Durante años se han repetido estudios, planes estratégicos y hojas de ruta que coinciden en lo esencial: qué hacer, por dónde empezar y hacia dónde avanzar. Sin embargo, el territorio sigue atrapado en una paradoja: tiene con qué desarrollarse, pero no logra hacerlo de manera sostenida.
Por eso, hace un tiempo planteé la necesidad de hablar en positivo de La Guajira, no para negar sus problemas, sino para cambiar la narrativa desde la cual se piensa el territorio. La reacción fue inmediata, recibí críticas fuertes. Algunos calificaron la postura como ingenua y otros insinuaron que se trataba de una forma de quedar bien con los políticos de turno.
Sin embargo, sigo aferrado a esa tesis: La Guajira sí tiene futuro. Y no es una afirmación cómoda ni complaciente; es una posición exigente, porque obliga a replantear el enfoque desde el cual estamos entendiendo el desarrollo del departamento.
Durante años, La Guajira ha sido contada como un territorio de carencias: falta de agua, falta de oportunidades e institucionalidad. Esa narrativa, aunque tiene elementos totalmente ciertos, termina siendo incompleta, porque reduce la discusión a lo que no hay y deja por fuera una pregunta aún más incómoda: ¿qué estamos haciendo con lo que sí tenemos?
El problema de La Guajira no es lo que le falta, sino lo que no ha sido capaz de organizar con lo que ya tiene. Esa diferencia cambia completamente el tipo de decisiones que debemos tomar como territorio.
Porque La Guajira no es un territorio vacío. Cuenta con activos reales y comprobables: un potencial minero-energético de escala mundial, una ubicación geoestratégica privilegiada frente al Caribe, una base productiva con oportunidades en el agro, una riqueza cultural única y un potencial turístico ampliamente reconocido. Sin embargo, esos activos no están integrados en un sistema económico y social que funcione de manera articulada. El resultado es un patrón que se repite: alto potencial, bajo impacto.
A lo largo de los años se han realizado múltiples ejercicios de diagnóstico, planeación y prospectiva que coinciden en lo esencial. Existe claridad sobre las prioridades del territorio: diversificar la economía, fortalecer la institucionalidad, cerrar brechas sociales y desarrollar capital humano. No hay una discusión de fondo sobre el rumbo. El problema aparece en la capacidad de ejecución. Saber qué hacer no ha sido suficiente para lograr resultados sostenidos.
Lo que hoy limita a La Guajira no es la falta de ideas, sino la forma en que funciona. La debilidad institucional, la fragmentación en la ejecución, la baja integración de la economía y la falta de coordinación entre actores han impedido traducir ese conocimiento en transformaciones reales. En la práctica, esto se refleja en esfuerzos aislados, inversiones sin continuidad y proyectos que no logran escalar. Ese es el verdadero cuello de botella del desarrollo en el departamento.
Este punto es determinante, porque implica que la solución no depende exclusivamente de factores externos. Es cierto que lo que falta infraestructura, servicios y capacidades tomará tiempo en resolverse. Pero lo que hoy hace falta con mayor urgencia es capacidad de ejecución: capacidad de tomar decisiones, de priorizar bien, de coordinar actores y de sostener en el tiempo las apuestas estratégicas.
En ese contexto, el momento institucional del país adquiere una relevancia particular. El próximo 7 de agosto inicia un nuevo gobierno nacional, y La Guajira no puede darse el lujo de quedar desalineada frente a esa nueva realidad. Más allá de las posiciones ideológicas, el desarrollo del territorio exige una relación estratégica con la Nación. No se trata de afinidades políticas, sino de capacidad de gestión para lograr que los grandes proyectos del departamento se conviertan en realidad.
Históricamente, una de las fallas más costosas ha sido la desconexión entre las agendas locales y la agenda nacional, lo que ha derivado en oportunidades perdidas y en recursos que no generan impacto estructural. Corregir esa brecha requiere actuar como un sistema, con prioridades claras, responsabilidades definidas y continuidad en la ejecución.
La Guajira no necesita reinventarse desde cero. Necesita funcionar mejor. Necesita organizar lo que ya tiene y, sobre todo, necesita ejecutar. Porque, al final, el desarrollo no se define por lo que se dice ni por lo que se planea, sino por lo que realmente se hace. Y hoy, más que nunca, a La Guajira lo que le hace falta es capacidad de ejecución.
Luis Guillermo Baquero

