Hay momentos en que la vida nos llevan al límite. Hay cargas que son tan pesadas que sentimos que no las podemos soportar, que son más grandes que nosotros, que nuestras fuerzas. A veces enfrentamos situaciones que nos ahogan, pero es justo ahí donde se fortalece nuestra fe y carácter.
Quizás le has preguntado a Dios ¿Señor, de verdad crees que yo puedo con esto? Y es que de verdad, en ciertos instantes, parece que ya no podemos más, que vamos a enloquecer o colapsar.
Entiendo que hay presiones externas, como un enemigo, un mal ambiente laboral, una tormentosa relación o un acontecimiento, que nos lleva a sentir profunda tristeza, estrés, rabia o angustia que se aloja en lo más interno de nuestra alma y nos roba la paz, pero tenemos que tener cuidado, porque el asunto no es solo emocional, cualquier cosa que afecte el alma, puede afectar también la salud física.
En este último año he vivido una injusticia seguida de otra que en su momento te contaré; así que un día cansada de defenderme decidí guardar silencio, pero hace poco ese silencio estuvo a punto de explotar dentro de mí. Con el corazón acelerado y con dificultad para respirar me dirigí al hospital, tuve un episodio de ansiedad que terminó por dejarme un par de horas con suero intravenoso que me ayudó a volver a la calma.
Hoy, mientras escribo estas líneas medito en la palabra de Dios y me he prometido que esto no me volverá a pasar mientras de mi dependa. 1 Juan 4:4 dice: «Hijitos, vosotros sois de Dios, y los habéis vencido; porque mayor es el que está en vosotros, que el que está en el mundo.» Este versículo nos recuerda que Dios nos ayuda a superar las dificultades que enfrentamos cada día, que Él es más grande que cualquier otra cosa externa que se nos oponga.
No te rindas, no te des por vencido, no te resignes, que nada te agote la paciencia. Sí, hay ocasiones en que te sentirás derrumbado, eres humano, tienes permiso para llorar, para sentir debilidad y para creer que ya es suficiente; pero ten presente que absolutamente nada te puede separar del amor de Dios y que Él no te permite pasar por algo que realmente no puedas soportar.
No creas cuando el exterior diga que no puedes, que no eres capaz, que estás acabado, que nadie te quiere o que no vas a conseguir lo que te propones. Que la presión no te haga colapsar, Dios ha de cumplir su propósito en ti, deja que te transforme e ilumine.
Hay cosas maravillosas dentro de ti que no están destinadas a reflejarse, sino a resplandecer, la gloria de Jehová está sobre ti y, aunque estés en tinieblas amanecerá tu luz.
Solo bajo presión puedes saber qué tan fuerte es tu fe y qué tan grande es tu confianza en Dios. Que las circunstancia o personas amenazantes no te desanimen ni te enojen. Míralas como la oportunidad para demostrar lo que realmente hay dentro de ti.
No puedes cambiar tu entorno, no puedes cambiar un diagnóstico médico, no puedes cambiar al vecino que te mete en chismes, no puedes cambiar al jefe que te acosa, no puedes cambiar al compañero que te ridiculiza, no puedes cambiar a tus padres, hermanos, hijos o amigos; no puedes cambiar al envidioso, al mentiroso, al que engaña, al que maquina el mal; pero puedes elegir no contaminarte, ser diferente y no dejarte afectar. No doblegues tu fe ni tus principios.
En el libro de Daniel, se nos cuenta que a pesar de saber que sería lanzado al foso de los Leones no dejó de orar al Señor y serle fiel. Así pues, no importa cuantos leones rujan, no importa si un gran número de personas están en tu contra, no importa nada de lo que te esté enfrentando, mantente firme en la fe, orando, porque es Dios quien cierra la boca de los leones, es quien te saca del foso de la desesperación, es quien pelea contra tus enemigos.
Recuerda que ninguna arma forjada contra ti prosperará, toda lengua que contra ti se levante será condenada en juicio. Quien se enoje contra ti será avergonzado y si anduvieres en la angustia Él te vivificará, así que mantente firme en la fe, porque la fidelidad bajo presión trae el respaldo de Dios.
Por último, no olvides que el creyente puede ser atribulado, pero nunca destruido (2 de Corintios 4:8-9)
Jennifer Caicedo


Anochece en Colombia y es la última noche de Gustavo Petro como presidente. Si pudiera sentarme con él en un andén de cualquier municipio, con una gaseosa Postobón helada en mi mano y una aguapanela caliente en la suya, no le hablaría desde la polarización de las pantallas. Le hablaría desde el ser humano.Le diría: Gustavo, qué viaje tan largo desde el joven que tomó un fusil creyendo defender un ideal, hasta el hombre que entendió que la verdadera revolución se hace con la palabra, el pensamiento y las ideas. Detrás de lo que muchos llaman «equivocación», hubo un camino que te trajo hasta aquí. Hoy no venimos a debatir sobre ismos, progresismo o socialismo; venimos a hablar de humanidad. Y tú, con tus luces y tus sombras, la tienes.
Mirémonos a los ojos con la contundencia de la realidad, pero con el afecto de quien quiere ver a su país en paz.
Dejas un mapa distinto:
La tierra para quien la labra: Cumpliste la promesa de entregar cientos de miles de hectáreas a los campesinos, transformando vidas rurales.
Vientos de nueva energía: Dejas una base real en la transición energética, frenando contratos de exploración para obligarnos a mirar al sol y al viento.
La voz de los olvidados: El pacífico, la Guajira y las periferias por fin sintieron que el presupuesto nacional sabía dónde quedaban en el mapa.
Pero el andén también exige honestidad, Gustavo. La paz total fue un laberinto difícil de descifrar, y el peso de la ejecución estatal muchas veces no acompañó la grandeza de tus discursos. Gobernar un país herido es más complejo que soñarlo.
Mañana serás un ciudadano más. No sé dónde estarás, ni si el frío de la noche te pegue duro, pero muchos te guardamos GRATITUD .
Gracias por demostrarnos que el poder no le pertenece a los mismos de siempre y por enseñarnos que PENSAR DIFERENTE es el primer paso para encontrarnos. Buen viento, Petro. La historia ya está escrita. Dios te guarde en su mano poderosa 🙏