DE LAS PROPORCIONES DEL RON Y LAS VITUALLAS

En días pasados tuve el inmenso deleite de compartir un almuerzo dominical con unos excelentes contertulios: El ilustre galeno  vallenato JOSE CALDERON BRUGES,  quien se destaca con singular brillo profesional  como médico en la Universidad de Yale, una de las más prestigiosas de Estados Unidos; con el sanjuanero autoexiliado en Miami, VICTOR SOTO DAZA, quien fue tal vez el primer acordeonero que tuvo Rafael Escalona en su larga vida de bohemio errante y con los dueños de la casa donde se brindó el almuerzo, el gringo GEOFF  RANDALL,  nativo de Patillal, Michigan, como lo solía presentar Escalona a sus amigos,  y su esposa CHAPY MEDINA, la autora del sancocho que convirtió  aquella tarde de domingo en una deliciosa añoranza provinciana.

Jose Calderón había venido de Connecticut, donde reside, especialmente a visitar a su amigo Víctor Soto. Y Chapy, desde Valledupar, fue informada de esta visita. De manera que este desplazamiento de Calderón para visitar a su amigo Soto en Miami le cayó a Chapy como pedrada en ojo tuerto para organizar un almuerzo-tertulia en un dos por tres. Y como Ivonne y yo somos frecuentadores del patio de los Randall, entonces nuestra presencia era una circunstancia esperada. Y sin más arandelas se produjo un encuentro de provincianos en Miami alrededor de varias botellas de Old-Parr que Calderón se encargó de desocupar a una velocidad de vértigo.

Durante largo rato conversamos de temas diversos, especialmente de canciones, de autores, de cantores y de ejecutores vallenatos. Ante una solicitud mía, Víctor Soto se colgó el acordeón e interpreto “Rosangelina”, la bella pieza del compositor venezolano Juan Vicente Torrealba; incluida la anécdota ya lejana, cuando la toco en una parranda en Urumita azuzado por el público que aquella noche presencio un mano a mano fenomenal entre Víctor Soto y Colacho Mendoza.  A partir de ese momento, Colacho le dispenso a esa canción un cariño especial. El mismo la llevo al acetato en 1965 y después la grabo nuevamente con Jorge Oñate en 1976, en la larga duración titulado “El Campesino Parrandero”.

De repente la tertulia de la parranda dio un giro hacia la comida, tal vez por la tardanza del sancocho y el empecinamiento de Calderón en mantener la misma velocidad en el consumo etílico.  Entonces aproveche para relatarles una anécdota ya lejana, relacionada con este tema. Era nuestra época de estudiantes universitarios y yo acompañaba a mi Papa durante uno de sus frecuentes viajes a Valledupar. En esa ocasión estaba acompañado de Christian Parodi, mi vecino y amigo de toda la vida. Era un 22 de diciembre por la tarde. Ya casi nos despedíamos de mi abuela Acha Ariza y de mis tías antes de salir para San Juan. Estábamos en la puerta de la calle en amplia y extendida tertulia familiar. De repente mi tío político Gabriel Socarras Bendeck, a la sazón esposo de mi tía María Cristina Cuello, se dirige a mí con una deliciosa parsimonia en el tono de su voz y con una sonrisa serena y contagiosa que tenía la magia de producir una instantánea sensación de placidez:

“Landy, ya tengo todo listo para el 24: un pernil de cerdo, dos pavos rellenos, 18 pasteles, una palangana de chicharrones, una bandeja con ensalada de papa, un caldero de arroz con camarones y dos botellas de Buchanan’s”

Cristian, que atento escuchaba la detallada exposición del menú navideño que Socarras describía con la evidente intención de despertar nuestra envidia, exclamo de inmediato: “Esa es mucha comía pa’ poco whisky”.

A estas alturas del relato ya estábamos actuando como comensales en la mesa de los Randall, dando buena cuenta del sancocho preparado por Chapy.  Y entonces Víctor Soto nos refirió el relato antónimo del cuento de Socarras:

Resulta que dos amigos, intensamente aficionados a la bebida, compartían un gélido anochecer en Nueva York.  Era un domingo a la hora del crepúsculo. Después de beber durante todo el día, solo les quedaba un dólar en sus arcas. Tenían hambre; pero tal vez las ganas de beber eran más grandes que las ganas de comer. Y resolvieron que comprarían queso y ron, con el dólar que les quedaba. Y uno de ellos se dispuso a cumplir con la tarea de la adquisición del ron y la vitualla.

“Invierte ese dólar como mejor te parezca”, le dijo el que se quedaba esperando.

El emisario salió de compras. Y apenas su compañero lo aguaito en la distancia, cuando venía de regreso, le espeto ansioso la pregunta:

“Aja, ¿y al fin que compraste con el dólar?”

“Bueno, …compre 90 centavos de ron y 10 centavos de queso”

A lo que el compañero le responde:

“Caaarajo! … ¿Y eso no será como mucho queso?”

Orlando Cuello Gámez

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