Las inundaciones producidas por las fuertes lluvias en buena parte del litoral caribe colombiano nos han dejado, como siempre, llenos de agua en las calles y ahogadas las esperanzas de conseguir eficacia en la acción de gobierno para responder a las apremiantes necesidades de la gente.
Vemos a los mandatarios regionales y locales siendo solidarios con sus vecinos, la gente de su pueblo, con la que se cruzan a diario camino a la oficina o al mercado, buscando que el poco recurso con el que cuentan para estas calamidades les rinda y logren al menos llevar algo de comer y beber frente a la tormenta arrasadora de cosechas, siembras e ilusiones.
“Pronto llegará el gobierno nacional”, se les oye decir, con el agua hasta las rodillas y las necesidades hasta el techo. Sin embargo, el gobierno nacional no llega, pues libra otra batalla: la del poder, la de yo mando aquí y usted no me da órdenes, la de soy honesto y usted no, la de la culpa de los desmanes del pasado fue suya y no mía. Ese es el desastre de este gobierno, peor que aquel con el que nos azota la naturaleza. Podría decirse que es la naturaleza humana, la que se deja llevar por el espejismo del poder, pero es en últimas la que se deriva de la visión equivocada del Estado, cuando para modo de lograr un modesto beneficio social hay que pasar por las mentes de funcionarios de quinta con ambiciones de primera. Manosean comunidades, sonríen con frialdad por el frente ídem, abusan del erario sin misericordia ni asomo de culpa.
Este frente frío nos muestra una vez más cómo el gobierno se enreda para procurar soluciones urgentes, cuando no se luce robándose la plata con la que pudiera conjurarlas. Hasta la coronilla de carrotanques, funcionarios hampones y senadores y representantes corruptos que acuden de nuevo a la gente para que los reelijan, con la misma cara fresca de un inocente político preocupado por su “pueblo”. La Guajira, mi tierra que duele, se copa de perversos que “inundan” las rancherías de dinero chueco para hacerse pasar por defensores de los wayúu. No me cansaré de comentar estos desmanes; afortunadamente, avanzan procesos que los llevarán a juicio. Ojalá paguen por sus actos.
Si por el frente frío llueve, por el resto del gobierno no escampa. Erogaciones presupuestales sin sentido, llenan las nóminas de ministerios e institutos con seudoempleados que no tienen ni títulos, ni méritos, ni experiencia, ni funciones ni responsabilidades. Una gran feria del despilfarro.
Eso no para allí. Las veces que decisiones judiciales no se allanan a las actitudes del gobierno, arremeten contra los jueces como si fueran delincuentes y los amenazan para buscar doblegarlos. La misma cartilla del presidente Petro la sigue su candidato Iván Cepeda, quien anunció que eliminaría el Consejo Nacional Electoral cuando éste falló en contra de su pretendido de participar en una nueva consulta, frente a la evidencia de que ya había agotado su paso por estas “previas” electorales.
No es ni siquiera si el gobierno es más o menos grande y si inunda la órbita del sector privado. Es la perversión del ambiente nacional con pactos con delincuentes que no aportan sino su hambre de enriquecimiento ilícito, la persecución a las empresas para que cumplan con normas bajo la lupa de la justicia, la retaliación a regiones enteras porque no eligieron gobernantes abyectos o partidarios de la izquierda, las desordenadas jornadas de falsa elocuencia, cargadas de mentiras y tergiversaciones, en fin, la inenarrable suma de lo que no se debe hacer en el ejercicio del poder.
Los colombianos enfrentamos un gran dilema. Más allá de la orientación ideológica del régimen, lo que se juega en la decisión democrática de marzo y mayo es el carácter dentro de cual debe funcionar el Estado, particularmente, el gobierno. Si queremos que acuda a la decencia, como presupuesto del ejercicio del mando, si buscamos que se recupere la sensatez como guía del uso del poder, si ansiamos que la rectitud sea real norma para gobernar, si optamos por la idoneidad como requisito en la conformación de los equipos que rodeen al gobernante o a la gobernante, es decir, si todo esto es el marco de la personalidad que queremos ver durante cuatro años en el Palacio de Nariño, los colombianos debemos ser claros y andar sin rodeos. Ser coherentes, ser exigentes, ser patriotas. Es a todos a quienes nos afecta el talante del jerarca. Es a todos a quienes nos incumbe su vocación transparente para llegar a dirigirnos.
Si nos equivocamos, seguirá un fuerte frente frío, no sólo en el caribe sino en toda Colombia. No le fallemos al país.
Nelson Rodolfo Amaya

