En Colombia, indignarse se volvió casi un reflejo automático, pero entre el estallido colectivo y el cambio real hay una brecha que no se cierra con tendencias ni discursos emotivos. ¿Estamos participando o simplemente reaccionando?
En Colombia, indignarse se volvió paisaje.
Sin importar el tema: corrupción, inseguridad, desigualdad, farandula o chismes que se terminan volviendo política, reformas, elecciones. Siempre hay una razón válida para la molestia, y eso, en principio, es sano. Una sociedad que no se indigna frente a la injusticia está condenada a normalizarla. El problema no es la indignación. El problema es lo que hacemos —o dejamos de hacer— con ella.
Hoy vivimos en una especie de democracia emocional donde la reacción inmediata pesa más que la reflexión sostenida. Opinamos rápido, juzgamos más rápido y olvidamos aún más rápido. La indignación se volvió instantánea, casi desechable. Dura lo que dura una tendencia.
En ese ritmo acelerado, el país quedó atrapado en un ciclo que parece no tener salida: nos escandalizamos, señalamos culpables, nos sentimos momentáneamente aliviados… Y luego continuamos exactamente igual.
La indignación, así, se volvió cómoda.
Cómoda porque no exige coherencia. Cómoda porque no obliga a sostener posturas en el tiempo. Cómoda porque permite estar “del lado correcto” sin asumir costos reales. Es, en muchos casos, una forma elegante de no hacer nada estructural.
Nos indignamos por la corrupción, pero seguimos tolerando pequeñas trampas cotidianas. Nos indignamos por la clase política, pero votamos más por emoción que por criterio. Nos indignamos por la desigualdad, pero rara vez nos preguntamos qué estamos haciendo, desde nuestro propio lugar, para reducirla.
Hay una contradicción silenciosa que atraviesa todos los sectores sociales: exigimos un país distinto, pero no siempre estamos dispuestos a comportarnos de forma distinta.
Y es ahí donde la conversación se pone incómoda.
Porque transformar no es tan atractivo como protestar. Protestar es visible, inmediato, incluso catártico. Transformar, en cambio, es lento, frustrante y muchas veces invisible. Implica entender cómo funciona el Estado, involucrarse en procesos, formarse, debatir con argumentos, construir acuerdos y sostener causas cuando ya no generan aplausos.
Eso no es tendencia. Eso es trabajo.
Se ha instalado la idea de que participar políticamente es opinar. Y no: opinar es apenas el punto de partida. La participación real empieza cuando esa opinión se convierte en acción sostenida, en propuesta concreta, en incidencia efectiva.
Aquí es donde Colombia tiene un déficit que no se resuelve con más indignación: nos falta cultura de construcción.
Nos sobra diagnóstico, nos falta ejecución.
Se habla mucho de cambiar el sistema, pero poco de entenderlo. Se critica la política, pero se evade la responsabilidad de hacer política mejor. Se desconfía de las instituciones, pero no se participa lo suficiente para transformarlas desde adentro.
Es más fácil deslegitimar que construir.
Sin embargo, hay señales que no se pueden ignorar. En distintas regiones del país —desde juntas de acción comunal hasta movimientos juveniles, emprendimientos sociales y liderazgos locales— hay ciudadanos intentando hacer lo que no da titulares: organizar, proponer, incidir. No hacen tanto ruido, pero están moviendo estructuras.
Esa es la conversación que deberíamos amplificar.
Porque el cambio real no se produce en el pico de la indignación, sino en la constancia de quienes deciden quedarse cuando el entusiasmo se apaga.
Y esto no es un llamado ingenuo a la perfección cívica. Es, más bien, una invitación incómoda a asumir una verdad simple: ningún país se transforma únicamente señalando lo que está mal. Se transforma construyendo, incluso en medio de lo imperfecto.
La política —aunque a muchos les incomode— no se cambia desde la pureza del discurso, sino desde la capacidad de incidir en acciones reales. Y eso implica negociar, ceder, equivocarse y volver a intentar. Exactamente lo que solemos criticar, pero pocas veces estamos dispuestos a hacer mejor.
Tal vez ha llegado el momento de dejar de romantizar la indignación como fin en sí mismo.
De entender que la “rabia” puede ser el inicio, pero nunca el destino.
Colombia no necesita más voces que griten fuerte por unos días. Necesita más ciudadanos que construyan durante años. Que estudien, que participen, que cuestionen con argumentos y que propongan con seriedad.
Que incomoden, sí, pero también que resuelvan.
Porque entre el país que denunciamos y el país que soñamos hay una distancia larga, compleja y, sobre todo, exigente.
Y esa distancia no se recorre con likes, ni con discursos encendidos, ni con indignaciones pasajeras.
Se recorre con algo mucho menos glamuroso, pero infinitamente más poderoso:
¡COMPROMISO!
De esa que no se publica.
De esa que no se aplaude.
De esa que, al final, sí transforma.
William David Ospino Quintana

