LA GUAJIRA: GRITOS QUE LA ARENA SE NIEGA A CALLAR

Hoy La Guajira carga sobre sus hombros el peso de un clamor que se ahoga entre las grietas de la realidad: una necesidad que nadie parece escuchar ni satisfacer. Y, sin embargo, Dios camina con nosotros, porque ya no resistimos la inclemencia que nos arrojan las empresas prestadoras de servicios.

No somos intolerantes. No somos violentos. Somos un pueblo cuya historia fue marcada con fuego; un pueblo que nació como león salvaje defendiendo su libertad. Fueron aquellos momentos coyunturales los que nos dieron la potestad de construir, crecer y convertirnos en seres altruistas, con el alma puesta en la vocación de servir.

Hoy estoy convencido de algo: además de ser un pueblo de ideales firmes como las rocas de nuestra sierra, el guajiro avanza lentamente en el conocimiento, pero continúa consumido por un letargo tan profundo como el silencio del desierto al mediodía.

Como dice nuestro himno: ¡ya no más ausencia de gobierno! ¡Ya no más ausencia de liderazgo! Y quizá haya llegado el momento de decir también: ¡ya no más tolerancia frente a lo intolerable!

Vivimos envueltos en una falta de humanidad que nos cubre como una manta sucia, arropándonos con la incapacidad de tomar las riendas de nuestro propio destino. Son precisamente esas decisiones, esas acciones valientes y colectivas, las que podrían convertir nuestra tierra en un territorio de verdadero desarrollo social y sostenible.

Los guajiros parecemos cargar con la peor de las suertes: servicios que se han convertido en heridas que nunca terminan de cicatrizar.

Tenemos un agua que corre por nuestras cañerías sin ofrecernos la seguridad de beberla ni la tranquilidad de utilizarla; agua que debería ser vida, pero que muchas veces nos obliga a desconfiar de aquello que nace de nuestros propios hogares.

Tenemos gas que nace en nuestra propia tierra, un recurso que sentimos nuestro y que, sin embargo, terminamos pagando a precios que parecen oro en las ciudades del interior.

Y tenemos la energía eléctrica, esa luz que debería iluminar nuestros hogares, nuestros caminos y nuestros sueños, pero que en lugar de brindarnos tranquilidad muchas veces nos la arranca de las manos.

Es un servicio que nos atropella como una tormenta sin lluvia; que nos golpea como el viento cuando levanta el polvo y lo arroja sin rumbo; que nos roba el sueño, la paciencia y hasta la esperanza de vivir dignamente en nuestra propia tierra.

Vivimos lo invivible y, aun así, intentamos convencernos de que todo está bien. Nos repetimos que pronto pasará, que algún día cambiará, como si esperáramos que el sol decidiera salir de noche.

Pero un pueblo no puede acostumbrarse eternamente a sobrevivir.

Hoy convoco al civismo guajiro.

Seamos capaces de defender nuestros derechos como lo hicieron nuestros ancestros; aquellos que, en medio de la penumbra más oscura y bajo las humillaciones más crueles, encontraron la fuerza necesaria para romper las cadenas del yugo.

¡No más!

¡No más humillaciones!

¡No más indiferencia!

¡No más servicios deficientes tratados como si fueran un favor!

No podemos permitir que quienes tienen la responsabilidad de servir terminen convirtiendo las necesidades de un pueblo en simples cifras, mientras nuestras familias soportan las consecuencias.

No les pedimos privilegios. Exigimos dignidad.

No queremos regalos. Queremos servicios de calidad.

No reclamamos lo que no nos pertenece. Reclamamos aquello que por derecho corresponde a una tierra que también aporta, trabaja, produce y sostiene.

Y si nuestros líderes y gobernantes no son capaces de alzar la voz con la fuerza que exige este momento, entonces debemos demostrar nosotros que el pueblo guajiro tiene voz.

Una voz tan poderosa como el viento que atraviesa la sabana.

Una fuerza semejante al río que insiste en abrirse camino.

Un coraje nacido de generaciones que aprendieron a defender lo suyo.

Los guajiros nacemos con coraje en las venas y tesón en el pecho. Llevamos en la sangre la memoria de quienes nunca aceptaron fácilmente qué otros decidieran por ellos.

Esta tierra es tuya, guajiro.

Es tuya la guajira.

Defiendela con civismo, con conocimiento, comunidad y con dignidad.

Que se respeten nuestros derechos.

Que nadie envuelva a vulnerar nos.

Que nuestros hijos no tengan que heredar nuestra misma lucha.

Porque un pueblo que conoce su historia no debe resignarse a repetirla.

Y aunque nuestro grito parezca perderse entre la Inmensidad del desierto, aunque el viento intenta llevarse nuestras palabras y la arena pretenda sepultar las, seguimos hablando

Porque nuestro grito no es silencio.

Nuestro grito es memoria.

Nuestro grito es dignidad.

Nuestro grito es guajira.

Y algún día, ese grito será tan fuerte que hará temblar hasta las dunas que parecían eternas.

 

Osmel Campuzano

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