No en balde hemos tenido que aguantar las embestidas de la naturaleza. Esta vez se ensañó con ciertas regiones colombianas que son insignia de lo que se puede hacer entre las montañas, los valles y la selva del occidente nacional. Y al mismo tiempo, son muestra especial de lo que un Estado no debe hacer, tolerar por décadas la mezcla de indiferencia nacional e incompetencia regional para hacer de la vida de los chocoanos una de progreso, paz y seguridad ciudadana.
El ojo llorando y echándole sal, decía mi abuela. Así está el Chocó. No hay excusa para tanta ignominia. No hay vergüenza más grande para su propia dirigencia, y para la nacional, que darse cuenta lo que cuesta estar alejados de la cruda realidad que viven los seres en ese departamento, el de peor condición de entre todos, el del olvido, el que sirve para decir a los académicos todo lo que no se debe hacer, pero no ha servido a los servidores públicos para vanagloriarse de lo que un buen ejecutivo soluciona, el avance social de una comunidad.
No hay mal que no haya florecido en el Chocó, ni cizaña que no haya impedido el renacer de esa abandona región. La ilicitud ha tenido, en consecuencia, múltiples espacios para andar a sus anchas por sus ríos, que son aún el mejor medio de comunicación a falta de carreteras. El narcotráfico campea en cada rincón. La oscura administración de sus recursos públicos deforma todas las estadísticas nacionales. Sus poblaciones, en medio de tanta riqueza natural, más que avanzar, retroceden. Sus habitantes no conocen el sabor de una buena provisión de servicios públicos. No saben para qué sirve el Estado.
San José del Palmar. Bello nombre para la localidad que recibió el impacto del terremoto destructor. Dicen quienes han estado por allá que es un lugar hermoso, conector de la selva con la montaña, colindante con los prósperos Risaralda y Valle del Cauca. Está tan lleno de naturaleza como de incapacidad del hombre público para entregarles a los palmareños una esperanza de vida. La naturaleza les acaba de entregar una sentencia de muerte.
Los dolores y el sufrimiento por las pérdidas humanas y los materiales ocasionados por el sismo deben hacer necesario tránsito hacia la reconstrucción de lo afectado. Y allí tiene que ocurrir el cambio de gestión sobre todo el Chocó. Sin menospreciar la indispensable tarea en los demás afectados, San José del Palmar debe convertirse en el símbolo de cómo, cuando la naturaleza golpea al hombre, éste tiene la conciencia de responder con solidaridad, prontitud y transparencia para morigerar sus inclemencias. Así como se registra el epicentro del terremoto en su territorio, así mismo, de pronto con más énfasis, debe registrarse el epicentro de la reconstrucción.
Viendo el panorama general, la reconstrucción es la palabra indispensable para lo que debe realizar el gobierno de don Abelardo De La Espriella, además de la sobreviniente por el desastre natural.
Reconstruir la confianza nacional e internacional en el gobierno, a base de darle la dignidad que merece semejante encomienda de la democracia, cual es gobernarnos a todos es el primer mensaje que está calando. Hacerse acompañar de personas con experiencia comprobada en cada sector de la estructura del ejecutivo, a diferencia enorme de la escogencia con fundamento en la ideología o la estructura corporal de los y las servidoras públicas. La relación entre la gente y el gobierno cambia a partir de la salida del régimen petrista.
Reconstruir los fundamentos del sistema de salud destrozado por la convicción del expresidente Petro de que pervertir su base era hacer de las necesidades de salud de la gente, angustiantes y angustiosas, una demostración de que el Estado debe proveer estos servicios sin hacer uso del esfuerzo organizacional del sector privado para garantizar una adecuada y pronta prestación de semejante requerimiento humano.
Reconstruir la relación del presidente con las fuerzas legítimas del estado, las militares, sometidas a un vejamen vergonzante, a un menosprecio presidencial, que solo conseguía aplausos entre los subversivos narcos, pues ya no existen aquellos enamorados del comunismo en extinción.
Reconstruir el mandato constitucional de que los criminales deben responder ante la justicia y no tener patentes de corso para andar por el país como Pedro por su casa, amparados en una falsa idea de la paz.
Reconstruir el uso de los recursos públicos para ir directo a la mandíbula de la desigualdad social, atacando las raíces de otro de los grandes pecados de la historia de los gobiernos colombianos.
Reconstruir una necesidad nacional de que pensar diferente es parte de la libertad humana, pero que al mismo tiempo respetar las instituciones, que salen algo maltrechas del cuatrienio, es fundamental para la convivencia. A este propósito debe ayudar la inmensa solidaridad de cada colombiano con quienes sufrieron los destrozos humanos y físicos del terremoto.
Todos somos una Colombia que quiere prosperar bajo el liderazgo de un gobierno serio y responsable y con visión armónica de la concurrencia del esfuerzo y la iniciativa privada para jalonar el mejor estar de todos.
Reconstruyamos la vida nacional.
Nelson Rodolfo Amaya

