El capítulo 10 del Evangelio de Mateo está lleno de tantas enseñanzas que es difícil enfocarse solo en una, cada una de ellas se conectan entre sí y revelan cómo Dios prepara a quienes llama para servirle. En este escrito encontramos el llamado, la capacitación, la delegación de autoridad, la gran comisión, advertencias acerca de la oposición y las promesas que Jesús dio a sus discípulos antes de enviarlos a extender el reino de Dios en la tierra.
El capítulo inicia diciendo: «Entonces llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad sobre los espíritus inmundos, para que los echasen fuera y para sanar toda enfermedad y toda dolencia» (Mateo 10:1).
No fue un llamado improvisado, en el libro de Lucas podemos ver que antes de escoger a los doce, Jesús pasó toda la noche orando al Padre (Lucas 6:12-13), esto muestra que la elección de cada uno de ellos respondió al propósito soberano de Dios y no a criterios humanos.
El número doce tampoco es casualidad, en toda la Biblia este número representa gobierno, plenitud y la totalidad del pueblo de Dios. En el Antiguo Testamento encontramos las doce tribus de Israel y en el Nuevo Testamento, los doce apóstoles representan el fundamento del nuevo pueblo de Dios, la Iglesia como lo indica en Efesios 2:20 Edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo… y en Apocalipsis 21:14 Y el muro de la ciudad tenía doce fundamentos, y en ellos los doce nombres de los doce apóstoles del Cordero. Con esto, Jesús establecía el inicio del plan de redención para el mundo.
Lo asombroso es que Jesús no escogió a hombres perfectos o según los estándares del mundo. Entre ellos había pescadores, un cobrador de impuestos, un zelote (Religioso), hombres con diferentes oficios y contextos sociales.
Muchos dejaron atrás aquello que hasta ese momento representaba el sustento de sus vidas y las de sus familias. Pedro, Andrés, Jacobo y Juan abandonaron sus redes; Mateo dejó la recaudación de impuestos; cada uno renunció a la seguridad de su antigua manera de vivir para seguir al Maestro. Esto nos enseña que el verdadero discipulado implica rendir nuestra voluntad, nuestros planes y aquello en lo que depositamos nuestra seguridad, para caminar en obediencia a Cristo.
Ser discípulo implica dejar lo temporal para abrazar lo eterno, confiando en que nada de lo que podamos perder se compara con el privilegio de conocer a Cristo y participar de su obra. Esto lo entendieron estos 12 hombres por ellos fueron hallados confiables para acompañar a Jesús en su ministerio y recibir tal poder como la delegación directa de su autoridad.
Ciertamente, lo determinante nunca fue quiénes eran los discípulos, ni quiénes somos nosotros, sino quién hizo el llamado. Dios sigue escogiendo personas comunes para cumplir propósitos extraordinarios, porque su poder se perfecciona en la debilidad de aquellos a los que llama como dice en 2 Corintios 12:9. Él no llama a los capacitados, sino que capacita a los que llama, para que toda la gloria sea únicamente para Él.
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Durante meses los apóstoles caminaron con Jesús, observaron cómo enseñaba, cómo servía, cómo oraba, como hacia milagros, cómo respondía a la oposición y cómo manifestaba el Reino de Dios, antes de ser enviados, primero aprendieron a ser discípulos. Este sigue siendo el orden que Dios usa Dios, primero forma el carácter y luego encomienda la misión.
Luego dice en Mateo 10:1 que les dio autoridad para expulsar demonios y sanar toda enfermedad, estas señales confirmarían que el Reino de Dios se había acercado a la tierra y que el poder de Satanás seria derrotado, no eran milagros para exaltar a los discípulos, sino para glorificar al que los enviaba.
Después de darles autoridad, Jesús les entregó instrucciones precisas (Mateo 10:5-15), les indicó a quién debían dirigirse inicialmente, lo que debían decir («El reino de los cielos se ha acercado»), cómo debían comportarse, qué debían llevar y qué no debían llevar. Pero no solo eso, Jesús incluso le garantizaba la provisión material para la labor encomendada y no porque les haya dado dinero para el camino, el reto era confiar en que Dios supliría sus necesidades por medio de aquellos que recibieran el mensaje.
Esto enseñaba que la misión nunca depende de recursos humanos, sino de la fidelidad del que envía. Pero aún con estas garantías, Jesús nunca les dijo que el camino sería fácil, sino que a partir del versículo 16 comienza a advertirles sobre las dificultades que enfrentarían:
«He aquí, yo os envío como ovejas en medio de lobos.»
Les habló de persecución, rechazo, traición, cárceles e incluso de la muerte. Pero inmediatamente les repitió varias veces una expresión poderosa: «No teman.»
La razón es sencilla, quien envía también protege, sostiene y recompensa. Jesús les recordó que el Padre conoce hasta el número de nuestros cabellos y que ninguno de sus hijos escapa de su cuidado (Mateo 10:29-31).
Finalmente, el capítulo concluye mostrando que toda persona que recibe a un enviado de Cristo realmente está recibiendo al mismo Cristo. «El que a vosotros recibe, a mí me recibe; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió» (Mateo 10:40).
Esto nos muestra la enorme responsabilidad que tenemos, la Biblia dice que somos embajadores de Cristo (2 Corintios 5:20), es decir, representantes de su Reino en medio de un mundo que necesita conocerlo. Nuestra manera de vivir comunica un mensaje mucho antes de que pronunciemos una palabra; por eso, cada decisión, actitud y acción debe reflejar el carácter de Jesús.
Este mensaje no fue escrito solo para narrar la historia de los doce apóstoles como un relato histórico; también es un llamado para todo el que acepte el reto de ser discípulo de Cristo. Este es un pasaje que nos confronta a preguntarnos si ¿somos simples simpatizantes de Jesús o si verdaderamente hemos decidido seguirlo con total entrega? ¿Somos solamente admiradores de Jesús o verdaderos discípulos? porque la verdad sea dicha, muchos desean las bendiciones del Reino, pero pocos están dispuestos a asumir el costo del discipulado.
Jesús llamó, formó, capacitó y luego delegó autoridad. Pero, esa autoridad no fue entregada de manera indiscriminada, sino a hombres que respondieron al llamado con obediencia, dejando atrás aquello que los ataba para seguir al Maestro. Porque la autoridad espiritual está ligada a una relación de intimidad, dependencia y obediencia.
Dios continúa llamando personas comunes para cumplir una misión maravillosa, hombres y mujeres dispuestos a negarse a sí mismos, tomar su cruz cada día (Lucas 9:23) y vivir para acercar su Reino a esta tierra.
No todos fuimos llamados a ser pastores, maestros, profetas, misioneros o evangelistas, pero todos si fuimos llamados a reflejar a Cristo en todo lo que somos y hacemos (Mateo 28:19-20).
Que hoy podamos responder como esos 12 hombres, dejando todo lo que nos impide seguir a Cristo, confiando en la autoridad que Él nos ha dado, dependiendo de su provisión y soberanía, permaneciendo firmes en medio de la oposición y anunciando con nuestra vida y nuestras palabras que el reino de los cielos se ha acercado.

