En esos días, Juan el Bautista llegó al desierto de Judea y comenzó a predicar. Su mensaje era el siguiente: «Arrepiéntanse de sus pecados y vuelvan a Dios, porque el reino del cielo está cerca». El profeta Isaías se refería a Juan cuando dijo: «Es una voz que clama en el desierto: “¡Preparen el camino para la venida del Señor! ¡Ábranle camino!”».
Juan usaba ropa tejida con pelo rústico de camello y llevaba puesto un cinturón de cuero alrededor de la cintura. Se alimentaba con langostas y miel silvestre. Gente de Jerusalén, de toda Judea y de todo el valle del Jordán salía para ver y escuchar a Juan; y cuando confesaban sus pecados, él las bautizaba en el río Jordán. Cuando Juan vio que muchos fariseos y saduceos venían a mirarlo bautizar, los enfrentó.
«¡Camada de víboras! —exclamó—. ¿Quién les advirtió que huyeran de la ira que se acerca? Demuestren con su forma de vivir que se han arrepentido de sus pecados y han vuelto a Dios. No se digan simplemente el uno al otro: “Estamos a salvo porque somos descendientes de Abraham”. Eso no significa nada, porque les digo que Dios puede crear hijos de Abraham de estas piedras. Ahora mismo el hacha del juicio de Dios está lista para cortar las raíces de los árboles. Así es, todo árbol que no produzca buenos frutos será cortado y arrojado al fuego. Mateo 3:1-10
El mensaje de Juan el Bautista era sencillo, pero contundente: «Arrepiéntanse, porque el reino de los cielos se ha acercado»
Antes de anunciar las bendiciones del Reino, proclamó la necesidad del arrepentimiento; su misión era preparar los corazones para recibir a Jesucristo, así como en la antigüedad se allanaban los caminos cuando un rey visitaba una ciudad, los corazones debían ser preparados para recibir al verdadero Rey: Jesucristo.
Incluso su manera de vestir hacia parte del mensaje, vestía ropa de pelo de camello y un cinturón de cuero, como el profeta Elías (2 Reyes 1:8), también llevaba una vida sencilla, se alimentaba de langostas y miel silvestre, con eso enseñaba que el Reino de Dios no se sustentaba en la apariencia, la influencia o las comodidades, sino en una vida completamente rendida a Dios.
Este capítulo relata que muchas personas acudían al profeta confesando sus pecados y eran bautizadas, sin embargo, entre la multitud también estaban los fariseos y los saduceos, estos últimos no asistieron movidos por su deseo de arrepentirse, sino para observar lo que sucedía.
Los fariseos eran reconocidos por su estricto cumplimiento externo de la Ley y de las tradiciones; los saduceos por su parte, pertenecían a la élite religiosa y política de Israel y aunque existían diferencias doctrinales entre ambos, compartían un punto en común: practicaban una religión sin transformación del corazón.
Por eso Juan los confrontó con una de las expresiones más fuertes registradas en los Evangelios: «¡Camada de víboras!… Demuestren con su forma de vivir que se han arrepentido de sus pecados y han vuelto a Dios».
No era un insulto impulsivo, Juan estaba revelando su hipocresía espiritual. Ellos acudían al bautismo, pero no buscaban cambiar; simplemente querían mantener una imagen de piedad delante del pueblo. Su confianza estaba puesta en su legado religioso, creían que, por ser descendientes de Abraham, gozaban del favor de Dios, por esto, Juan les dijo: «No se digan simplemente el uno al otro: ‘Estamos a salvo porque somos descendientes de Abraham’. Porque les digo que Dios puede crear hijos de Abraham de estas piedras.»
Con estas palabras indicaba que la salvación nunca ha dependido del linaje, las tradiciones o la religión, sino de una verdadera relación con Dios basada en el arrepentimiento y la fe.
Este es un mensaje que aplica también a la Iglesia de este tiempo, por que, hoy más que nunca existe el peligro de confundir relación con Dios con prácticas religiosas. Podemos asistir sagradamente a la iglesia cada domingo, servir en un ministerio, dirigir grupos, predicar, diezmar, conocer mucha doctrina e incluso ocupar cargos de liderazgo, sin haber tenido un verdadero arrepentimiento.
Es así como, la religiosidad puede producir una apariencia de piedad, pero solo Cristo puede transformar el corazón. Por eso Juan concluye diciendo: «Todo árbol que no produzca buenos frutos será cortado y arrojado al fuego.»
En este sentido, debemos tener claro que los frutos no son los que producen el arrepentimiento; sino que son la evidencia de él. Dado que las buenas obras no salvan, ni tampoco los actos religiosos, porque la salvación es únicamente por la gracia de Dios mediante la fe en su hijo, como lo enseña Romanos 10:9: «Que, si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor, y crees en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo.»
Y Juan 3:16 declara: «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree no se pierda, más tenga vida eterna.»
Una persona que realmente ha sido transformada por Cristo inevitablemente reflejará esa transformación en su manera de vivir. Por qué, el arrepentimiento genuino cambia nuestra forma de hablar, de pensar, de tratar a los demás, de administrar nuestros recursos, de responder ante la tentación y de amar a Dios. Por ello, no escogemos vivir en integridad para ser salvos; lo hacemos porque como consecuencia de haber sido salvados.
Lastimosamente, muchos siguen creyendo que «el que reza y peca, empata»; y que los actos religiosos pueden compensar una vida de desobediencia, pero la Biblia enseña que la gracia de Dios no es una licencia para seguir pecando; es el poder para vivir una vida nueva, como escribe el apóstol Pablo en Romanos 6:1-4 “quienes hemos muerto con Cristo no podemos seguir viviendo deliberadamente en el pecado”.
Cuando nuestra conducta contradice el mensaje que proclamamos, terminamos alejando a otros de Dios, puesto que, muchas personas rechazan el mensaje de la cruz, no porque hayan conocido realmente a Jesús, sino porque han visto creyentes cuya vida no refleja su carácter. Por eso la advertencia de Juan sigue resonando hoy: «Ya también el hacha está puesta a la raíz de los árboles; por tanto, todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado en el fuego.»
Esto indica que el juicio de Dios no se basa en apariencias religiosas, sino en la realidad de un corazón transformado, demostrado por los frutos de una vida obediente.
Hoy el llamado continúa siendo el mismo que hace más de dos mil años resonó en el desierto: arrepiéntanse.
Preguntémonos pues: ¿nuestra vida refleja el carácter de Cristo? ¿Estamos confiando más en nuestras prácticas religiosas que en nuestra relación con Dios? ¿Los frutos de nuestra vida confirman que hemos nacido de nuevo?
Pidamos al Espíritu Santo que escudriñe nuestras acciones, pensamientos, motivaciones y actitudes y que si encuentra orgullo, hipocresía, ira, indiferencia, falta de perdón o cualquier otro pecado, sea llevado delante del Dios con un corazón humilde y dispuesto a cambiar.
Que nuestra fe no sea solamente una confesión de labios, sino una vida transformada que refleje a Cristo en lo cotidiano. Porque el mundo no necesita más religiosos; necesita hombres y mujeres que, habiendo sido transformados por la gracia de Dios, produzcan frutos dignos de arrepentimiento y den testimonio de que Jesucristo verdaderamente puede dar libertad y salvación al alma.
Solo así podremos asegurarnos de cumplir el llamado que se nos hizo de ser sal de la tierra y luz del mundo, para que otros glorifiquen al Padre al ver a Cristo en nosotros. (Mateo 5:13-16).

