AÑORANZAS

Aún conmovido en alto grado por las memorables gestas de Simón Bolívar, el más grande héroe americano, parecía haber vuelto a tomar consciencia de mi lugar en el mundo. Y al salir en esta ocasión por el costado oriental de la plaza, conversaba con mi padre sobre la esperanza de cosechar en el futuro resonantes éxitos en el mundo de la política o en el del derecho. Ir al congreso a exponer en las plenarias mis conceptos sobre cómo deberían estar organizados los distintos poderes públicos, era un anhelo tan presente en mi alma que parecía poder alcanzarlo con un impulso leve de la voluntad. Todo aquello tenía los visos de ser un gran arranque de euforia, como paliativo eficaz a mis desgarramientos interiores o una de las tantas travesuras incómodas de lo que en secreto llamaba mis veleidosos ángeles de fuego. El único propósito en el camino era estar algún día en el salón elíptico frente al lienzo de Simón Bolívar, mientras echaba al vuelo mis palabras convertidas en llamas abrasantes, como había ocurrido antes con los oradores del foro en el Capitolio Nacional. La mente, ahora perdida en el mar de las nostalgias, surgido de la imaginación desenfrenada, buscaba, como siempre, cuando era presa de angustias inenarrables, las sensaciones plácidas de los sentidos, imposibles de gozar para mí por el momento, obtenidas otrora sin grandes esfuerzos en las poblaciones alegres de las llanuras inmensas de la costa, en las noches festivas con los amigos íntimos o en los bailes populares con las mulatas agraciadas de los pueblos en sus convites. Y con la voz algo cortada por la emoción me pregunté a mí mismo, sin mostrar a nadie las tristezas de mi espíritu, arrugado ahora por las brumas grisáceas esparcidas en el cielo, el porqué de aquellas sensaciones perturbadoras en el alma. Pensaba en la figura ahora distante de mi madre, poco dada a las conversaciones ajenas a los quehaceres de su casa, pensaba en los amigos del colegio, quienes también andaban en la afanosa búsqueda de un lugar en el escenario de la vida, pensaba en los partidos de fútbol durante las tardes del domingo en el estadio municipal, pensaba en el sol brillante de Cartagena o Santa Marta cuando con mis primos me iba un fin de semana a descansar de las ocupaciones académicas, pensaba en los maizales generosos de mi padre, sembrados por las manos rudas de los campesinos en los potreros antes destinados al barbecho, pensaba en las cabalgatas emotivas de las horas del crepúsculo cuando regresaba de ver las vacas echadas sobre los pastizales o el estado de las cercas en la finca, pensaba en la biblioteca de mi padre, en mis libros de novelas espléndidas, narradas por las plumas españolas más excelsas, según el criterio de los agustinos, con quienes había aprendido a conocer la magia seductora de los escritores de la generación del 98 o del Siglo de Oro Castellano, pensaba también en mi música, compuesta para la diversión pura del espíritu, pensaba en los momentos gratos cuando escuchaba los violines con el deleite del profano, pensaba en las largas veladas de música en el salón contiguo a la biblioteca o en aquellas paredes de grises claros en donde sólo había espacio para colgar el retrato al óleo del papa Pío XII con un jarrón de azucenas blancas a sus pies.

Idy Bermúdez Daza

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