UN MILAGRO REQUIERE FE, PERSEVERANCIA Y CONFIANZA EN DIOS

Juan 2:1-5

Tres días después María, la madre de Jesús, fue a una boda en un pueblo llamado Caná, en la región de Galilea. Jesús y sus discípulos también habían sido invitados. Durante la fiesta de bodas se acabó el vino. Entonces María le dijo a Jesús: —Ya no tienen vino. Jesús le respondió: —Madre, ese no es asunto nuestro. Aún no ha llegado el momento de que yo les diga quién soy. Entonces María les dijo a los sirvientes: «Hagan todo lo que Jesús les diga.

Luego de leer este texto me pregunté: ¿Quién no necesita un milagro de Dios hoy? Creo sin temor a equivocarme que todos, en alguna medida, necesitamos un milagro de Dios… incluso aquellos que parecen tener todas sus necesidades resueltas. Algunos necesitan experimentar el milagro de la salvación; otros sanidad física o emocional, provisión financiera, la restauración de su familia o una respuesta que dé solución a las adversidades que están atravesando. Lo cierto es que, todos necesitamos en algún momento de la vida, la intervención soberana y poderosa de Dios.

Este pasaje de Juan nos remite al primer milagro de Jesús registrado en los evangelios: la transformación del agua en vino durante las bodas en Caná de Galilea. Algo curioso es que, aunque la respuesta de Jesús a María inicialmente parece indicar que no intervendría en el asunto, al final terminó haciendo el milagro.

Jesús sabía que ese suceso sería una manifestación de su ministerio y que, por medio de él, muchos comenzarían a reconocer quién era, de hecho, en Juan 2:11 dice que, al convertir el agua en vino sus discípulos creyeron en Él.

Lo que más llamó mi atención en este capítulo, fue la actitud de María… porque a pesar de la respuesta de Jesús (que parecía más un NO que un SI), hizo caso omiso al regaño y se dirigió a los sirvientes indicándoles: Hagan todo lo que Jesús les diga. Sus palabras y actitud reflejan un nivel de plena confianza en Jesús y la disposición para obedecer sus instrucciones, aun sin saber cómo El resolvería la situación.

De esta historia pude extraer dos enseñanzas aplicables a nuestra vida:

  1. La fe no desiste, no desmaya, no retrocede, no se desanima, ni se quiebra… sino que persevera y confía en el poder de Dios. Al respecto, quisiera preguntarte ¿Cuánto tiempo llevas esperando un milagro? Lo digo, porque puede que, como yo, lleves tanto tiempo en esa espera, que te acostumbraste a esa situación y después de orar durante meses o incluso años, estás pensando: “Que sea cuando Dios quiera”, pero, detrás de esas palabras se esconde el cansancio, la desesperanza, la incredulidad, la frustración o la resignación.

Si bien, es cierto que, debemos aprender a esperar en el tiempo de Dios, porque conoce y sabe mejor que nosotros lo que nos conviene, también es cierto que, esperar en Él no significa claudicar en la fe y mucho menos dejar de insistir en oración.

Obviamente, no es que podamos obligar a Dios a hacer o responder lo que pedimos, en el momento que necesitamos, pero, si debemos ser persistentes, como lo enseñó el mismo Jesús en Lucas 18: 1-8 También les refirió Jesús una parábola sobre la necesidad de orar siempre, y no desmayar, diciendo: Había en una ciudad un juez, que ni temía a Dios, ni respetaba a hombre.  Había también en aquella ciudad una viuda, la cual venía a él, diciendo: Hazme justicia de mi adversario.  Y él no quiso por algún tiempo; pero después de esto dijo dentro de sí: Aunque ni temo a Dios, ni tengo respeto a hombre, sin embargo, porque esta viuda me es molesta, le haré justicia, no sea que, viniendo de continuo, me agote la paciencia.  Y dijo el Señor: Oíd lo que dijo el juez injusto.  ¿Y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche? ¿Se tardará en responderles?  Os digo que pronto les hará justicia. Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?

Y es que, muchas veces como la viuda debemos insistir para ver nuestro milagro e incluso en ocasiones habrá que pelearlos, como lo hizo Jacob, quien en un momento decisivo experimentó un encuentro que partió en dos su historia. En Génesis 32:22-29 leemos que Jacob, después de hacer pasar a su familia y todo cuanto poseía al otro lado del arroyo, se quedó solo, entonces luchó con un ángel hasta el amanecer, cuando este vio que no podía vencer a Jacob, tocó la articulación de su muslo y lo dejó lesionado, a pesar de eso, Jacob se aferró a él y le dijo: «No te dejaré, si no me bendices» (Génesis 32:26).

Después de esto, recibió una nueva identidad… ya no sería llamado Jacob, sino ISRAEL y este nombre llegó a identificar al pueblo que Dios formaría a partir de sus descendientes, es decir que, aquel encuentro personal, no solo tuvo un gran impacto en la vida de un hombre, sino en la historia de una Nación.

Jacob estaba pasando por una gran angustia y temor, ciertamente tenía una necesidad muy grande, en los versículos anteriores, (Génesis 32:7-8) vemos que tenía miedo, ante la noticia de que Esaú venía a su encuentro con cuatrocientos hombres, Él sabía que estaba frente a una situación que superaba sus propias fuerzas… necesitaba un milagro de Dios! Y fue precisamente su desesperación lo que lo impulsó a no soltar al ángel hasta recibir la intervención de Dios en su vida. Entonces te pregunto hoy ¿Qué tan desesperado estás?

La lucha de Jacob nos enseña que hay momentos en los que nuestra necesidad nos requerirá buscar a Dios con una intensidad mayor, reconociendo que sin el estamos perdidos, porque es el único que tiene el poder de cambiarlo todo.

Nuestra certeza al acercarnos a Dios debe ser que, si clamamos Él nos escucha, responderá conforme a su voluntad (Jeremías 33:3) y hará cosas mucho más de lo que pedimos o imaginamos. Por eso, si en este momento aún no ves la respuesta, ¡no dejes de orar ni pierdas la fe! ¡Persiste!

Por otra parte, no todo lo que sucede a nuestro alrededor es visible a nuestros ojos; también hay cosas que ocurren en el mundo espiritual que no podemos percibir.  Un ejemplo de esto lo encontramos en el libro de Daniel 10:12-13, quien, llevaba 21 días clamando y ayunando, recibió la visita de un ángel que le dijo que su oración había sido escuchada desde el primer día. Sin embargo, el príncipe del reino de Persia (entidad espiritual o príncipe territorial del mal) se había opuesto a él durante veintiún días, hasta que el arcángel Miguel, vino en su ayuda.

Esto nos enseña que la aparente demora de una respuesta no significa necesariamente que Dios no nos haya escuchado. Por eso, aunque no entendamos lo que sucede ni veamos resultados inmediatos, no debemos desanimarnos ni dejar de orar, al contrario, debemos perseverar, confiando en que Dios nos escucha y que, aun cuando no podemos verlo, Él sigue obrando.

En resumen, tanto en la historia de Jacob, Daniel y en lo sucedido en las bodas de Caná, hubo situaciones complejas que superaban sus capacidades para resolverlas, pero todos ellos, desafiaron la realidad, no se conformaron con un NO, insistieron, persistieron y vieron la gloria de Dios.

Otra enseñanza que me deja este pasaje se encuentra en las palabras de María: «Haced todo lo que os dijere».

  1. La autoridad de Dios se reconoce y se hace visible a través de la obediencia. María no intentó explicarle a Jesús cómo debía realizar el milagro, ni dio instrucciones sobre lo que tenía que hacer, simplemente dirigió a los sirvientes hacia Él. Su actitud nos enseña que la confianza genuina no busca controlar a Dios, sino disponerse a escuchar su voz y obedecer sus instrucciones.

Esto se relaciona con el principio de autoridad que encontramos a lo largo de las escrituras, que más que una fuente de frases inspiradoras, es la verdad sobre la cual debe reposar nuestra fe, para ser transformados y vivir de acuerdo con la voluntad de Dios. Por eso, cuando atravesamos una situación difícil, no solo debemos perseverar en oración, necesitamos acudir a la palabra para saber qué ha dicho Dios al respecto.

Por ejemplo, si necesitamos provisión financiera, Filipenses 4:19 nos recuerda que Dios suple todas nuestras necesidades conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús.

Si necesitamos sanidad emocional, el Salmo 34:18 nos recuerda que el Señor está cerca de los quebrantados de corazón.  

Si necesitamos guía para tomar decisiones, Proverbios 3:5-6 nos invita a confiar en Dios de todo corazón y a reconocerlo en todos nuestros caminos.

Y si necesitamos experimentar el milagro de la salvación, Juan 3:16 nos recuerda que Dios manifestó su amor a la humanidad al entregar a su Hijo para que todo aquel que cree en Él tenga vida eterna. Este es el mayor milagro que podemos recibir, pasar de muerte a vida por medio de Jesucristo, recibir el perdón de nuestros pecados y comenzar una nueva vida y relación con Dios.

En todos los casos, la palabra de Dios nos conduce a una fe que no se limita a pedir, sino que también confía, obedece y permanece.

En las bodas de Caná, los sirvientes obedecieron las instrucciones de Jesús antes de comprender plenamente lo que estaba sucediendo y antes de ver el milagro. Juan 2:6-8 dice que Jesús les ordenó llenar de agua las tinajas y luego llevarlas al encargado del banquete, ellos simplemente obedecieron no cuestionaron que tenia que ver el agua con el vino, ni para que los mandaban a llenar las tinajas con agua.

El milagro se materializó porque hubo alguien que obedeció la instrucción, demostrando que la obediencia es lo que nos permite ver la manifestación poderosa de Dios, incluso cuando todavía no entendemos lo que está haciendo. Y esto es fundamental, porque nuestra tendencia es: ver primero y después obedecer, o sea queremos ver los milagros sin seguir la instrucción de Dios por que todo lo razonamos, queremos tener todas las respuestas, conocer cada detalle y encontrar una explicación lógica antes de dar el siguiente paso. ¡No esperes ver para obedecer; obedece para ver la intervención de Dios en tu problema!

En conclusión, las bodas de Caná nos enseñan que podemos presentar nuestras necesidades delante de Dios con confianza, perseverar en la oración, aunque no veamos su respuesta inmediata, permanecer atentos a su instrucción para obedecerla y que la fe verdadera no depende de que Dios responda como esperamos, sino de confiar, aun cuando no llegué su respuesta o esta no se ajuste a nuestra expectativa.

La invitación hoy es a examinar ¿qué situación llevas tanto tiempo presentando delante de Dios que has comenzado a perder la esperanza? ¿Cuál es esa carga, problema o angustia que no te deja vivir? ¿Hay alguna promesa que necesites recordar, alguna instrucción que debas obedecer o algún temor que debas entregar a Dios?

No permitas que el cansancio te quite las ganas de orar, ni que la incertidumbre te haga olvidar la fidelidad de Dios, ¡persevera! Porque nuestra mayor seguridad no está en saber cuándo llegará el milagro ni conocer cómo actuará Dios, sino en saber que creemos en aquel que no defrauda nuestra fe.

Hebreos 11:6: «Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan».

Juan 11:40: «Jesús le dijo: ¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?».

 Marcos 9:23: «Jesús le dijo: Si puedes creer, al que cree todo le es posible».

 

Vicky Pinedo 

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