Lo de Juan Manuel Santos no fue un proceso de paz. Fue una operación de prestidigitación política a escala continental. Una pantomima montada con Nobel incluido, con la prensa internacional aplaudiendo y con las élites colombianas haciendo silencio cómplice, cuyo único resultado verificable fue el fortalecimiento del narcoterrorismo latinoamericano y la fractura definitiva del Estado de Derecho en Colombia.
Santos no engañó por ingenuidad. Engañó por diseño.
Primero, engañó sobre la naturaleza del enemigo. Nos vendió que las FARC eran una insurgencia política con la que se podía negociar un nuevo país. Falso. Eran y son el cartel de narcotráfico más grande del hemisferio, con ejército propio. Al reconocerles estatus político, Santos les lavó el prontuario. Convirtió toneladas de cocaína en toneladas de discurso sobre «causas estructurales». Convirtió el secuestro, la voladura de oleoductos y el reclutamiento de niños en «errores en el marco del conflicto». Esa es la primera inversión conceptual que destruye una sociedad: cuando el criminal deja de ser criminal y se vuelve interlocutor moral del Estado.
Segundo, engañó sobre la justicia. La JEP no es justicia. Es el instrumento de esa inversión. Santos nos dijo que era justicia transicional para cerrar heridas. Lo que hizo fue crear una justicia paralela, a la medida del victimario, para borrar de un tajo lo sublime de la justicia ordinaria: la idea de que todos somos iguales ante la ley. Para el ciudadano decente, cárcel efectiva. Para el comandante que ordenó masacres, «sanción propia», curul gratis y programa de televisión. Eso no es paz. Es relativizar el crimen y decirle al país que delinquir sí paga, si delinques lo suficientemente grande y durante el tiempo suficiente. Trastornó la realidad social y nos quitó el último ideal que nos quedaba.
Tercero, engañó al mundo. Salió a venderle a la ONU, a la Unión Europea y a Estados Unidos la idea de una paz histórica y sostenible. Les vendió cifras de desarme mientras el disenso de las FARC se rearmaba en el mismo negocio del narcotráfico que Santos se negó a tocar en la mesa. El acuerdo no exigió ni una ruta de erradicación real, ni la entrega de rutas, ni la entrega de fortunas. ¿El resultado? Hoy Colombia produce más coca que nunca en su historia. El narcoterrorismo que Santos dijo que iba a desmontar es hoy el que financia la violencia en Arauca, en Cauca, en Catatumbo y el que alimenta el corredor criminal que va desde Venezuela hasta Chile. Favoreció objetivamente al proyecto del socialismo armado del continente. Les dio oxígeno político, legitimidad internacional y un manual de cómo tomarse un Estado sin dar un golpe.
Y cuarto, y el más grave, reescribió la historia. Montó una Comisión de la Verdad y un sistema judicial para instalar una narrativa donde el Estado colombiano es el gran victimario y el terrorista es una víctima de la exclusión. Esa es la fractura del sistema social de la que no nos hemos recuperado. Un país no puede sobrevivir cuando le enseñan a sus hijos que el soldado y el terrorista son equivalentes morales.
El fracaso de Santos no se mide en si la JEP es lenta o rápida. Se mide en que hoy estamos peleando contra las consecuencias de su mentira original: una sociedad sin confianza en la ley, un narcotráfico fortalecido y una historia oficial que insulta la memoria de las víctimas.
No fue paz. Fue una entrega. Y fue perfecta en su ejecución.
Abel Enrique Sinning Castañeda

