacia que hoy no tiene.
El país no necesita más diagnósticos. Necesita decisiones.
Colombia no requiere un Estado más grande, sino mejor distribuido. No más promesas de autonomía: poder real para las regiones, con controles, competencias y recursos para decidir su destino dentro de la unidad nacional.
La decisión es inevitable. El tiempo se agotó.
Ahora solo falta liderazgo.
¿Quién se atreve?
José Jaime Vega

