ASÍ QUEDÓ EL CAPITOLIO: ENTRE LA BIPOLARIDAD POLÍTICA Y EL RIGOR DE LA SILLA VACÍA

La reciente jornada electoral ha ratificado la solidez de las instituciones democráticas del Estado, consolidando un Congreso de la República caracterizado por una marcada pluralidad, pero articulado bajo una dicotomía ideológica plenamente definida. Con un caudal sufragante que superó los 20 millones de ciudadanos y una participación cercana al 50 %, el sistema democrático colombiano evidencia una movilización social significativa en un contexto de profunda polarización política. Por un lado, la convergencia de fuerzas de izquierda bajo la denominación del Pacto Histórico logró una representatividad de 25 escaños en el Senado mediante el respaldo de 4.413.636 votos; en contraposición, el Centro Democrático obtuvo 17 curules con un apoyo de 3.035.715 sufragios. Esta configuración, que concentra 42 senadores de los 102 que integran la corporación en solo dos colectividades, dota de una mayor coherencia y rigor programático al ejercicio de la función legislativa, mientras que las personerías jurídicas de raigambre histórica (Liberal, Conservador, Cambio Radical, de la U y Alianza Verde) experimentan una ostensible contracción en su representación parlamentaria.

En lo que respecta a las coaliciones minoritarias, el Partido MIRA y el Nuevo Liberalismo alcanzaron tres curules, cifra equiparable a la obtenida por Salvación Nacional, cuya línea ideológica se proyecta como un aliado natural de la oposición para el próximo cuatrienio. Es imperativo señalar la extinción de la representación del partido Comunes, surgido de los acuerdos de paz, que tras ostentar cinco escaños en el periodo precedente por disposición transitoria, desaparece del escenario legislativo al no alcanzar el umbral electoral requerido. Este fenómeno permite inferir que el incremento en la representación del oficialismo se deriva, en gran medida, de la absorción del capital político que anteriormente detentaba dicha colectividad. Por su parte, la Cámara de Representantes replica esta estructura binaria, donde el Pacto Histórico y el Centro Democrático se consolidan como los bloques predominantes con 44 y 29 curules respectivamente, si bien en esta corporación se percibe con mayor intensidad la persistencia de los poderes territoriales y las estructuras de gestión política tradicional.

La recomposición del mapa político nacional no solo es cuantitativa, sino cualitativa, manifestándose en el desplazamiento de figuras de larga trayectoria por nuevos liderazgos surgidos del activismo digital. Este relevo generacional responde a una mutación en los vectores del discurso público, donde los derechos de tercera y cuarta generación (como el imperativo ambiental, la protección animal y la pluralidad social) han desplazado a las retóricas convencionales. No obstante, este avance democrático coexiste con prácticas persistentes de clientelismo y corrupción al sufragante que desvirtúan la pureza del voto. En este escenario, la integridad del Congreso se ve nuevamente interpelada por la actuación de la Sala de Instrucción de la Corte Suprema de Justicia, la cual, al imponer medidas de aseguramiento contra los congresistas electos Wadith Manzur y Karen Manrique, activa la sanción constitucional de la silla vacía. Dicha figura técnica impide que las vacantes sean suplidas por otros miembros de la lista, castigando así la responsabilidad institucional del partido que otorgó el aval. En última instancia, la fragmentación del Legislativo en dos grandes bloques dialécticos no supone un debilitamiento del ordenamiento, sino que fortalece el sistema de pesos y contrapesos, garantizando que la deliberación sea el eje rector frente a cualquier intento de hegemonía política en la antesala de la elección presidencial.

A pesar de que el debate electoral se desplazará gradualmente hacia el análisis de las variables macroeconómicas, la configuración del Poder Legislativo permanecerá inalterada como el marco de referencia para la gobernabilidad. Resulta imperativo comprender que ni la instalación de las nuevas células legislativas el próximo 20 de julio, ni la posterior asunción del mando presidencial el 7 de agosto, supondrán una ruptura absoluta o un «borrón y cuenta nueva» respecto al entorno regulatorio y el rol de la iniciativa privada. Las dinámicas de interacción entre el Estado y el sector empresarial, consolidadas durante el actual periodo, persistirán como realidades ineludibles para la administración entrante, independientemente de su filiación ideológica.

Un Congreso caracterizado por la fragmentación no debe interpretarse como un órgano inoperante o sumido en la parálisis legislativa. Si bien la presente legislatura se ha distinguido por ejercer un riguroso control político y actuar como contrapeso institucional, la consolidación de una agenda que promueva el desarrollo empresarial no es una consecuencia automática, sino un proceso de construcción deliberada que requerirá de una interlocución técnica y estratégica por parte de los gremios.

El mandato conferido por el constituyente primario en estos comicios no se fundamenta en la exigencia de reformas estructurales de carácter rupturista; por el contrario, el escenario proyectado se inclina hacia una dinámica de negociación transaccional y la producción de reformas incrementales de naturaleza heterogénea. Bajo esta premisa, el sector privado debe trascender la visión del actual cuatrienio como un mero paréntesis cronológico. La interrogante fundamental para el empresariado no radica en la afinidad con este entorno de concertación constante, sino en su capacidad adaptativa para operar y asegurar la seguridad jurídica dentro de un ecosistema político que privilegia el consenso sobre la imposición.

Junior Santiago Fragoso Araujo

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Un comentario de “ASÍ QUEDÓ EL CAPITOLIO: ENTRE LA BIPOLARIDAD POLÍTICA Y EL RIGOR DE LA SILLA VACÍA

  1. Luisa S. dice:

    julio 15, 2025
    Esta es la historia de cómo Uribe quiso demandar a Iván Cepeda y terminó envuelto en el problema de su vida
    Picture of Iván Gallo
    Iván Gallo

    Hay poca claridad sobre las razones por las que Uribe se convirtió en el primer presidente de la historia de Colombia en estar metido en un juicio. Lo que está claro es que todo le resultó como en un efecto boomerang. En el año 2014, Uribe era senador del recién creado partido Centro Democrático. Obtuvo una votación récord y aún tenía cotas de favorabilidad muy altas. Se encontraba en un toma y dame extremadamente duro con Juan Manuel Santos, a quien consideraba un traidor por la decisión que tomó de buscar la paz con las FARC. Uno de sus grandes contradictores era Iván Cepeda, quien ese año decidió hacer un debate público porque tenía testimonios muy fuertes y claros de exparamilitares, como Juan Guillermo Monsalve, que comprobarían que el líder del Centro Democrático estaría, junto con su hermano Santiago, detrás de la creación del Bloque Metro de las AUC.

    La reacción de Uribe fue denunciar ante la Corte Suprema de Justicia a Iván Cepeda por una supuesta manipulación de testigos en su contra. Uribe sostenía que Monsalve había hablado motivado por la obtención de beneficios prometidos por Cepeda. Monsalve es hijo de quien fue el capataz de la Hacienda Las Guacharacas, finca comprada por Alberto Uribe Sierra, en 1978, y en donde este fue asesinado en 1983. Así que su versión es que, dentro de Las Guacharacas, se formó y entrenó a paramilitares.

    Durante cuatro años, la Corte guardó silencio sobre la denuncia de Uribe. Mientras tanto investigaban. En 2018, sorprendió el fallo: mientras no encontraban razones para culpar a Cepeda, decidieron absolverlo de cualquier crimen. Lo que no esperaba el expresidente es que se abriera una investigación contra él, precisamente por lo mismo que había acusado a Cepeda: manipulación de testigos. Al entonces senador no le quedó de otra que renunciar a su curul, para no ser investigado por la Corte, sino por la justicia ordinaria ya sin fuero. En ese momento, el presidente era alguien cercano a él, Iván Duque, y el fiscal también era otro de sus pupilos, Francisco Barbosa.

    Siendo senador, a Uribe se le complicaba el panorama. En 2020, en plena pandemia, el país y el propio expresidente vivieron una situación impensable: Uribe fue arrestado por orden de la Corte Suprema de Justicia. Esto sucedió el 4 de agosto de ese año. El entonces presidente de la Sala Especial de Instrucción, encargada de investigar a congresistas, Héctor Alarcón, explicó ante el país las razones de la histórica decisión: “La providencia fue adoptada con base en un riguroso estudio jurídico sobre la realidad procesal, que indica posibles riesgos de obstrucción a la justicia”. Ahí es donde Uribe decide renunciar a su curul como senador y esperar a que la Fiscalía tomara su caso.

    En dos ocasiones la defensa del expresidente —comandada por los eternos abogados Jaime Lombana y Jaime Granados— pidió la preclusión para este caso. Pero no lo consiguieron. Lo peor para Uribe fue que en 2022 saliera elegido Gustavo Petro. Con él terminó saliendo de la Fiscalía Francisco Barbosa. La llegada de Luz Adriana Camargo Garzón a la Fiscalía le significó a Uribe que se eligiera a una jueza imparcial, dura, que lo ha puesto en su lugar cuando ha querido dar cátedra. Además, hubo celeridad en la fecha de emisión del fallo que será el próximo 28 de julio. La defensa del expresidente, obviamente, se ha quejado de la jueza Heredia, alegando que no ha sido imparcial.

    De esta manera, Uribe, quien hace más de una década tenía la certeza de que era el hombre más poderoso del país, terminó enredado en este lío monumental que podría acabar con su carrera política.

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