En Colombia, la violencia no sólo ha asesinado cuerpos, también ha despojado almas. Durante décadas, el conflicto armado ha sido una maquinaria de despojo silencioso pero sistemático, que expulsó a millones de campesinos de sus tierras fértiles, sus ríos, sus montañas y, sobre todo, de sus formas de vida. Esta tragedia no fue sólo el resultado de enfrentamientos entre actores armados, sino también de un proyecto más amplio: uno que buscó domesticar el campo bajo el nombre de “progreso”, mientras encadenaba al campesinado a una ilusión construida entre concreto, hacinamiento y miseria.
El desplazamiento forzado —más de ocho millones de víctimas según cifras oficiales— no fue un daño colateral, fue desde mi modo de ver, una estrategia o una casualidad perversa. El despojo de tierras coincidió con intereses económicos, extractivos y urbanísticos. Las balas y las amenazas hicieron lo que el mercado no pudo: sacar al campesino de la tierra para abrirle paso a monocultivos, represas, minería o, simplemente, a la especulación inmobiliaria. Lo trágico es que a quienes se les arrebató su territorio, también se les inoculó una idea perversa: que abandonar el campo y llegar a la ciudad era avanzar; que el cemento, el ruido, la velocidad y el consumo eran los signos de una vida moderna y digna.
Pero lo que encontraron en las ciudades no fue progreso, fue supervivencia. Asentamientos informales, cinturones de pobreza, servicios precarios, violencia urbana y una nueva forma de exclusión. El campesino, antaño productor y cuidador de la tierra, fue reducido a fuerza de trabajo barata, marginal y olvidada. Su saber ancestral se volvió inútil en una urbe que ya no entiende ni valora la conexión con la naturaleza, el tiempo lento ni el arraigo a un lugar.
Este proceso destruyó no sólo economías, sino identidades. Se rompió la relación sagrada entre el ser humano y la tierra. Se desarticularon familias, se deshilacharon comunidades, se fragmentaron culturas que habían encontrado en el campo no sólo un sustento, sino un sentido. La ciudad, que debía ser refugio, se convirtió en una nueva trinchera de violencia estructural.
Hoy, lo más doloroso es que esta lógica sigue vigente. La modernidad sigue vendiéndose como una promesa sin alma. Las políticas públicas siguen favoreciendo el centralismo urbano. Y el campesinado —pese a alimentar al país— sigue siendo invisibilizado y marginado. La pérdida no es sólo del campesino; es de todos. Porque al romperse ese vínculo con la tierra, se nos fue también la posibilidad de una vida más sensata, más armoniosa, más verdadera.
Colombia no podrá sanar mientras no reconozca esta herida. Mientras no dignifique el campo, no restituya el territorio, no valore el conocimiento campesino y no cuestione la falsa promesa del cemento como sinónimo de civilización. El verdadero progreso está en volver a la raíz. En recordar que sin tierra no hay alimento, sin comunidad no hay humanidad, y sin naturaleza no hay futuro.
José Jorge Molina Morales

