Hay una conexión que Colombia no puede darse el lujo de perder: la que existe entre el país y quienes trabajan la tierra.
Esa conexión se puede reforzar con una idea poderosa y sencilla: hacer del campo un lugar donde producir bien permita prosperar.
El campesino tiene que sentirse parte del proyecto económico del país. Tiene que saber que su trabajo no solo es valorado en el discurso, sino que puede convertirse en crecimiento, innovación y bienestar para su familia y su región.
Ahí existe una enorme oportunidad.
Colombia tiene territorios profundamente distintos entre sí. Cambian los climas, los suelos, las alturas, las tradiciones productivas y las posibilidades de acceso a distintos mercados. Esa diversidad no debería verse como una dificultad para diseñar una política nacional, sino como una de nuestras mayores ventajas.
No todas las regiones tienen que producir lo mismo.
Por el contrario, podríamos avanzar hacia la creación de focos regionales de productividad, identificando aquello en lo que cada territorio tiene mejores condiciones para sobresalir y construyendo alrededor de esa vocación cadenas productivas cada vez más sofisticadas.
Una región con condiciones excepcionales para el cacao no debería limitarse a producir cacao. Puede desarrollar transformación, chocolatería, empaques, marcas locales, investigación, turismo y canales propios de comercialización.
Lo mismo puede ocurrir con las frutas, el café, los lácteos, la ganadería, las flores, los productos forestales o cualquier actividad que encuentre en determinado territorio una ventaja especial.
El objetivo debe ser pasar de producir materias primas a construir agroindustrias regionales.
Eso significa pensar más allá de la cosecha. Significa conectar al productor con tecnología, conocimiento, crédito, infraestructura, centros de transformación y mercados. Significa lograr que una mayor parte del valor generado por un producto permanezca precisamente en la región donde nació.
También significa innovar.
Una política agrícola moderna no debería preguntarse solamente cuánto podemos producir, sino qué podemos producir mejor, qué podemos transformar, qué podemos diferenciar y qué podemos vender al mundo con una identidad propia.
Esa visión puede además fortalecer algo que Colombia necesita: el orgullo por el campo.
El campesino no debe aparecer en la conversación nacional únicamente cuando hay dificultades. También debe aparecer cuando hablamos de crecimiento, exportaciones, emprendimiento, tecnología y oportunidades.
La productividad puede convertirse en una forma poderosa de conexión.
Cuando una región descubre aquello que sabe hacer especialmente bien, cuando el productor encuentra compradores estables, cuando alrededor de una actividad surgen empresas, empleos y conocimiento, el campo deja de percibirse como un territorio que espera soluciones y comienza a verse como un lugar que las produce.
Ese debería ser parte del mensaje.
Colombia no necesita un campo idéntico de norte a sur. Necesita muchos campos distintos, especializados, innovadores y conectados entre sí.
Y necesita que quienes trabajan en ellos sepan que ocupan un lugar central en el futuro económico del país.
Santiago Torrijos Pulido

