Experiencias contadas…

El jueves por la mañana el frío era desolador. Las nubes grises en el cielo anunciaban con su enigmática presencia un día de lluvias profusamente largas, como habían sido siempre las precipitaciones de agua en la gélida sabana descubierta quinientos años antes por don Gonzalo Jiménez de Quesada. Las gentes parecieron haber madrugado un poco antes que de costumbre, hasta el colmo de encontrar en la iglesia de Santa Ana en Teusaquillo, en la misa de las seis, más fieles en las naves medio oscuras por la densa neblina acumulada durante la noche. El organista interpretaba en el momento de la llegada del joven Francisco Serrano García, una de las melodías más conocidas de Johan Sebastian Bach, ´La Pasión según San Mateo´, especialmente por estar en vísperas del comienzo de la Semana Santa. Aunque éste, prefería ir a la misa de las siete en el segundo piso del edificio central de la universidad javeriana, la liturgia de Santa Ana, sin lugar a dudas, era aún mucho más conmovedora. La ceremonia en esencia daba la impresión de ser más solemne. Y la entrega del alma a las alturas inconmensurables del infinito se experimentaba como una vivencia real, imposible de describir aun en lenguas de cristianos. El olor de los cirios encendidos o el del incienso esparcido por los diversos espacios en apariencia vacíos del templo, estremecían al más incrédulo de los presentes. Sólo a la hora del sermón, desde el púlpito, el sacerdote ataviado con los ropajes propios para la ocasión, comunicó a los fieles la infausta nueva: en las primeras horas de la madrugada había sido llamado a la presencia del Padre, el ex presidente Mariano Ospina Pérez. La feligresía se impresionó un  poco al escuchar la novedad, pero no tanto porque el doctor Ospina fuese un asiduo visitante de la iglesia, sino en cuanto el grueso de las gentes recordaba las palabras escritas en el testamento del ilustre fallecido. En efecto, don Mariano Ospina Pérez, ex presidente de la república de Colombia, había consignado por escrito su deseo de no ser velado en la capilla ardiente del palacio de San Carlos, como tampoco autorizaba, en el mismo documento, a ofrecer o aceptar honras fúnebres de cualquier naturaleza en la catedral primada con el ceremonial implicado en estos casos, entre ellos, la presencia en la plaza de cientos de cadetes del batallón Guardia Presidencial.  Su más íntimo deseo fue el de que su cuerpo fuese llevado a su parroquia, San Alfonso María de Ligorio, cercana a Teusaquillo. La sede parroquial del presidente Ospina era en verdad un edificio monumental convertido en un colegio gigantesco en donde un siglo antes había existido un convento de monjas carmelitas dedicadas por entero al silencio casi de modo permanente hasta el día trágico en que a don Tomás Cipriano de Mosquera se le ocurrió expedir los decretos de desamortización de bienes de manos muertas para apropiarse en nombre del Estado laico de las numerosas posesiones de la iglesia católica de Roma en suelo colombiano.

 

Idy Bermudez Cotes

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