EL MARGEN DE ERROR

La estadística es una ciencia que nos ha servido para mucho en este globo. Acumula tendencias, facilita análisis de mercados, colabora en la gestación de políticas públicas, muestra los gustos de consumo y, en materia electoral, le da foco a los temas que importan a los electores para que se concentren las propuestas de los aspirantes e ilustra a los votantes sobre cómo se mueve el total de quienes tienen la decisión de su futuro en sus manos.

Nada sirve para todo, nos decía Mafalda, con absoluta razón. De ahí que esa relatividad de las conclusiones estadísticas se vea empañada a veces por los desvíos que se producen cuando se hace el cotejo de lo pronosticado con lo efectivamente sucedido. Pero hay siempre una válvula de escape de esas diferencias: el margen de error, ese espacio de que, en un breve margen, las proyecciones puedan desacertar aun cuando se hayan construido con todo rigor técnico.

Del margen de error estadístico al político hay mucho trecho. Podemos equivocarnos, como es casi una constante que demuestra lo humanos que somos, pero tendremos que vivir con las consecuencias. La persistencia en el fallar no es precisamente una cualidad.

He tenido mi pronóstico expuesto de ver favorecido al ingeniero por muchas razones, pero según todas las encuestas, hay un empate “técnico” entre Rodolfo Hernández y Gustavo Petro. La realidad de esas mediciones es que hay posibilidad de que gane cualquiera de los dos, según se muevan los indecisos, es decir, los que anuncian voto en blanco al día de hoy, y según sea la interpretación del comportamiento de los candidatos esta última semana para asustar – ¿más?- a votantes colombianos.

¿Quién fallará el domingo 19? ¿Cuál es el margen de error de los jóvenes?

¿de los mayores?

La juventud, hoy mayoritariamente con Petro, vota con emociones diferentes a las de los mayores. Buscan protestar, sacudir estructuras, mover el piso del establecimiento para acelerar el paso a un estado diferente y mejor balanceado socialmente que aquel que vivimos. Siempre han querido, ambicionado realmente, la apertura de oportunidades con la urgencia que se tiene a esa edad en la que pretendemos saltarnos varias etapas de la vida para volvernos exitosos de repente, ricos, felices y llenos de fortuna. La esperanza de que sus propuestas de reemplazo de clase dirigente por lo peor de esa clase que se agrupó alrededor del candidato del Pacto Histórico no satisfaría estas pretensiones juveniles. De otro lado, la educación, que debe ir como tarea previa a las oportunidades laborales y de trabajo, no se destaca como una estrategia seria en sus planteamientos. Sería un margen de error político lamentable de quienes tienen el futuro del país en sus hombros. Por otro lado, nos llevaría a que en el caso de Petro terminara el líder del PH por montar un tinglado de ensayos de gobierno como lo hizo en la Alcaldía de Bogotá, cuando puso la estatización como bandera en servicios públicos. Que desbarate la estructura de varias de las empresas que dependan del gobierno y que abra unos espacios de subsidios de tal magnitud que recargue las finanzas del país de forma incontrolada.

Las emociones que, ya reposadas, llevan a las urnas a quienes han experimentado unos cuantos años de trabajo y luchas por avanzar en la vida, son muy otras. Hoy favorecen al ingeniero Rodolfo Hernández. Pesan en ellos el rechazo a los quistes desaforados por el dinero público que vemos, algunos reprimidos por la justicia, pero muchos otros aventajados en sus vínculos para entorpecer su identificación en procesos, pero con inocultables rastros en la sociedad. Queremos que se acaben.  Pacientemente le hemos dado oportunidades al régimen que se purgue, que expulse con mayor decisión los perversos de las escaleras del poder, pero el resultado es lánguido, parsimonioso, lamentable. Que los erradique quien tiene la verdadera opción de hacerlo, el ingeniero Hernández en esta etapa de la vida colombiana, al llegar verdaderamente liberado de ataduras, como lo hemos observado. Los adultos tienen otra característica: desconfían del sistema propuesto por Petro de incrementar gasto público, con su necesario aumento en recaudos, que termina pagando la clase media, como es evidente en la historia tributaria colombiana. A estas alturas, saldrán a votar más con miedo, que con entusiasmo.

Los impulsos del corazón joven ojalá sean contenidos por la reflexión y la ponderación que la mayoría de colombianos demuestre el 19 de junio. Saldré a votar, con el corazón de patria, con la convicción de que no hay rutas sanas en las cartas de navegación de Petro. Y con la esperanza de que los estribos de Rodolfo se afiancen en su montura, para que module sus tendencias explosivas. Esto es más fácil de lograr que conseguir un Petro sin altisonancias desbordadas y maniáticas.

Nelson R. Amaya

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