Entre la incoherencia del CTA, la miopía de la sala VAR y la pérdida absoluta del sentido común, el comité arbitral está destrozando la credibilidad de La Liga Española.
Hay una frase no escrita que flota sobre los estadios del fútbol “La tecnología iba a salvar al arbitraje” pero la interpretación humana lo terminó condenando. Durante años nos vendieron la llegada del VAR como el nacimiento de una era de equidad y precisión. Nos prometieron que el “error manifiesto” pasaría a ser una anécdota del pasado y que los partidos se decidirían exclusivamente en el césped, libres del factor humano. Hoy, la realidad de LaLiga nos muestra un panorama desolador, el colectivo arbitral no solo atraviesa una crisis de credibilidad alarmante, sino que habita en una constante y vergonzosa contradicción donde el sentido común ha sido completamente desterrado.
El síntoma más evidente e insólito de esta descomposición es el modus operandi del Comité Técnico de Árbitros (CTA), con el famoso recurso de la Nevera. La dinámica se ha vuelto descaradamente grotesca. Un árbitro dirige un partido crucial el fin de semana, toma decisiones inverosímiles que alteran el resultado de un encuentro y al día siguiente, en las filtraciones de prensa o en los análisis a puerta cerrada, el propio comité califica su labor como “correcta” o “dentro de los márgenes de interpretación”. Sin embargo, llega la siguiente jornada y ¡sorpresa!: el colegiado en cuestión, desaparece del mapa o es enviado al aislamiento de la sala VAR por tiempo indefinido. Así esperan que baje la marea, pero…
¿En qué quedamos? Si la actuación fue tan buena, ¿por qué se le castiga en el congelador? Y si fue tan deficiente como para justificar una sanción interna, ¿por qué el CTA se obstina institucionalmente en no admitir el error en público? Esta doble moral es un insulto a la inteligencia del aficionado. En lugar de utilizar la autocrítica para generar transparencia, el sistema prefiere sancionar a escondidas para amortiguar el ruido mediático, enviando un mensaje esquizofrénico a los propios colegiados, no importa si aciertas o fallas según el reglamento, lo único que importa es la cantidad de polémica que generes en los medios.
Pero la contradicción no se queda en las oficinas, se traslada al césped en la forma más alarmante posible: la absoluta incapacidad para proteger la integridad física de los futbolistas.
¿Cómo es posible que con decenas de cámaras de alta definición, tiros de cámara desde todos los ángulos imaginables y repeticiones a 240 fotogramas por segundo, un jugador pueda salir lesionado del campo por una entrada a destiempo y el arbitraje ni siquiera considere que ha habido falta? Es el colmo del absurdo, estamos presenciando partidos donde se detiene el juego durante cuatro minutos para revisar si la uña del delantero rozó el talón del defensa, señalando penaltis rigurosos o rojas directas por contactos microscópicos congelados en un fotograma, mientras que entradas violentas, llegadas tardías o acciones que terminan con un futbolista en la enfermería son despachadas con un indolente «siga, siga».
Aquí es donde la tecnología deja al desnudo la falta de criterio. El VAR no nació para buscar «micro-faltas» a cámara lenta descontextualizadas de la dinámica del fútbol, se implementó para impartir justicia y, sobre todo, para castigar la violencia y la temeridad. Cuando las cámaras están más ocupadas buscando un pisotón involuntario en el centro del campo que evaluando la gravedad de un choque que deja a un profesional lesionado, el sistema ha fracasado en su cometido más básico. Se ha cambiado el sentido común futbolístico por un marco de reglas burocrático, frío e insensible al juego real.
Y aunque este desamparo afecta a todos en el campo, la factura de esta incompetencia tampoco se reparte con la misma equidad.
Los equipos grandes sufren estos errores, por supuesto. La diferencia es que cuando el perjudicado es un gigante, la maquinaria mediática se activa instantáneamente con comunicados, vídeos denunciando persecuciones, ruedas de prensa incendiarias y el escrutinio de millones de personas. Los grandes tienen altavoces de un calibre insoportable para el comite arbitral, un error grave contra ellos le cuesta la cabeza al árbitro esa misma noche.
En cambio, cuando la víctima de la negligencia es un equipo modesto, esos clubes que no acaparan minutos de pantalla ni portadas, el impacto mediático dura apenas 30 segundos. Para un equipo pequeño, que la sala VAR mire hacia otro lado ante una lesión o pase por alto un penalti clamoroso no es perder tres puntos en la lucha por el título, es jugarse un descenso, la pérdida de decenas de millones de euros o la estabilidad financiera de toda una institución. Pero es un tema que pocos mencionan.
El arbitraje español ha creado un modelo asimétrico e incomprensible. La sala VAR, concebida para aportar luz y datos objetivos, se ha convertido en una habitación de sombras donde nadie sabe a ciencia cierta qué es mano, qué es falta leve o qué es contacto suficiente. Las circulares de principio de temporada prometiendo proteger al espectáculo y sancionar el juego brusco se evaporan en cuanto rueda el balón.
Lo verdaderamente intolerable no es que los árbitros se equivoquen, errar es de humanos y es comprensible. Lo intolerable es la falta de criterio único, la soberbia institucional y la pérdida de la lógica más elemental. Si el CTA no es capaz de unificar criterios entre sus empleados, si no se usa la tecnología para proteger la salud de los jugadores y si la única respuesta a las meteduras de pata es esconder a los jueces en la nevera mientras públicamente se niega la evidencia, el fútbol español seguirá hundiéndose en la desconfianza.
Es hora de que el Comité Técnico de Árbitros baje a la tierra, recupere el sentido común futbolístico y trate con el mismo rigor y la misma protección la integridad de cualquier jugador en cualquier campo de la categoría. Mientras eso no ocurra, LaLiga seguirá teniendo un arbitraje a la deriva donde la única constante es la perplejidad del espectador. Lo digan como lo digan, con su burocracia y su falta de criterio, están manchando el fútbol.
Toda esta situación resuena de mayor manera, porque se trata de una liga importante a nivel mundial, pero no están exentas otras ligas como la BetPlay, que constantemente genera polémicas en relación con fallas técnicas, cuestionamientos del nivel de los jueces y falta de transparencia en la publicación de audios. ¿El VAR ayuda? ¿O está creando un patrón que perjudica al futbol a nivel mundial?
Cynthia Ramos

