LA PALABRA DEL DÍA ES… ULTRACREPIDARIO

¡Ajá, mi gente! Sintonicen las neuronas y acomódense en la hamaca porque hoy vengo a desempolvar el diccionario con una joyita que le queda como anillo al dedo a más de uno en las redes sociales. Tómense su cafecito bien cargado y digieran la palabrita despacio: ULTRACREPIDARIO. Tranquilos, que esto no es un dinosaurio del periodo Cretácico ni un insulto de alta alcurnia. Un ultracrepidario es, ni más ni menos, aquella persona que opina con tono de oráculo sobre lo que no tiene la más remota idea; en buen caribeño y sin tanto adorno, el que habla paja sin saber dónde está parado.

Antes, para graduarse de sabio o tener peso en una discusión, tocaba matarse las pestañas en la biblioteca, quemarse las cejas leyendo tomos o por lo menos haber pisado un aula de clase. Pero hoy en día, ¡qué va, mijo! Con un plan de datos, tres reels de TikTok y la osadía bien puesta, cualquiera se corona doctor Honoris Causa en lo que le dé la gana antes de la hora del almuerzo.

La metamorfosis del ultracrepidario moderno es digna de un documental, ayer en el Mundial éramos todos directores técnicos de la selección, juristas de la FIFA y físicos cuánticos analizando la parábola de un balón en el VAR; hace unas semanas, la biografía de Instagram de medio mundo cambió a especialista en geopolítica del Medio Oriente, tratados de paz y conflictos internacionales; y hoy, con el hervidero de la política criolla tras las elecciones presidenciales y la más recientica elección del presidente del Senado, la cosa se nos salió de control. De la noche a la mañana, el feed se nos llenó de magistrados de la Corte Constitucional titulados en la ‘Universidad de los Comentarios’, gente que interpreta el reglamento del Congreso mejor que su propia cédula y le dicta cátedra a los juristas desde la comodidad del inodoro.

Uno podría tomárselo a guachafita o a pura mamadera de gallo, pero el chicharrón de verdad empieza cuando la ignorancia se viste de arrogancia. El ultracrepidario no se queda con su duda, él necesita armar la marimonda. Lanza un post incendiario con música dramática de fondo, el algoritmo le echa gasolina y un montón de despistados que tampoco leen se tragan el cuento completo; así van construyendo narrativas de cafetín digital, repartiendo desinformación en vena, controversias de mantel rasgado y odios gratuitos. Lo grave es que el veneno que empieza en un tweet o en un reel ya no se queda en la pantalla, porque hemos visto cómo estas teorías de pasillo digital terminan escalando a peleas a muerte en el grupo de WhatsApp de la familia, odios viscerales entre amigos de toda la vida y hasta hechos violentos y desmanes reales en las calles, movidos por personas que salieron a agredir convencidas de una mentira que leyeron en un meme. Un ignorante gritando en redes es peligroso, pero mil ignorantes compartiendo al mismo tiempo son una bola de demolición social.

Por eso hoy mi llamado es rotundo: ¡ponga el ojo pelao! No se deje meter los dedos en la boca ni se trague entero todo lo que le sale en la pantalla. Que un video tenga luces bonitas, voz de locutor impostada y un tipo hablando con vehemencia no significa que tenga la razón. Si queremos aportar de verdad a esta sociedad, empecemos por la disciplina más difícil de todas, que es la prudencia. Instruyámonos por las vías idóneas, vayamos a las fuentes primarias, leamos la norma entera y no solo el titular, y busquemos a la gente que lleva años estudiando el tema. Si no sabemos de algo, apliquemos la máxima sabiduría caribeña de quedarse quieto comiendo hielo o preguntar con humildad. Educarnos correctamente no nos quita lo sabrosos ni lo opinadores, nos quita lo manipulables. Así que la próxima vez que vea a un todero dictando cátedra constitucional sin haber leído un solo artículo, sonríale, compártale esta columna y recuerde que el mundo ya tiene demasiados problemas como para andar alimentando a los ultracrepidarios.

 

Adaulfo Manjarrés Mejía

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